Le Big Mac
Tregua
F ui a consultar una primera edición a la Biblioteca Nacional y la bibliotecaria del mostrador, que venía de su descaso, se colocó unas gafas de corto muy próximas a la punta de la nariz, y con una sonrisa que no le llegaba a las comisuras me dijo que ésa era la ironía del mundo del libro, que te ayuda a ver la realidad mientras vas perdiendo la vista.
Siempre me ha divertido la expresión «el mundo del libro», porque un libro puede ser ya de por sí un mundo y porque, al oírla, mentalmente visualizo un pequeño planeta en el que, en vez de un cono norte y otro sur, hay una mitad ocupada por todas las librerías posibles y otra mitad en la que están todas las bibliotecas, y andan, además, en un lío de guerra total y despiadada en la que tratan de acabar los unos con los otros.
Creo que esta fantasía me viene de cuando, siendo crío, sospechaba que los libreros sentían un odio secreto a los bibliotecarios por ofrecer gratis lo mismo que ellos vendían. Luego, con los años, este prejuicio, en vez de desaparecer, se ha sofisticado, y ahora creo que además, los bibliotecarios se creen tocados de una gracia moral superior a la de los libreros. Normal que en mi fantasía se lancen todo clase de proyectiles en una batalla que se alarga y cuyo fin no parece llegar nunca, de tan humana y real que se me representa.
Hay en cualquier caso una tercera vía, a medio camino entre el bando de los libreros y el de los bibliotecarios, una suerte de maquis que se mueve en tierra de nadie, que es la única forma de moverse con cierta libertad: el café librería. En este cuento de guerra aún no tiene un papel, de tan fronterizo que es su estado, pero si lo pienso bien, podría ser el improvisado campo de futbol donde en la navidad del 14 del XX, los soldados alemanes jugaron un amistoso contra sus enemigos los ingleses.
Siempre he fantaseado con fundar un lugar así, con alcohol, café y libros, para declararle al mundo la paz. En león, el bar Belmondo se ha transformado en la Buscona, y allí, mientras bebes, puedes leerte algún libro de su estantería, como en una biblioteca, y comprarlo luego para terminarlo en tu casa, como en una librería. Este cambio sólo durará unos días. Eso es lo triste de las treguas.