Diario de León

«Renfe traiciona el espíritu del Transcantábrico»

Publicado por
Cristina Fanjul
León

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Un libro de viajes inspiró esta maravillosa anacronía contemporánea que es el Transcantábrico. El volumen del mismo título del escritor Juan Pedro Aparicio, publicado en 1983, inspiró a la dirección de Feve a recuperar unos vagones Pullman de hace un siglo de la antigua Compañía de los Ferrocarriles Vascongados, y hoy, 42 años después, Renfe lo ha convertido en una fascinante ruta ferroviaria a bordo de 14 coches con 14 «suites» y varios salones para el ocio y el disfrute gastronómico. Un periplo de ocho días y siete noches que, según los viajeros, supera cualquier expectativa, incluido el mítico Orient Express»... Sin rubor. Así es como Renfe publicita su gran proyecto turístico de lujo, un proyecto que puso en marcha la compañía de Ferrocarriles españoles de Vía Estrecha en 1983 con un viaje de prueba entre La Robla-Cistierna-León. Se aprovechaba para ello el antiguo tren hullero, el trazado con el que la riqueza minera explotada en León se utilizaba para el desarrollo económico del País vasco, el mismo por el que se envenenó el territorio ad maiorem gloriam de la industria del resto de España. Sin embargo, y sin rubor, Renfe ha recuperado el Transcantábrico con una patada en el trasero de León, al que ha descarrilado de un trayecto que debe a la provincia su única razón de ser. Lo define Renfe de anacronía contemporánea en un ataque de cursilería difícil de digerir, con un lenguaje de madera con el que busca esconder lo esencial: que el Transcantábrico hurta, ya en su nombre, el significado que encierra. Sí, puede que sea una anacronía, pero porque la alteración se produce en el salto del orden de los paisajes que debería atravesar, territorio que, por cierto, tiene un desfase cronológico respecto de los lugares de los que el poder político del último medio siglo desenganchó a León.

Se cumplen 42 años de la publicación de la obra de Juan Pedro Aparicio, la que dio nombre al tren de lujo que ahora ha descarrilado a la provincia de su ruta, y se hace más importante que nunca recordar de qué manera surgió el proyecto literario.

—¿Qué siente cuando piensa en aquel momento en el que subió al Hullero hace más de 40 años y lo convirtió en una leyenda?

— Yo diría que el Hullero ya era una leyenda mucho antes de que yo me subiera a él. Todos los escolares de mi generación lo conocíamos bien: nos llevaban de excursión a La Vecilla, y aquello era una fiesta. En tiempos en que la Cultural y Deportiva Leonesa llegó a jugar en Primera División, los aficionados se acercaban a La Vecilla para ver, aunque fuera a lo lejos, a los jugadores que se concentraban allí la víspera de los partidos. Más tarde, siendo ya algo mayor, desde el patio del Colegio San José a veces se nos caía la pelota a las vías, y no eran pocas las ocasiones en que, con el susto en el cuerpo, veíamos pasar el tren. Siempre sentí que aquel trayecto tenía algo mágico, algo de travesía épica. Ya en mi etapa adulta, viviendo en Madrid, decidí recorrer esa ruta en sentido inverso: desde Bilbao hasta León, donde todavía vivían mis padres. Yo partí desde Madrid y Fernando Díez, gran aficionado a la fotografía por entonces, desde Valencia. Nos encontramos en Bilbao y emprendimos el viaje. De aquella experiencia nació el libro, que no solo inspiró el Transcantábrico, sino también ciertos sobrenombres entrañables para los trabajadores del tren, como «Chuchi», un ser humano extraordinario al que en el libro bauticé como «el Tigre de Balmaseda».

— ¿Qué diferencias ve entre lo que vivió entonces y lo que siente ahora?

— Cuando publiqué el libro y lo titulé El Transcantábrico, no albergaba muchas esperanzas de que alguien recogiera la sugerencia que hacía en sus páginas: crear un tren turístico que uniese León y Bilbao atravesando la cordillera. Así que mi sorpresa fue mayúscula cuando desde Feve me confirmaron que lo harían. Era una España recién salida de la dictadura, cargada de ilusiones, con una ciudadanía hambrienta de renovación y una administración que, por momentos, parecía abierta a escuchar a la sociedad. De esa sintonía surgió el proyecto, que acabó convirtiéndose en el primer tren turístico de España con una ocupación que rara vez bajaba del 90%, según me dijeron. Aquel éxito permitió incluso la creación de otro tren inspirado en él: el Al Ándalus.

Hoy, sin embargo, siento una gran frustración. Yo nunca registré el título porque me alegraba sinceramente que la idea se materializara y beneficiara a todos, especialmente a León, que era su punto de origen y destino. Pero hoy, viendo cómo se ha vaciado de su esencia original, me duele decirlo, el verdadero Transcantábrico ya no existe.

