Diario de León
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nacho abad
León

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Había desaparecido un niño. Recorría junto a sus padres una de las rutas más sencillas del bosque. A mediodía, pararon a comer algo y a descansar junto a un riachuelo de agua helada. Después se recostaron sobre una manta y durmieron una pequeña siesta. Al despertase, el niño no estaba. Lo buscaron por los alrededores y gritaron su nombre hasta perder la voz. Luego decidieron que él iría a pedir ayuda al pueblo y ella se quedaría en ese mismo punto, por si aparecía. Yo regresaba a mi pensión cuando oí el tumulto. Junto a la lavandería se estaba organizando un grupo de turistas y residentes para ir a buscar al pequeño. Un anciano, dueño de una ferretería, llegó con algunos útiles, silbatos y linternas de las que se colocan a la frente con una goma, que repartió entre los voluntarios. Cuando entramos en el bosque aún había algo de luz, pero la tarde tenía prisa. Llegamos hasta donde esperaba la madre, que lloraba desesperada y caminaba en círculo, como un tren eléctrico. Nos indicó la ruta que habían seguido. Un grupo de cinco hombres nos separamos para recorrerla, mientras los demás buscarían por otras zonas.

En la copa de algunos árboles habían brotado unas pequeñas flores blancas y cuando soplaba el viento se desprendían de las ramas y caían sobre nosotros. La luz de la linterna de mi frente reflectaba sobre los pétalos, como los focos de un coche que atraviesa una tormenta de nieve. Era un espectáculo narcótico que me distrajo algunos minutos, no sé cuántos. Al mirar hacia los lados, me di cuenta de que me había quedado solo. Hice sonar el silbato pero nadie me respondió. Ya no había luz solar y así no podría regresar. Busqué un lugar en el que guarecerme y encontré un árbol grueso, inmenso. Me ovillé en el suelo, al pie del tronco, me abrigué lo mejor que pude e intenté dormir. Me desperté con la claridad de la mañana. Me levanté y sin gran dificultad llegué al pueblo.

Pregunté al primer hombre con el que me crucé si habían encontrado al niño. «Sí, yo mismo lo encontré», respondió. «Estaba asustado pero salió ileso. Ya ha vuelto a la ciudad con sus padres. Todo ha sido un susto». Qué orgulloso estaba de sí mismo. Le dije que me alegraba, agradecí la información y le felicité. Luego me di media vuelta y volví al bosque. Y seguí buscando a aquel niño.

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