Publicado por
José Enrique Martínez
León

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Antonio Machado ha tenido una presencia constante, franca o interesada, en la poesía española que siguió a la guerra civil y a la muerte del poeta en febrero de 1939. Nadie mejor que Araceli Iravedra para estudiar esa «huella» honda y efectiva pese a las diferentes lecturas parciales de la obra machadiana. Abordó ya el asunto en un libro magistral, El poeta rescatado. Antonio Machado y la poesía del «grupo Escorial (2001)»; persiguió después el rastro machadiano en diferentes trabajos que reúne ahora en otro libro espléndido, Son sus huellas el camino. Antonio Machado en la memoria poética del siglo XX. A modo de introducción, el capítulo inicial dibuja un «primer y sumario recuento» de la estela machadiana que en los capítulos sucesivos se desarrolla y matiza, del «rescate» del falangismo liberal (Ridruejo, Rosales, Panero…) a la ruptura del discurso oficial de un Machado intimista y trascendente por parte de un Eugenio de Nora que desde Espadaña revindicaba la voz solidaria y afincada en su tiempo del sevillano, legado que heredan los poetas del realismo crítico que entre 1950 y 1965, realizan una lectura «nuevamente sesgada y parcial», viendo en Machado «la legitimación de un proyecto poético orientado a la superación del subjetivismo», algo que alcanzó su auge al cumplirse el vigésimo aniversario de la muerte del poeta; tal lectura «volvía a menoscabar el significado de su obra», una obra y una figura, la de Machado, que los del 68, y a su cabeza los novísimos de Castellet, subyugados por las audacias vanguardistas y las de los poetas del 27, repudiaron y descalificaron, con honrosas excepciones, como los poetas leoneses de Claraboya y Antonio Colinas. Una nueva generación tornará al magisterio machadiano, sobre todo los poetas granadinos de la otra sentimentalidad. El camino abrupto y esquinado recorrido por las diferentes lecturas de Machado es demasiado complejo como para matizarse en estas líneas. Son todos capítulos de lectura inexcusable, pudiendo destacar aquí, junto a estudios sobre la huella machadiana en poetas como Otero, Ángel González y otros, los referidos a poetas leoneses ya citados: Leopoldo Panero, fiel discípulo de la poética emotiva y temporal de Machado, la «convergencia de principios estéticos» del Equipo Claraboya y el «radical disentimiento» de Antonio Colinas respecto a sus compañeros de generación, algo que aquí ni siquiera podemos esbozar.

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