"La vida es una batalla que perdemos todos"

La escritora leonesa lleva un verano 'a full' de presentaciones y lecturas poéticas. A medio camino entre Barcelona y León, ha ahorrado una tarde para hablar con El Filandón acerca de su vida al otro lado

La escritora Isabel LLanos. ÁNGELOPEZ

LEÓN

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-¿Qué queda realmente al otro lado?

-Al otro lado, al menos en el enfoque que cobija este último poemario, me queda la vida. Cuando vas haciendo años te vuelves un poco espectador de muchos sucesos y de otras vidas, también de la que una misma imaginaba para sí. Incluso cuando se dan circunstancias que me hacen recordar etapas pasadas de mi propia existencia, me parece que son vidas ajenas, tan compartimentalizadas o alejadas de mi forma de estar ahora, o de la rendición en el que habito actualmente. Y digo rendición, que no aceptación. Nunca me ha gustado esa palabra. La vida es una batalla y yo creo que, mayoritariamente, la perdemos todos. Siempre gana la banca. Bueno, es mi forma nostálgico-melancólica de pensar, seguramente.

-¿La poesía para usted es una necesidad, una forma de conocimiento o una manera de resistir?

-La poesía, la escritura en general, es para mí el lugar donde se produce la magia. Coincido con muchas personas que se dedican a las letras, o al arte, en esta forma de verlo. Es ese «algo» que te traspasa, ese duende que decía Lorca, y que a mí me conecta con la humanidad y me aporta el sentido a la existencia. Me da mucha paz y, a la vez, es como una borrachera donde no siento que sea yo quien tiene el control. Cuando eso me pasa, que no siempre se da, encuentro el sentido a todo, se justifica la sensación de felicidad que me embarga en esos momentos. Pero sucede también cuando soy espectadora de ese mismo tipo de creación en las demás personas.

-¿Dónde termina la confesión y empieza la literatura?

-Para mí literatura son palabras mayores. Ya me gustaría a mí considerar que lo que escribo se pudiera englobar dentro de lo que se considera como tal. Lo que yo hago es buscar, ni siquiera es confesar. Y esa búsqueda, a través de diferentes caminos se transforma en un diálogo interior expuesto y compartido. Creo que eso es lo que hace que cuando leemos, o vemos una obra artística, nos identifiquemos emocionalmente con ella, nos traspase. Hay honestidad, eso sí. Yo no entiendo otra forma de actuar, por mero respeto a quien me dedica su tiempo. Pero lo hago escribiendo o en cualquiera de las otras actividades que realizo.

-¿La poesía le ayuda a conocerte o, por el contrario, consigue que aparezcan nuevas preguntas?

-Me ayuda a sorprenderme, y eso es maravilloso. Cuando se ordenan los textos en un poemario y, sobre todo, cuando pasa ya tanto tiempo desde que se cierra hasta que lo recupero impreso, es como leerme desde fuera.

-En sus poemas hay una relación muy intensa con la intimidad. ¿Le preocupa quedar demasiado expuesta?

-Nunca me ha preocupado. Insisto en que no sé entregarme de otra manera. Es algo que aprendí en una formación con Kari Margolis, una mujer tremenda que ha creado su propio método de trabajo actoral, y de los compañeros de ese curso. Tiene que haber generosidad y vulnerabilidad en la exposición a los otros. Ahí es donde verdaderamente somos. En la unión con el otro, de igual a igual, con todo lo bueno y lo menos bueno que tenemos y somos. Algo maravilloso que también aprendí con Philippe Gaulier cuando estudié clown y me tocaba salir al escenario. Yo estaba muy decepcionada porque me asignó el rol de falangista, y yo quería algo divertido y estrambótico, y él siempre te miraba y te señalaba el personaje que debías hacer. Recuerdo que uno de los primeros pasos era simplemente salir a escena. Y yo salí y la gente se empezó a reír. Y yo no entendía nada. Y entre menos entendía, más se reía el público y pasé del desconcierto a una complicidad tan segura y tan maravillosa que comprendí que realmente es que no tenemos que hacer nada, que todo es tan sencillo como ser uno mismo y ofrecerlo.

-¿Cuántas Isabel Llanos caben dentro de Isabel Llanos?

