Diario de León
Publicado por
NACHO ABAD
León

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He salido a comprar el pan y al cruzar la calle un hombre manco me ha agarrado del abrigo y me ha pedido ayuda. Dice que ha perdido un libro, una edición rara y valiosa. Está nervioso. Parece que va a empezar a llorar. «Más que un libro —me explica—, es una máquina del tiempo». «Todos los son», digo yo, que intento tranquilizarle. A lo lejos, alguien nos grita: «Ustedes dos, un momento», y el hombre manco palidece, dice que tiene que irse y corre en dirección opuesta al otro hombre, que se acerca deprisa hacia nosotros. Yo siento cierta inquietud, por no hablar de miedo, y me escondo precipitadamente en un estanco. Antes de entrar tropiezo y piso a un gato callejero que me gruñe. Compro un paquete de tabaco y un mechero, y aunque ya no fumo, salgo a la calle y me enciendo un cigarro. Miro a la izquierda y la derecha. Ya no hay nadie. La calle se ha quedado vacía. Sigo hacia la tienda, a comprar el pan, y en un banco de la plaza, leyendo, encuentro de nuevo al manco. «¿Ése es el libro que habías perdido?», le pregunto, pero él no me contesta, sólo me mira por encima de sus gafas y me pide un cigarro. Se lo doy. Me acerca el libro para que lo sujete mientras fuma. Lo tomo con las dos manos. Leo el título escrito con letras doradas: «El cochero del tiempo» y cuando levanto la vista el hombre ya no está. Ha desaparecido. «Esto es colmo», me digo y espero con el libro en las manos hasta que me quedo sin paciencia y me marcho. Y al final de una larga calle vuelvo a verle: con su única mano sujeta a otro hombre por el abrigo. Ambos parecen nerviosos. Les grito: «Ustedes dos, un momento». Pero se asustan, y salen corriendo, cada uno por un lado. Intento alcanzarles y no llego. El cielo se ha cerrado. Parece que va a llover. Dejo el libro en un banco, y sin pan ni ánimo, camino de vuelta a mi casa. Y unos metros antes de llegar, veo a un hombre que grita: «Ustedes dos, un momento», y al otro lado, el manco suelta a un tipo al que tenía agarrado del abrigo y ambos corren. Yo también corro, aunque no sé por qué, ni hacia dónde. El cielo está negro como el fondo del mar. Sobre los edificios de la ciudad, nada una ballena blanca. Me están creciendo las uñas. Un hombre tropieza conmigo y me pisa. Intento quejarme, pero sólo consigo gruñir.

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