le big mac
Vagabundo y ausente
Después de caminar durante todo el día me di cuenta de que ya no soportaba el crujido de mis pasos, un sonido que recordaba al de los insectos que son aplastados y que desprendía olor a hoguera sofocada, humedad y cementerio. Me detuve, miré mis botas, viejas y manchadas de tierra, y descubrí algo importante: que el suelo estaba hecho de un montón de materia derrotada por la altura, ramas secas, hojarasca, pájaros muertos, incluso árboles vencidos por su propio peso que se fueron convirtiendo en osamentas calcinadas por el tiempo. La vida es un desafío a la ley de la gravedad, pero todos sabemos cómo termina, aunque el asfalto y el cemento de las ciudades nos induzca al olvido. Pero en aquel lugar se hacía obvio. Una forma terrorífica de obviedad. El suelo era el reflejo del cielo en el espejo oscuro del infierno. Y así me pude explicar al fin la importancia del árbol milenario que todos buscábamos. El árbol al que no ha doblegado la altura. El fetiche, la excepción donde nos proyectamos. ¿Quién no se cree excepcional? Curioso que sentirse único sea algo tan común, tan vulgar.
Localizar el árbol no era fácil, porque no aparecía en las guías ni en los mapas. Uno tenía que dedicar parte de su vida y de su dinero. Yo había hecho varias incursiones fracasadas. Esta era mi última oportunidad. Si fallaba, renunciaría. Entre mi primer viaje y este habían pasado más de veinte años. Mi existencia es la elipsis entre esos dos momentos. No hay nada que contar que no se deduzca del contraste entre mi primer gesto, cuando afronté el reto, y el último, ahora que aceptaba mi fracaso. Y al final, solo podía recordar al chico que fui y pedirle perdón. Lo invoqué con tanta fuerza que le vi pasar frente a mí, como si el tiempo se hubiera doblado sobre sí mismo. Caminaba con una mochila demasiado pesada, y unas botas nuevas que al andar le rozaban los pies. Fui tras sus pasos igual que quien acepta que no va a comprender las normas de un sueño. Luego miré hacia atrás y vi que a mí también me seguía una multitud, todos los yo que no había llegado a ser. Todos fracasados menos uno, que logró encontrar el árbol. Se acercó a mí y me lo contó. «Cuando soplaba el viento -me dijo- las hojas vibraban. Era como si agitaran un montón de polaroids».