ENSAYO
El humor que nos salva en 'Cervantes y la ternura humorística'

Eduardo Aguirre es uno de los más notables columnistas del país. Puntualmente se asoma a la actualidad, en el Diario de León, con la atención puesta siempre en lo sustantivo y no en lo accidental, o sea, en la cultura más que en la política. Y lo hace con esa admirable voluntad de estilo que es santo y seña del mejor periodismo español; una fértil tradición que ha ido imponiéndose a despecho de modas y modos ideológicos: de Julio Camba a González Ruano, de Pemán a Umbral, de Aguirre Bellver a Eduardo Aguirre, por traer la cosa al terreno familiar y al libro que nos ocupa, pues que de su padre le viene a Eduardo su pasión/obsesión por el mayor escritor de todos los tiempos, español por más señas. De 2016 data su primer acercamiento al Quijote, donde indagaba en torno al «enigma del humor» cervantino; enigma que podemos constatar ya descifrado. Dos años después apareció Blues de Cervantes: un título que, fuera de sus resonancias gamonedianas, es marca de la casa, distintivo del deseo del autor por tender puentes entre pasado y presente. Aunque para aproximaciones al hoy, tómese su siguiente libro: Entrevista a Cervantes, de 2022, que acabó subiendo a las tablas de algunos teatros. En ella el cervanfán que se declara Aguirre sostiene con don Miguel un jugoso duelo verbal en el que, entre otras cosas, el periodista le inquiere acerca de cuitas y peripecias varias de su azacaneada biografía: un encomiable ejercicio de alta divulgación, tan necesario en los tiempos banalizadores que corren. Hasta el Quijote se ha traducido al español moderno, porque –al parecer– muchos no lo entienden. Al igual que tampoco se entienden los versos de las comedias de Lope, de suerte que algunos editores poco escrupulosos han cortado por lo sano y las han puesto en prosa, como si con eso se arreglara la precaria comprensión lectora de nuestros escolares. Tomemos con filosofía, esto es, con humor, tanto desatino, siguiendo el ejemplo de Aguirre, que al humor dedica la cuarta entrega de esta su tetralogía cervantina o quijotesca, que tanto da: Cervantes y la ternura humorística (Marciano Sonoro). No es la primera vez que se nos explica el Quijote desde su comicidad esencial, pero como el peso de la tradición contraria ?la novela en tanto expresión del sentir trágico de la vida? ha sido y es aún grande, el empeño de Aguirre en absoluto resulta baldío. Mucho antes que nuestros creadores y críticos, «ceñudos de ordinario» –como diría el Crispín de Benavente en esa apología del buen humor que es el prólogo a Los intereses creados–, los anglosajones celebraron la simpatía de la risa en las aventuras de Alonso Quijano. La nómina es larga: Swift, Sterne, Fielding, Dickens, Twain, Stevenson, Chesterton, Greene, Toole, Auster… Por ello, hace bien Aguirre en afear a la grey de eruditos, académicos y gentes de la cultura, en general ?no solo españoles?, sus remilgos y desdenes para con los oficiantes de la risa. Como denuncia en su libro, los planes de enseñanza no han sido inmunes a los prejuicios sobre el papel inferior de lo cómico en las culturas. Colegas tengo en la universidad que ningunean los llamados géneros breves de nuestro teatro, ignorando que por breves son, en ocasiones, dos veces buenos, así los entremeses del mismo Cervantes o los sainetes de Arniches. En los programas de literatura de la posguerra apenas hay hueco, en efecto, para los grandes clásicos del humor contemporáneo ?Jardiel Poncela, Fernández Flórez, Cunqueiro…?, relegados por la sacrosanta causa de quienes optaron por el compromiso sociopolítico. De «escapistas» tildaba a estos escritores un profesor mío que Dios tenga en su gloria. Claro es que, con su tan personal humorismo, Cervantes marca distancias respecto de otros humores y humoristas: de Juan Ruiz a Quevedo, de Francesillo de Zúñiga a Valle-Inclán, del Lazarillo a Cela… En casi todos