POESÍA
En el fluir del tiempo
LA HOJA QUE CAE EN ESPIRAL Andrés Martínez Oria Instituto Leonés de Cultura (col. Provincia), León, 2018. 110 pp.
N acido en Salamanca, Andrés Martínez Oria es astorgano a todos los efectos. En la capital maragata ha pergeñado una escritura luminosa que merece mayor atención de la crítica, que no debiera ignorar la relevancia de obras como Más allá del olvido (2007), Jardín perdido (2009) o Invitación a la melancolía (2014). Pero hoy no tratamos de su narrativa, sino del poemario que, con título whitmaniano, acaba de publicar: La hoja que cae en espiral . En él reúne textos escritos a lo largo de los años, «motivados por la lectura, la reflexión, una evocación, una vivencia puntual u otros estímulos», y atendiendo a «la claridad expresiva..., la brevedad del poema, la intensidad sensitiva y la búsqueda de lo esencial».
Todo un grupo de poemas rememora pérdidas familiares con serenidad de alma y de palabra, desde un moderado ámbito elegíaco y sentimental ambientado en la calma de la tarde o de la noche y en el marco de una naturaleza cuya vivencia empapa esta poesía de empaque clásico que bebe en las más genuinas fuentes de nuestra poesía, en fray Luis por ejemplo: «Este es el huerto aquel que ellos labraron, / ahora rincón de calma y de armonía...». En el marco natural (el jardín, el tren, las campanas...) se sitúan la evocación y las huellas de los seres queridos: «Cierro los ojos y aún siento sus pasos»; cobra especial relieve el río, imagen del fluir temporal. «Entre San Justo y Nistal», «De Morales a Santiagomillas» y «Teleno» (aspiración «de una luz más alta») se titulan sendos poemas, de rango machadiano y paneriano.
La poesía de Martínez Oria respira vida, la de un sujeto con dudas, temores y esperanzas. Su paisaje es paisaje vivido, su pensamiento entrañado en la existencia, sus vivencias bañadas por fugacidad del propio yo «hacia un mar conocido y no lejano». Desde la soledad creadora, en el silencio del caer de la tarde, da pábulo a la «voz interior que nos conmueve», evoca, medita y en la parte última, «Oratorio menor», deja entrar en su poesía los afanes diarios, la idea o la lectura del momento, dando sentido nuevo a mitos como Dafne, Ariadna o Leda.
El poeta alude a sus lecturas (Calímaco, Horacio, Propercio, Garcilaso...), lo que explica su caminar poético sobre bases sólidas, así como los ecos anacreónticos y epigramáticos que aportan gracia y soltura («medito mientras bebo un vino blanco / fresco, godello, claro...»), sin olvidar la marcha «hacia poniente» que es la vida.