poesía
Una rosa en el aire
consonante materia Juan Ramón Torregrosa Balduque (col. Sudeste), Murcia, 2019. 114 pp.
L a consonante respuesta al son sagrado de la música divina que canta fray Luis de León es Consonante materia en el poeta alicantino Juan Ramón Torregrosa, pues con la materia natural comulga. Y aceptando el título que Jorge Guillén dio a su primera obra a partir de la edición de 1945, Cántico. Fe de vida , Torregrosa titula su primer poema Fe de vida , en el que invierte el sentido de un conocido verso de Quevedo: «¡Ah de la vida! Todo me responde»; le responde el viento y el mar, la nieve y el fuego...
La poesía de Torregrosa es, de este modo, la consonante respuesta a las sustancias naturales que percibe y observa, una respuesta inspirada en el zen, que supone un conocimiento más allá de lo racional; está presente en el haiku, uno de cuyos maestros, Basho, inspira en parte las visiones delicadas con que nos deleita Torregrosa, cuya poesía descansa en la naturaleza, intentando apresar la sorpresa de lo menudo, en lo que vemos, oímos, oleos o tocamos sin reparar en su milagro diario. Mirar, sentir, intuir, sorprender, admirar, son verbos que convienen a una poesía en la que prima la brevedad, el instante iluminador, la desnudez formal y la leve insinuación.
El poemario recorre el ciclo estacional, con cuatro partes, una para cada estación. En la primavera se poetizan elementos como el lirio, la abeja, el azahar, el imperceptible crecimiento de la yerba, el encanto de las flores... Hallamos sugerentes imágenes tal la que define al colibrí como «mínima nota / suspendida en el aire» o a la mariposa como «una rosa en el aire» o la que da cuenta del amanecer, cuando «el mundo se desprende / de la noche / como el fruto maduro / de su cáscara».
Podríamos aludir a las demás estaciones del mismo modo; quiero citar, en cambio, unos versos significativos: «Lo concreto y aquí / es siempre ahora / y alguien que mira»; nada de abstracciones impersonales, sino lo concreto en el «instante efímero» fijado por el arte, donde la rosa singular puede ser ya todas las rosas. Sencillas impresiones, vivas sensaciones en cada curso cíclico del año. En la parte del invierno, tres poemas me atraen especialmente: «(Albaicín)»: primoroso fulgir de intuiciones; «(Zurbarán)» que canta tres silencios, el del cartujo que medita, el del cuadro y el del que lo contempla; finalmente el único y hermoso soneto del libro, que comienza: «Altas, dueñas del cielo, las cigüeñas»; erguidas en lo alto, son «luz de las espadañas y las peñas».