Diario de León

James Ellroy: «Marilyn fue aprendiz de delincuente»

«Marilyn Monroe fue una aprendiz de delincuente tonta, superficial y sin talento», dice James Ellroy. «Moriré escribiendo», afirma el rey del ‘noir’ estadounidense, que en ‘Los seductores’ condena a un mito erótico que detesta.

El escritor norteamericano James Ellroy, que publica 'Los seductores'.

El escritor norteamericano James Ellroy, que publica 'Los seductores'.javier lizón

Publicado por
Miguel Lorenci

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James Ellroy (Los Ángeles, 76 años) se toma como un elogio que le llamen provocador. Sabe que gracias a sus boutades vende mejor las novelas que le han convertido en indiscutible rey del ‘noir estadounidense’. Publica ahora en español Los seductores (Random House). Es una trepidante, sucia y muy negra investigación criminal en torno a la muerte de Marilyn Monroe en Los Ángeles de 1962. Ellroy detesta al potente mito erótico que aún seduce a las nuevas generaciones. Una bomba sexual que no cuenta con el aprecio ni la empatía del narrador, que trata como un trapo a la oxigena estrella de Hollywood a quien define como «una aprendiz de delincuente».

«Marilyn era un personaje de baja categoría, tonta, superficial y sin talento ninguno», agrega sin ambages. «Usaba a la gente, los dejaba tirados. Además de falsa era una drogadicta y una alcohólica», remacha justificando la retahíla de lindezas «en mi instinto» ¿Por qué protagoniza esta historia alguien quien detesta. «No es la protagonista, nunca tiene diálogo. No se le oye. Es una presencia», acota. Pero Monroe es, con todo, un pilar de la última novela del «perro salvaje» de la literatura policial. «Todas las biografías parecen absolverla de toda culpa por sus malas acciones, pero yo la condeno aquí», remacha Ellroy, que repasa sus bajezas y épocas más negras cuando «hacía felaciones por dinero». Afirma que sólo ha leído «a medias» una de las más de setecientas biografías dedicadas a las actriz: Diosa de Anthony Summers. «Es una investigación negativa en la que no se prueba nada», dice retorciendo el colmillo. Freddy Otash, conocedor de todas las cloacas de la fábrica de sueños, investiga la muerte de Marylin por encargo del sindicalista mafioso Jimmy Hoffa. Otahs es un un siniestro extorsionador, un «tipejo» muy real al que Ellroy trató y que ya apareció en sus novelas Purgatorio y Pánico. Debe encontrar algo malo en la relación de los Kennedy con Marilyn Monroe «en un Hollywood al que tenía agarrado por los huevos y que hoy sigue pervertido, porque esa es su esencia». Niega el escritor que Marilyn fuera «una amenaza para el stablisment y los Kennedy. «Ella y el presidente solo tuvieron ocho citas de una hora, y Jack Kennedy era un hombre de dos minutos en la alcoba, como cronometró Otash con unas grabaciones desaparecidas», dice malévolo.

Con su estilo trepidante, ametralla al lector con frases cortas, a menudo de dos y tres palabras. Se chotea cuando se le recuerda que Marcel Proust escribió una frase de 932 palabras y que Faulkner tiene una de más de 1.800 en cuatro páginas. «No me gusta Cormac McCarthy ni Proust ni Faulkner. Nunca utilizan comillas. Ni siquiera me gusta la novela policíaca, aunque sea lo único que leo», dice con impostada cara de pocos amigos. Le halaga, sí, que Joyce Carol Oates le describa como «el Dostoievski americano», pero confiesa que nunca ha leído al autor de Crimen y castigo. «Tampoco a Tolstói, ni a Céline, Salvatore Quasimodo, Knut Hamsun o Soren Kierkegaard» enumera Ellroy, que también mandó «a la mierda» a Raymond Chandler.

Cortafuegos digital

Anclado en el pasado, Ellroy se niega en redondo hablar de la actualidad del mundo o de la política de su país. Cualquier tentativa se sustancia con un monosílabo que parece un gruñido. «No tengo ordenador, ni tele, ni móvil. Nadie puede mandarme un SMS ni ninguna de esas cosas satánicas: malo, malo, malo», repite en su esforzado español «Por fortuna he establecido un cortafuegos con el mundo digital y electrónico», se justifica. «No me interesa el presente», dice. Y si hablamos de cultura woke y cancelaciones vuelve a rugir. «Donde hay un grupo de gente que piensa de la misma forma, lo normal es que censuren las mismas cosas», concede. «Al mundo se el engaño fácilmente y la gente quiere creer cosas», dice volviendo a Marilyn Monroe para explicar la persistencia del mito erótico. Asegura que todo el mundo tiene un precio, pero no él. «No vendería por nada mi alma al diablo. Estoy segurísimo», dice un gran narrador que reniega de las versiones cinematográficas de sus novelas por cuyos derechos ha cobrado sumas formidables. «L.A. Confiencial o Dalia negra son basura, mierdas detestables», afirma. Pero aclara que seguirá vendiendo los derechos de sus novelas. «Mi labor ya está hecha con el libro pero me pagan muy bien». Tampoco tiene piedad con sus lectores a los que define como «mirones merodeadores, pederastas, huelebragas, punkis y proxenetas». «Es solo una manera de hablar, una de esas cosas que se dicen en las presentaciones» se carcajea. «Provocar es una buena manera de promocionar y vender libros», admite. Asegura que morirá con la botas puestas. «Cumpliré 77 años el mes que viene. No tengo la sensación de haber perdido la memoria».

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