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nacho abad
León

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H ay cosas que se rompen y ya no hay manera de volverlas a armar. Un amigo, por ejemplo. Se te rompe un amigo y aunque su persona siga intacta y en ti no haya evidencias, ya nunca vuelve a ser un amigo. Esto pasa porque lo que se rompe en realidad es el mecanismo de esa amistad, que no es otra cosa que su relato. La amistad es un relato que tiene al menos dos narradores, aunque a menudo, ninguno de ellos escriba. Como todo relato tiene también un subtexto, que es esa parte del relato que trasciende a las palabras. A veces ocurre que se rompe el relato y saltan todos los muelles y los resortes por los aires, pero el subtexto sigue sucediendo, sigue funcionando, como los semáforos de la periferia cuando ya no hay coches ni peatones. García Márquez y Vargas Llosa fueron amigos unos cuantos años. No demasiados, pero juntos hicieron cosas grandes, como «fundar» la generación más brillante de la literatura en español del pasado siglo. También protagonizaron la bronca más sonada de las letras hispanas, que terminó por romper el relato de la amistad con el puñetazo que el peruano le calzó al colombiano en 1976 (Vargas Llosa, después de eso, pudo dedicarse a la política sin haber condenado la violencia propia, y eso que este episodio sucedió en Venezuela).

Esta semana, cuatro décadas después, Vargas Llosa ha recordado los años de amistad. Oírle es como releer un relato viejo y consabido en el que, sin embargo, el subtexto ha seguido creciendo, igual que las plantas silvestres en un jardín abandonado. Llosa habló con cariño del que fue su amigo. Dijo sobre él, por ejemplo: «Yo creo que tenía un sentido práctico de la vida y sabía que era mejor estar con Cuba que contra Cuba. Así se libró del baño de mugre que cayó sobre los que fuimos críticos con la evolución de la revolución hacia el comunismo». García Márquez defendiendo la revolución cubana no por ideales, sino por un sentido práctico de la vida. Qué cosa. Yo pensaba que los intelectuales comunistas americanos lo tenían más difícil que los liberales en aquellos años de la Guerra Fría. En fin, Vargas Llosa no hace tanto titulaba una tribuna Esperanza Aguirre, esa Juana de Arco Liberal. Siempre le ha gustado el camino difícil, al peruano. Llegar a la verdad no por lo escrito, sino por el subtexto.

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