Diario de León

Beatriz S. Olandía: «Mudamos de piel para deshacernos de las viejas heridas y afrontar otras»

«Mudar de piel’ habla de las heridas que nos acompañan y condicionan la vida». Beatriz S. Olandía se mete en su primera novela en la piel de una mujer en un viaje de autodescubrimiento, de las relaciones con su familia y sus parejas sentimentales

Publicado por
Cristina Fanjul
LEÓN

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Beatriz Sanz Olandía acaba de presentar Mudar de piel, una novela intimista que encierra, como las muñecas rusas, un misterio dentro de otro. No hay nada más inquietante que la propia familia, que las emociones y sentimientos que alojamos, a veces sin percatarnos de ello, en las habitaciones cerradas de nuestra personalidad. La historia de Berta es una indagación sobre la propia existencia y sobre cómo influyen los demás en el crisol de lo que somos.

— La novela transcurre en la conciencia de Berta, por sus idas y venidas desde el pasado hasta el presente, sus recuerdos y emociones. ¿Desde el principio supo que utilizaría la primera persona?

— La verdad es que fue algo natural. Eso me ha permitido meterme en la cabeza del personaje, ponerme en su piel, y quizás sentir lo que siente ella. No es una novela autobiográfica, que esto es algo que me pregunta mucha gente, pero de alguna manera sí he reciclado mis propias vivencias y sentimientos para hacer los de Berta más creíbles o reales. A mí no me han pasado las cosas que le pasan a ella, por supuesto, pero de alguna manera sí hay un vuelco de emociones, una manera de saber cómo se ha podido sentir ella en determinadas situaciones a partir de lo que yo he sentido en otras distintas. Pero al final, todos nos hemos encontrado perdidos en la vida alguna vez, todos hemos sentido en algún momento que perdíamos el control, que otros decidían por nosotros, y en ese sentido creo que doy una respuesta a los propios miedos y heridas que podemos acumular cualquiera de nosotros.

— ¿Hasta qué punto hay relación entre Beatriz y Berta?

— Hay un juego de espejos, pero muy sutil; como te decía, no es tanto hablar de mis experiencias como hablar de mis sentimientos, que supongo que son universales: la soledad, la pérdida, el abandono, la ira incluso, ese enfado que te domina y no sabes bien de dónde viene. Supongo que a Berta, como al resto de mortales, le vendría bien un poco de terapia, pero prefiere solucionar sus problemas a las bravas. Más allá de eso, no solo se trata de Berta, sino del resto de personajes que aparecen en la novela. Tengo especial cariño a Doña Carmina, que surgió un poco de casualidad, a partir de una frase que ella pronuncia y que cuando la escribí, no supe de dónde venía, pero desde luego me marcó el camino. Ella dice que cuando tuvo su primer orgasmo, su marido estaba echando la partida en el bar. Es algo que se escribió solo, en un proceso muy orgánico en el que casi escribía más rápido de lo que pensaba. En ese momento me eché a reír y supe qué quería con ese personaje: reivindicar a las mujeres que durante décadas tuvieron vetadas tantas cosas, somo el propio placer. Mujeres a las que las hemos despojados de su feminidad, de su intimidad, por el simple hecho de ser mayores. Y ellas también vivieron, sintieron, amaron… igual que lo hacemos ahora, pero con el hándicap de enfrentarse a una sociedad pacata, cerril y fanáticamente religiosa.

— Podríamos decir que en la novela hay algo de thriller emocional, de tensión en la relación entre Berta y su madre. ¿Cómo fraguó el pulso maternofilial?

— Creo que las relaciones entre madre e hija son, por definición, tensas. No descubro nada, es algo largamente estudiado. Simone de Beauvoir lo toca en El segundo sexo y hace no mucho leí un libro fantástico, Las hijas horribles, de Blanca Lacasa, en el que aborda este problema. Ella precisamente explica en el libro que decide escribirlo después de comprobar que es algo común entre las mujeres haber pasado por relaciones, digamos, especiales, con sus madres. Lo que yo no sabía, y no voy a desvelar, era el origen del conflicto en el caso de Berta. Digamos que yo opté por aclarar ese casus belli pero siendo consciente que en la vida real lo normal es desconocer los orígenes, incluso la ausencia de los mismos. Es un asunto tremendamente interesante que apareció en la novela de manera natural.

— El sexo es un personaje más en la novela hasta el punto de que en ocasiones es el que genera la melodía de las palabras. ¿Cómo lo ha conseguido?

— Pues ha sido algo bastante natural. Me llama la atención que se destaque tanto cuando el sexo es un ingrediente más de la vida. Quizás el hecho de que sea mujer y de que escriba esos pasajes de una manera cruda, sin metáforas o sin suavizar sea lo realmente llamativo, aunque no debería ser así. Todo el mundo tiene relaciones sexuales, todo el mundo se masturba y en una novela sobre la vida de una mujer de esa edad no debería llamar tanto la atención…aunque tampoco creo que el sexo tenga edad. Me he reído mucho y he sufrido también con esas partes de la novela, y espero que eso se transmita al lector.

— ¿Es una escritora de brújula o de guion?

— La escritura de esta novela ha sido absolutamente anárquica, he de confesar. Comencé espoleada por mi amigo José Ignacio García, que siempre me ha animado a escribir y con quien he colaborado en varios proyectos literarios. Él me decía que podía con una novela y un día, un poco harta de no creer en mí, decidí comenzar. Pero no sabía bien qué hacer. La idea de una mujer que se obsesiona con el vecino me vino después y entonces sí supe lo que quería escribir. A partir de ahí, escribía poco a poco, cuando me venía la inspiración. Admiro a los grandes escritores que son capaces de sentarse y trabajar en su novela durante horas. Yo a veces simplemente no sabía qué contar o, más bien, cómo contarlo.

— ¿Cuántas veces muda Berta la piel? 

- Berta muda la piel en el libro en dos ocasiones, las dos veces en las que es consciente de que su vida va a cambiar desde ese preciso momento. Y es algo que creo que a todos nos pasa; es especialmente doloroso cuando esos cambios son impuestos, no dependen de ti, te vienen y tienes que aprender a lidiar con ellos. A veces hay un punto de lucidez en el que te das cuenta de que nunca volverás a ser la misma, que tú vas a cambiar y, con ello, todo tu mundo, tu manera de enfrentarte a la realidad, tu forma de estar en el mundo. Mudamos de piel para deshacernos de las viejas heridas y enfrentarnos a otras.

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