EL TERRITORIO DEL NÓMADA

Vanguardia en el congelador

HOY SE CUMPLEN 55 AÑOS DE LA MUERTE LEJANA Y SILENCIOSA, EN EL EXILIO DE MOSCÚ, DEL PUJANTE VANGUARDISTA PALENTINO CÉSAR MUÑOZ ARCONADA (1898-1964), A QUIEN LOS FRÍOS SOVIÉTICOS HELARON SU INQUIETUD. divergente

César Muñoz ARconada

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ERNESTO ESCAPA
León

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A pesar de la pujanza de su arranque, abierto a todas las vanguardias, en el cine, en la música y en la literatura, César Arconada acabó convirtiéndose durante su prolongado exilio moscovita en corifeo del más tosco estalinismo. Convertido en funcionario de las letras y sin escribir prácticamente nada nuevo. Su amigo de Madrid en la preguerra Francisco Ayala lo evoca en sus memorias a través de la imagen que trasladaban los artículos de Arconada en la revista Literatura soviética, de la que fue redactor jefe, como antes lo fuera en la Gaceta literaria de Madrid: «El genial pensamiento de Stalin halla su encarnación en la vida de todas las ciudades de la unión soviética; una serie de ellas llevan su nombre». Había llegado a la Unión Soviética en abril de 1939 y ya no salió nunca, excepto para su ilusionante viaje chino de 1955, invitado por la asociación de escritores de aquel país, y cuyas impresiones publicó en el periódico parisino Democracia con el título Andanzas por la nueva China. Un libro hermoso, que las disputas comunistas del momento le obligaron a comerse con silente y sumisa docilidad.

Francisco Ayala anota en sus memorias el persistente silencio de Arconada ante la correspondencia de los viejos amigos españoles en otros exilios. En el cuarto de siglo de su exilio moscovita Arconada actuó, a partir de 1943, como responsable de la edición en español de la revista Literatura Internacional, que en 1946 pasó a llamarse Literatura soviética; compañero de desdichas y resignación del escultor Alberto Sánchez (1895-1962), traductor a destajo y cicerone de Neruda en sus andanzas soviéticas. Con el poemario Dolores (1945) cotizó su tributo al período más brutal del estalinismo. Los retratos de la época reflejan esa congoja de su semblante decaído. Hizo versiones al ruso y montajes escénicos del teatro clásico español. Ahí colaboraba con el escultor Alberto Sánchez, su camarada de naufragio. Además, hizo versiones adaptadas del Quijote, de Galdós y de las Novelas ejemplares cervantinas al ruso. También, con J. López Ganivet, un volumen didáctico de piezas teatrales en un acto, que tituló Teatro español en la escuela (1953). Luego se unió a María Cánovas, una española que trabajaba con él en la revista, y el deshielo de Kruschev mudó en parte su aspecto abatido. Participaba en los congresos de escritores soviéticos y también en los del PCE, que entonces se celebraban en los países satélites de la URSS.

A pesar del esfuerzo en el acercamiento de la literatura española a Rusia, su obra personal de esos años soviéticos vale mucho menos que la realizada antes de partir para el exilio. Al recalar en Moscú, publica ya en 1940 la traducción de su novela Río Tajo, ganadora en 1938 en España del premio Nacional de literatura. Su primera edición española verá la luz en Moscú (1970) y ocho años después en España, con prólogo de Hormigón. En las páginas de la revista oficial donde ejerce como redactor jefe, se publica su ópera antifascista Nueva Carmen (1944), reeditada en 2000 por Renacimiento de Sevilla; y algunos de los relatos de dos libros del género: España es invencible (1943) y Cuentos de Madrid (1942), que tiene edición española de 2007, en la biblioteca del exilio de Renacimiento.

En el caso concreto de la literatura de Arconada, el cambio más brusco lo produjo su ingreso en el PCE de 1931. César Arconada partió de un localismo estético de cartero terracampino para instalarse primero en la audacia formal con sus libros de versos Sed (1922) y Urbe (1928), protagonizando luego algunos de los momentos más fértiles del compromiso, antes de alojar su desterrada madurez en los afanes de supervivencia enjugados con tristeza. El rescate de la parte más valiosa y vigente de su obra, que incluía los textos sobre música y cine, se produjo aprovechando las vísperas de la naciente democracia. Entonces vieron la luz nuevas ediciones de sus reveladores libros de cine y de sus novelas.

Precisamente en los tiempos de La Gaceta literaria, donde se ocupó de la sección de música antes de ser redactor jefe, publica inicialmente En torno a Debussy (1926), para orientar luego su curiosidad hacia el cine, fundando con Buñuel el primer cine-club de España y publicando sucesivamente La vida de Greta Garbo (1929) y Tres cómicos del cine: Charlot, Clara Bow y Harold Lloyd (1930), dos títulos que rescatará en 1974 el editor Miguel Castellote, con prólogos de Maqua y Nigel Dennis. Un año después Turner recupera su novela La Turbina (1931), que marca el despegue de su compromiso. Sitúa la acción en Astudillo, su pueblo palentino, y resuelve con efectismo teatral la resistencia difusa y un punto supersticiosa a la instalación de una fábrica de luz en el viejo molino.

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Cachán, el viejo molinero, se enciende cuando uno de los montadores de la fabrica corteja a su hija y enloquecido por la furia de la deshonra, se abalanza y lo precipita por la escotilla de la turbina. A pesar del esquematismo, Arconada consigue con La Turbina una de las mejores novelas españolas del realismo prebélico. Bien distinta será la impresión que desprenden dos novelas sucesivas situadas en la misma órbita de compromiso. Los pobres contra los ricos (1933) prescinde de matices en beneficio de su sacudida violenta. La acción se acerca en el tiempo, mostrando a los agricultores de Morcuende apaleados por una guardia civil azuzada por las fuerzas vivas. Por su parte, Reparto de tierras (1934) novela el drama de Robledillo del Tiétar, «un pueblo pobre en una tierra rica».