— El Transcantábrico ha pasado por muchas fases, pero parece que siempre han intentado eliminar a León de la ecuación.

— No sé si ha sido deliberado, pero lo cierto es que León lleva años sin tener quién lo defienda. Su ausencia de peso político ha derivado en una suerte de invisibilidad dentro del mapa de España desde todos los puntos de vista, político, económico, histórico y hasta meteorológico. Ya lo saben los leoneses: frío en las dos Castillas. Paradójicamente, bajo la dictadura, León era una provincia más, en la que su población casi doblaba la población de Valladolid. Ahora, con democracia, estamos en el vagón de cola. Los datos lo confirman: somos una tierra relegada, olvidada. Algo se ha hecho mal.

— ¿Tiene sentido que se siga llamando Transcantábrico?

— Ya no se le puede llamar así. Ha perdido aquello que le daba sentido y justificación: el cruce físico, simbólico y emocional de la Cordillera Cantábrica, un trayecto que unía no solo dos puntos geográficos, León y Bilbao, sino también dos mundos: el interior y el norte, la montaña y la costa, el carbón y el mar. El Transcantábrico era una metáfora viva del vínculo entre las comarcas del noroeste peninsular, un tren que cruzaba paisajes abruptos, historias compartidas, pueblos con memoria y con alma. Sin esa travesía, sin ese paso por León, pierde su razón de ser y ya no puede llevar ese nombre que fue concebido precisamente para representar esa experiencia. Además, hay un componente ético que no se puede ignorar. El nombre Transcantábrico no surgió del márketing ni de una oficina comercial. Nació de un libro, de una vivencia personal que se convirtió en una propuesta cultural y turística, un ejercicio de imaginación y de memoria que cristalizó en algo real. Ese título lo aporté sin más interés que el de compartir una visión que consideraba valiosa para la sociedad. En definitiva, un tren que ya no atraviesa la cordillera ni cumple el trazado que le daba su identidad, no debería seguir llamándose Transcantábrico. Es un uso impropio, incluso engañoso que traiciona el espíritu con el que fue concebido.

— Algunos dirán que ya no es necesario un tren como ese, ahora que toda la riqueza energética de León se evacua por otras vías.

— Reducir la función del tren a la mera evacuación energética, como si fuera una tubería de carbón, es no entender el papel que ha jugado históricamente el ferrocarril en comarcas como las nuestras. El tren era —y en cierta forma es— una arteria vital. No solo transportaba carbón; transportaba también esperanzas, familias, trabajadores, estudiantes, emigrantes que volvían por Navidad, veraneantes, vendedores ambulantes, y hasta sueños. Era un eje de conexión, no solo logística, sino también emocional y social. Durante décadas, ese tren fue la columna vertebral de una parte del país olvidada por muchas políticas centrales. Era el símbolo de una geografía que tenía en sí misma una riqueza humana y cultural inmensa. Y era, sobre todo, una forma de pertenencia: subirse al Hullero o al Transcantábrico era también subir al pasado de uno, a los recuerdos de infancia, al paisaje de la memoria. Ahora nos dicen que «ya no hace falta», como si el valor de un tren se midiera exclusivamente en toneladas de mineral o en kilovatios transportados. Pero yo insisto: la verdadera razón por la que ha desaparecido no es técnica sino política. La falta de representación efectiva, de voluntad decidida por parte de los representantes leoneses y de las instituciones autonómicas y estatales, ha hecho que proyectos valiosos no reciban el respaldo necesario para mantenerse. No es un fallo del tren; es un fallo del sistema de poder.

— ¿Cree que hay una intención clara de apagar la existencia misma de la provincia?

—Se cierran líneas férreas, se vacían pueblos, se cierran colegios, se retiran servicios médicos... Y nadie da explicaciones claras. Nadie asume responsabilidades. Nunca escucharás a un político reconocer que está permitiendo el desmantelamiento de una provincia. Jamás dirán que León importa menos, o que prefieren invertir en otros territorios. Al contrario: siempre habrá palabras bonitas, promesas, planes, declaraciones institucionales. Pero la realidad va por otro lado. Y la realidad nos dice que León está siendo empujada a una forma lenta de desaparición. Una provincia que pierde su tren, su industria, su población joven y su voz política, está perdiendo también su lugar en el país. Y lo más grave es que ese silenciamiento se vuelve cultural. Se borra la memoria, la identidad, la narrativa propia. Ya no salimos en los mapas de los grandes proyectos, ni en los titulares, ni en los discursos del progreso. Por eso, más allá de la intención consciente o no de «apagar» León, vivimos una crónica de abandono, disfrazada de modernidad y envuelta en una retórica vacía. Y eso, para mí, es lo más doloroso: que nos borren sin dar la cara, con disimulos y malas artes.

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