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Pasiones vecinales
EL JUEVES SE CUMPLEN DIEZ AÑOS DEL ADIÓS DE ANTONIO PEREIRA (1923-2009), QUE SE DESPIDIÓ CON LA PULCRITUD DE QUIEN NUNCA INCURRIERA EN ARROGANCIA. PORQUE EL MAESTRO PEREIRA TEJIÓ SU OBRA UNIVERSAL CON VERSOS, RELATOS Y SUCESOS MEMORIALES BROTADOS DE LA CERCANÍA. divergente

Mural realizado por Mestre y Robes de Pereira
C omo consumado seductor, sabía ajustar el ritmo, sus escalas, el tono y los enredos o acomodos de cada historia al aliento del narrador oral. De manera que sus relatos acabaron convirtiéndose en el mejor brote literario de la escuela tradicional del filandón, donde sobran los excesos y enojan los adornos cuando estorban al fluir natural de las historias. Aunque alcanzó a ser cumplidamente octogenario, no recibió ninguno de los galardones nacionales de postín, seguramente porque tampoco gastó en el cortejo. Pudo y debió ser el primer cuentista en recibir el Nacional de las Letras, pero los sacristanes oficiales no repararon en la virtud del género breve hasta que Juan Eduardo Zúñiga ya rozaba el centenario, en 2016. Hombre puntual en sus cumplimientos, Pereira no alargó tanto la espera, después de haber despedido el siglo con el Castilla y León de las Letras, que redondeó una cosecha de premios de prestigio. Ahí se sucedieron con el tiempo el Leopoldo Alas primerizo (1966), el Fastenrath de la Academia (1989) y el Torrente Ballester (1994) de madurez.
Pero no fueron sus únicas tentativas. Intentó el Nadal 1968 que se llevó Cunqueiro, con Un sitio para Soledad (1969), el Adonais 1963 de Félix Grande, con El regreso (1964), y el Guipúzcoa 1964 que obtuvo Batlló, con Del monte y los caminos (1966). Pero siempre supo Pereira no perder la compostura por las prisas. Había empezado a publicar cumplidos los cuarenta y alcanzó, en cifras cabales y redondas, veinticinco libros de prosa y once de versos. Además de un generoso legado de bonhomía y un inmenso caudal de afectos. Primero versos, luego cuentos, más tarde novelas, remembranzas y vuelta al don de la brevedad. Como nunca orilló las cavilaciones, de las que anticipó leves apuntes en Reseñas y confidencias (1985) y en Crónicas de Villafranca (1997), nos dejó la sensación de una deuda pendiente: la de sus memorias.
Meteoros (2006) reúne y pondera la poesía total de Pereira, desplegada en media docena de libros. El volumen añade al fluir de los versos la confidencia esclarecedora de un epílogo ricamente surtido de noticias y reflexiones. En los sesenta Pereira publicó sus tres primeros libros del género. Poesía de los oficios familiares, de los viajes cercanos, de la amistad derramada, de la nostalgia y el entrañamiento. Dibujo de figura (1972) ofrece señales de un tono crítico imprevisto: «Ya sabía que un muerto no es gran cosa / en una edad de tapias y cunetas». La depuración expresiva, la cadencia narrativa y coloquial, la renuncia a la rima, parecen conducir al silencio del poeta. Luego reunirá los cuatro libros publicados, con dos series de poemas inéditos, en el volumen antológico Contar y seguir (1972). Ahí aparece Memoria de Jean Moulin, héroe de la resistencia francesa. Viva voz abrocha el volumen con una miscelánea de apuntes, complicidades y tributos de amistad.
El caudal de la obra narrativa de Pereira no se limita a la brevedad de los relatos, aunque es cierto que País de los Losadas (1978), la última y más valiosa de sus novelas, tiene la trabazón y el ritmo oculto de los cuentos y se alza como referencia de una travesía modélica entre la propia voz, el clamor del noroeste y los tributos ambientales a la experimentación. Antes ya había publicado un par de novelas: Un sitio para Soledad (1969) y La costa de los fuegos tardíos (1973). La primera es una narración costumbrista con moraleja: la muchacha berciana que emigra a Francia y vuelve al terruño para emprender una confusa huida con padrino. En cambio,La costa de los fuegos tardíos disfraza con envoltorio novelesco la mercancía de unos cuentos que entonces tenían difícil salida.
Pereira encontró en el cuento la horma para templar el hilo a la cometa de su fantasía. En esta distancia corta, el humor fronterizo, la tierna ambigüedad, el episodio menudo, la confidencia coloquial y un tenue erotismo, que el autor registró con patente diocesana, encuentran su expresión más feliz. Es un escenario fugaz pero inolvidable, que concilia la difícil alianza entre imaginación y realidad, modelada con sutileza de orfebre en el manejo de la palabra. La frescura de prosa y la jovialidad de los asuntos que trenzan sus relatos, junto a esa capacidad para convertir en arte lo cotidiano, no constituye sorpresa, sino la prueba de un talento narrativo que no desmaya ni languidece.
Después de un primer libro de relatos con más tributos ambientales de los debidos, se tomó nueve años de minucioso laboreo para volver con la deslumbrante madurez de El ingeniero Balboa y otras historias civiles (1976), que contiene uno de los mejores textos de Pereira: ese monólogo teñido de evocaciones y melancolía que recrea un paseo entre Corullón y Villafranca. Luego depuró el oficio a lo largo de tres décadas, que dieron para siete libros más de relatos y otras tantas antologías, que en este género, como en la poesía, son un remedio muy socorrido para aspirar a nuevos lectores. En esa pista alcanzó su condición de clásico, poniendo música de humor y salpicando de picardías sus invenciones. Son relatos que implican siempre al lector, dejando suspendido su cierre, en busca del abrazo imaginario. Todos los cuentos (2012) reunió su obra breve completa. Los últimos relatos conectan con el universo memorial. Los transitan sus cómplices de aventura literaria, desde los más cercanos a los dioses mayores, paisanos joviales y algún adusto anfitrión palaciego con bigotes. Y se resuelven en episodios de una memoria traviesa, que nos deleita con destellos de gracejo, a la vez que muestra la cartografía de sus afinidades y pasiones más íntimas.