Diario de León
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nacho abad
León

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M e explica una bibliotecaria de la Biblioteca Nacional que allí lo mismo se conservan libros que catálogos de Ikea, lo que me inquieta a la vez que me entristece porque sé de libros que jamás llegaron a sus archivos, y porque no deja de ser verdad que se edita tanto que la literatura parece publicidad. En cualquier caso no lo es, o eso espero, o en eso confío. Lo nuestro es arriesgar. Ja. Quiero decir que los folletos tienen un interés catastral, quien lo niega. Explican un tiempo través de sus modos y sus productos, y sus precios. Pero lo nuestro es precisamente combatir ese tiempo, cuestionarlo, darle cuerda floja para que haga equilibrios y sentarnos a mirar cómo se rompe la crisma. Y lo normal es que él siga su curso y nosotros perdamos la paciencia y la palabra. En literatura lo normal es fracasar, y también es lo deseable. Al menos, lo que los demás desean para uno. Ahora voy a contaros algo, porque no deja de ser feo teneros aquí para nada.

Ayer, mientras paseaba, vi brillar unas luces azules a lo lejos y recordé aquellas escenas de película en las que al final de una calle un coche patrulla espera para dar una noticia trágica al protagonista: una noticia que cambiará la dirección de su historia. Y yo seguí hacia allí, pero allí no había nada: quiero decir, no estaba mi relato, ni mi protagonista se derrumbaba en los brazos de un policía como una torre impactada por un avión. Había en cambio un nuevo local de copas que se anunciaba con el brillo de una lechera, con dos luces rotando sobre un letrero que decía «Lima», así en mayúsculas: uno no sabe si hace referencia a la capital del Perú o la fruta. O tal vez a la herramienta que se incluía en las tartas para que los reos se escaparan de prisión en los dibujos de los 80. Tarta de lima, pensé, he ahí un buen título para esconder algo. Así funciona un relato. Parece una bomba programada para estallar, pero cuando levantas la tapa te das cuenta de que sólo era un reloj con plastilina a los lados. Hay quien se dedica a robar el patrimonio de todos y quien sólo roba tiempo. yo, por ejemplo, robándote un rato para no decir nada. Y el dinero va y viene, pero el tiempo no hay forma de recuperarlo. Deberían encerrarme. Incomunicado, para que nadie tenga tentaciones de mandarme una tarta.

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