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Murmullo sonámbulo

EL MARTES SE CUMPLIÓ EL CENTENARIO DE JUAN RULFO (1917-1986), ESCRITOR QUE CON UN PAR DE LIBROS BREVES Y LEJANOS, QUE APENAS SUMAN 250 PÁGINAS, ALCANZÓ LA CONDICIÓN DE CLÁSICO DE LA LITERATURA UNIVERSAL. EN 1983 OBTUVO EL PRÍNCIPE DE ASTURIAS. divergente

Juan Rulfo, en una de sus muchas caminatas

Juan Rulfo, en una de sus muchas caminatas

Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

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E l llano en llamas’ (1953) agrupa en sus diecisiete relatos el desamparo campesino que sucede a la revolución y a las revueltas cristeras en un clima de violencia y pobreza que oscila entre la miseria y la fatalidad. Rulfo explora las tretas del poder y los rostros de la muerte en el ambiente familiar, pero lo hace con la dignidad de una expresión liberada de la modorra regionalista y de la retórica pomposa, capaz de aspirar a componer tragedias clásicas con la lengua de todos los días. La mayoría de sus personajes están solos, peregrinan sin sentido y se muestran culpables, mientras hablan sin parar a interlocutores mudos o inexistentes. Su logro decisivo radica en el manejo de tiempos y voces narrativas, en una invención coloquial que da vida a la aspereza de las tramas y a la sequedad del paisaje, alimentando una atmósfera de realidad y fantasía. La primera edición del libro tuvo quince relatos y se ilustra con un grabado de Elvira Gascón (1911-2000) en su portada. La negra silueta arropada evoca la doble orfandad de Juan Rulfo, que perdió a su padre de un disparo por la espalda con seis años y a la madre abatida por el dolor con diez. La madre murió de tristeza, después de ver por dos veces en su pueblo al arrogante asesino de Cheno. El relato ¡Diles que no me maten! supone una tentativa de justicia poética, una imprecación que aspira en balde a disolver la costra dañina de los rencores. Ya con la convicción de que el asesinato de su padre, por una discusión de pastos, era irremediable.

Siguiendo con su hábito de desgajar breves anticipos, en 1954 adelanta un par de muestras de una novela que iba a titularse Los murmullos o Una estrella junto a la luna y que finalmente fue Pedro Páramo . En el tránsito de ese año definitivo hasta su aparición en 1955, la novela pasó a ser Pedro Páramo, señor de vidas y haciendas en ese lugar que un día fue próspero para quedar convertido por la desolación «en la mera boca del infierno». Ahí funda Comala, espacio yermo donde las almas ejecutan una dantesca danza de la muerte. En su núcleo alberga una historia de amor frustrado, en cuya venganza Pedro Páramo deja morir los árboles y prosperar la desolación. La estructura del relato, construido con alternancia de fragmentos y voces diferentes, propició su lectura como una nueva fabulación de la búsqueda del padre y del paraíso perdido, mediante una tensión poética hasta entonces desconocida.

La pintora Elvira Gascón, casada con el arquitecto y pintor de Ardoncino Roberto Fernández Balbuena (1891-1996) ilustró la primera edición de Pedro Páramo (1955), en cuyo proceso de decantación y desplume de un original previo de cientos de páginas participó su cuate Roberto, en unión y complicidad con el escritor Juan José Arreola y el profesor Antonio Alatorre. Como recuerda Alatorre, Rulfo era muy reservado y en el fondo celoso de los colegas. Por eso se franqueó más intensamente con Efrén Hernández y Roberto Balbuena, un creador en exilio dedicado a la pintura y cada vez menos a la arquitectura. En ese promedio de los cincuenta Roberto Balbuena acompañó al escritor en su pasión fotográfica por el planeta Rulfo. A la vez que su mujer, Elvira Gascón, seguía ilustrando sus textos, como volverá a hacer con la primera edición de El gallo de oro , a fines de los cincuenta. Ese script para el cine surge de la depuración extrema de su relato El gallero , por aliento de Manuel Barbachano, el productor de Nazarín . En su argumento teje Rulfo una maraña de relaciones que bambolea a dos seres errabundos, el gallero Dionisio Pinzón y la cantante de palenques Bernarda Cutiño la Caponera, mientras buscan su fortuna de feria en feria. La peli la filmó malamente Gavaldón en 1964, sobre un guión escrito al alimón por Carlos Fuentes y García Márquez, pero ya sin mucho que ver ya con el universo rulfiano. Simultáneamente, Rulfo exprime su primera novela de 1940, titulada El hijo del desaliento , hasta dejarla en las nueve páginas intensas de Un pedazo de noche , que ve la luz en 1959.

Hace diecisiete años, la editorial Debate dio a conocer en España Aire de las colinas , un libro que recoge las cartas de amor y cortejo de Juan Rulfo a su mujer Clara Aparicio, a quien conoció siendo niña durante su etapa ambulante como trabajador de Migración, y con quien se casó en 1947. Tuvieron cuatro hijos, el pequeño de los cuales hizo la película Del olvido al no me acuerdo , para descifrar la relación entre los padres. Las cartas a Clara permiten rastrear el origen del lenguaje amoroso que Pedro Páramo maneja en su cerco a Susana San Juan. Ya antes, Juan Carlos había intentado reconstruir el asesinato del padre de Juan Rulfo en el documental Mi abuelo Cheno , saltándose las prevenciones que sobrevivían en su entorno sobre aquel universo violento de bandidaje y rapiña de cuatreros. Atorado por el susurro de aquellos sucesos infantiles, Juan Rulfo se entregó al alcohol, después del éxito deslumbrante de Pedro Páramo , y extremó sus reparos para dar por buenos los nuevos textos narrativos de los que fue hablando. Finalmente, ni Días sin floresta ni La cordillera , títulos de sus novelas en marcha, verían la luz, acaso sofocados por su extrema exigencia o definitivamente agostados por la sombra de Pedro Páramo , sin duda el relato cumbre de la narrativa hispánica contemporánea.

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