«Mengele no se consideraba un monstruo»

l Olivier Guez dice que el fantasma de Auschwitz «aún acosa a Europa». Filandó n EL ESCRITOR FRANCÉS PUBLICA EN ESPAÑOL LOS AÑOS DE HUIDA DEL GENOCIDA NAZI JOSEf MENGELE, libro CON el QUE GANÓ EL PREMIO RENAUDOT y que vendió 300.000 ejemplares en su país natal

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miguel lorenci
León

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J osef Mengele nunca se tuvo por un monstruo y no dio jamás la menor muestra de arrepentimiento. Era un eficaz ingeniero de la raza aria y siempre creyó que se limitaba a hacer bien su trabajo». Lo dice Olivier Guez (Estrasburgo, 1974), periodista y escritor que investigó a fondo los 38 años de huida e impunidad del atroz médico de Auschwitz. Se metió en la mente de un «dandi caníbal», del criminal «guardián de la pureza racial nazi» que condujo a las cámaras de gas a 400.000 seres humanos, torturó y realizó terribles experimentos eugenésicos con niños en un campo de extermino «cuyos fantasmas aún acosan a Europa».

Guez quedó marcado en su infancia por las películas sobre Mengele. «No llegó a ser una obsesión, pero hace 35 años ya vi el misterio que encerraba su impunidad. Quise saber cómo y por qué ese terrible criminal logró escapar y vivir en América del Sur, quién le ayudó, cómo vivió y por qué no fue detenido». «Eso es el libro», dice el autor de La desaparición de Josef Mengele (Tusquets) que vendió 300.000 ejemplares en Francia tras ganar el premio Renaudot.

«Cuando has llevado a 400.000 personas a la cámara de gas mientras silbas arias de ópera, cuando has realizado experimentos terribles descuartizando niños, ¿qué te reserva la vida?. ¿Te castiga antes o después?», se preguntó Guez de forma casi metafísica, atormentado por la impunidad de la que algunos capitostes nazis se beneficiaron.

El «misterio» era también cómo Mengele —hijo de familia rica, doctorado en antropología y medicina, amante de la música y la literatura clásicas, casado con una historiadora del arte— alcanzó tal nivel de abyección. «Quise saber qué convierte en un asesino en masa al arquetipo del europeo de buena educación de la primera mitad del siglo XX. Cómo llega a ser el empleado modelo de la industria de la muerte en Alemania y cómo utiliza todos los recursos y gigantescos medios del nazismo para deportar y asesinar a cientos de miles de personas».

Alude Guez a «la hipermediocridad de un hombre sin cualidades», y «con defectos comunes como la ambición, el dinero y la banalidad». «Sueña con ser profesor de medicina y no es un nazi fanático de primera hora», precisa. «Entra en el partido en el 37 y en las SS en el 38, muy tarde, cuando se está doctorando; entiende que para tener éxito deber pasar por los campos de exterminio». «Va a Auschwitz a propuesta de su director de tesis. Podría no haber ido, pero sabe que eso acelerará su carrera. Esa horrible banalidad, la motivación de esa especie de oportunismo, es para mi el gran motor de la historia y el de Josef Mengele», sostiene Guez.

Para el escritor Auschwitz «es el ‘impasse’ europeo, una mancha indeleble en la historia, algo que siempre nos reprocharemos, aunque haya quien quiera negarlo por ser terriblemente monstruoso». «Los fantasmas de Auschwitz todavía acosan a Europa —agrega— y me refiero a todo lo que Auschwitz significa: una vergüenza absoluta en la que desembocan veinte siglos de historia de Europa», lamenta. Mengele se tenía por «el alquimista del hombre nuevo». «Se consideró el soldado biológico de la Alemania nazi, un militar que debía cumplir su deber, como el aviador que mata a 500 personas con una bomba», apunta Guez. «Consideraba que experimentar con niños y hacer asesinar a cientos de miles de personas era parte de su obligación. No veía el mundo como nosotros».

«Si alguna lección puede darnos la Historia es la facilidad con la que un hombre sin cualidades, un mediocre, puede caer tan fácilmente en el mal más abyecto. Es atemporal. Los hubo antes de Mengele, los ha habido y los habrá después», concluye Guez. Cree el escritor que, de no haber huido a Argentina y Brasil, su vida habría sido más fácil. «De ser juzgado en Alemania habría tenido el mejor abogado y la misma defensa que Adolf Eichmann, cazado por el Mossad en Argentina, argumentando que una orden es una orden y que él no hizo más que cumplir su deber». «Quizá se hubiera salvado. No habría vivido con la incertidumbre en la que vivió y acaso se hubiera arrepentido», aventura Guez. Casi 80 años después, la ideología de pureza étnica que Mengele llevó a su límite más execrable aún persiste en grupos extremistas por toda Europa. «Lo que caracteriza a los movimientos totalitarios es esa idea de la pureza virginal en la que coinciden la extrema derecha, el fascismo de extrema izquierda y el islamismo», asegura.

«Pero la Europa de hoy no tiene nada que ver con la de los años 30. No hay estados totalitarios como la Unión Soviética, la Alemania nazi y la Italia de Mussolini, aunque persisten los movimientos que se ven animados por esa búsqueda de la pureza». La investigación de Guez parecía más propia para un ensayo, pero el escritor tuvo muy claro que debía novelar. «Todos los archivos no están abiertos y haría falta un ejército de historiadores para consultar los de Brasil, Paraguay, Israel, Estados unidos y la Alemania Oriental. Es un trabajo inabarcable para una sola persona, así que descarté el ensayo. No quería ser un Tom Wolfe en busca de Mengele; quería algo más seco y directo, casi glacial. No humanizar al monstruo, pero sí crear emociones», dice Guez recordando al recién fallecido padre del nuevo periodismo.

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«Nunca sabremos todo sobre los años de Mengele en Latinoamérica. Yo sé que tuvo en Brasil una relación amorosa con una mujer húngara, dónde empezó y cuánto duró. No tengo los detalles, pero la novela te permite llenar esas lagunas», se autoafirma Guez, que recrea los años de lujo del criminal bajo el peronismo en Argentina y sus «terribles» años en Brasil, acuciado por la paranoia y el miedo a su detención hasta su muerte en 1979.