los citados la risa brota desde la superioridad moral que los lectores asumen con relación a las criaturas de ficción, meros fantoches objetos del pimpampum de la befa y el escarnio. Es la mirada desde el aire, propia del esperpento valleinclanesco, bien que don Ramón se columpiara escandalosamente al señalar como paradigma de dicha mirada nada menos que el Quijote; es decir, justo la tesis opuesta a la que Aguirre defiende en su ensayo: Cervantes mirando en pie a sus personajes y emocionándonos a cada paso con su humanidad venturosa y desventurada a la vez. El teórico ruso Mijaíl Bajtín, a quien Stalin ?pocas bromas con él? jamás perdonó su heterodoxo modo de entender el arte, a espaldas del plúmbeo realismo social, trazó una modélica «historia de la risa» en su libro sobre Rabelais, el otro gran pilar, junto a Cervantes, del humorismo en la Europa del Renacimiento. En él se describen todas las formas posibles de provocar la risa, desde las vejatorias y humillantes hasta las más inofensivas y cordiales. Y «¿qué diferencia ?se pregunta Aguirre? al humor de Cervantes de la mayoría de los escritores de su tiempo? ¿Qué distingue su chispa cómica de la de Lope, Góngora o de la de Quevedo? […] El mismo mar, distinto oleaje. En Cervantes, su humor rima con amor y con dolor… mediante su ternura humorística, que no es exclusividad suya, pues la podemos encontrar en pasajes aislados de este o aquel escritor, pero no con el protagonismo atmosférico que tiene en el Quijote». De la mano del amor y hasta del dolor, al humor de Cervantes bien podría aplicársele el adjetivo eutrapélico, tan caro a los primeros humanistas, que se afanaron por conciliar la gravedad de los estudios con el cultivo del ingenio ?el arte de enseñar deleitando? a fin de despertar la sonrisa cómplice del otro. «Eutrapelia» se llama una de las Ínsulas Afortunadas, de donde es originaria, según Erasmo, la Locura festiva, protagonista de su popular Elogio, cuyo espíritu alienta en don Quijote y Sancho Panza, dos locos, cada uno a su manera, que forjan una entrañable historia de amistad capaz de arrancarnos tanto la risa como, de vez en vez, alguna lágrima, en particular cuando nos acercamos al melancólico final de la novela. Aguirre, que se divierte –y nos divierte– escribiendo, encuentra un feliz término para conciliar esa dualidad de contrarios: ni sonrisas ni lágrimas: sonrilágrimas. Con la erudición que se le supone a un cervantista comme il faut, el autor nunca se contagia del frío academicismo que suele caracterizar ?lo digo por experiencia? la mayoría de las publicaciones que los profesores firmamos para acreditar la valía científica de nuestras investigaciones. Preocupados por que no se nos escape la obligada referencia a Fulano o Zutano, esta o aquella concordancia textual, olvidamos a menudo lo esencial, esto es, el objeto al que nos debemos en puridad y que no es otro sino el texto, la palabra hecha belleza, y nuestro deber de transmitirle esas sensaciones al público lector. El humor ?sea blanco o negro, tierno o inmisericorde? ha sido siempre el mejor instrumento para diseccionar el cuerpo social, que por muy sano que aparente estar no deja de ofrecer siempre síntomas de agotamiento y hasta de decrepitud moral. La sociedad de este ya avanzado siglo XXI es una buena prueba de ello, sometida como lo está a las ridículas imposiciones de la que, en alguna ocasión, he llamado la triple CCC: Corrección (política), Censura y Cancelación. El buen olfato de Aguirre lo lleva a no esquivar el sinsentido de aplicar nuestros criterios biempensantes de hoy a un clásico como el Quijote, que, a diferencia de algunos déspotas iletrados que nos gobiernan, está más allá del bien y del mal. En este sentido, Cervantes y la ternura humorística cumple una función de primer orden, a tono con la pasión de un cervantista cabal, el saber de un gran experto en humor y el compromiso de un humanista de raza.