-Tantas que eso es la única preocupación que me atenaza desde que soy una niña. Decía otro de mis grandes maestros de vida, Javier Galitó-Cava, que «la vida es un banquete, sólo los tontos se quedan con hambre». De hecho, lo expreso en una nota de autora en mi primer poemario: «hacer muchas cosas no siempre es vivir», pero, y quizás porque he tenido numerosas ocasiones en las que casi pierdo la vida o ha estado en riesgo, se me queda corto el tiempo que tenemos. Quisiera vivir mil vidas, como en la canción de Sabina, pero en mi caso, sin tener que elegir.

-Es usted poeta, actriz, dramaturga y performer. ¿Son distintas formas de una misma necesidad de expresión?

-Y periodista, que, en el fondo, también tiene esa misma necesidad de expresión. Y soy muchas cosas más, y muchas cosas menos. Tengo una creación que recorre esos «soy» y «no soy». Recuerdo cuando trabajaba de policía e iba a intervenciones y ¡fíjate tú! siempre eran las mujeres las que me decían «es que no pareces policía». Claro, en aquella época, lo combinaba también con mi trabajo de modelo. Tenemos demasiados estereotipos, todavía ahora. ¿Qué ha aprendido la poeta de la actriz? ¿Y qué ha aprendido la actriz de la poeta? ¿Hasta qué punto el cuerpo, la voz, el silencio y la respiración forman parte de tu manera de escribir? Te uno las preguntas porque la respuesta es global. Sería que ha aprendido Isabel y de dónde. Es curioso porque, aunque siempre he sido un «culo inquieto» (con 12 años conseguí que un colegio nuevo al que me incorporé introdujese la fiesta fin de curso, como aquel del que procedía: una tarde en tutoría, magnetofón, Rafaela Carrá y yo bailando entre las mesas de la clase explicándole a la maestra cómo lo organizaría, cómo sería). Por otra parte, soy una persona muy «en la cabeza» y con un alto grado de autocontrol, que me viene de la época del ejercicio policial y del trabajo en seguridad. Eso fue de lo que más me costó romper cuando comencé mi camino en la interpretación. Salir de la cabeza y habitar el cuerpo. Es decir, dejar de escuchar sólo a la mente e incorporar la organicidad. Y al final esa retroalimentación global, es lo que podía ser la respuesta a esta pregunta, porque lo he extrapolado al resto de aprendizajes en distintas áreas que he explorado.

-Ha llevado la poesía a formatos poco convencionales. ¿Necesita que el poema salga del papel y tenga cuerpo?

-El motor no es la poesía. El motor es esa búsqueda que no deja de explorar formatos diferentes tratando de fomentar un diálogo con el otro. Por ese motivo mi primer poemario incluía una performance telefónica, y diría que el 99% de mis creaciones persiguen la interacción, necesito romper las distancias que puedan convertir al lector, o al público, en un agente pasivo que sólo recibe lo que el artista da. Me parece muy egoísta por mi parte. Yo quiero escuchar, quiero darle el protagonismo que merece, y que, desde ahí, desde nuestro conversación, ambos salgamos más plenos. Esta semana pasada, por ejemplo, donde tuve la oportunidad de crear una performance poético-teatral que se estrenó en el Teatro Municipal de La Bañeza dentro de los cursos de verano que la ULE lleva años dedicando a la figura y obra de Antonio Colinas, quise conjugar en la obra distintos elementos que procedían de la escritura, del videoarte, de la performance, de la poesía visual… y el espectáculo finalizaba con la creación de una pieza colectiva que luego se contemplaba expuesta desde la calle, mientras todos uníamos nuestras manos. Cuando me tuve que plantear cuál era mi statement como artista, en la base, sin duda, reside el diálogo.

-¿Qué debe tener un poema para que sientas que realmente funciona?

-No tengo ni idea. Sólo lo siento. Cuando me «toca» a mí, cuando se da ese duende que te comentaba antes. Pero no es algo sobre lo que tenga control. -En su escritura hay dolor, deseo, pérdida, memoria y también contradicción. ¿Necesitas cierta incomodidad para escribir? Jajaja ¡no! En mi caso no es así. Para mí escribir es una casa acogedora. Conozco algún poeta que se propicia estos estados porque dice que es cómo mejor llega, pero yo no. Otra de mis aprendizajes en el trabajo creativo, aparte de confiar en el proceso, que sabe más que una misma, es a que lo que «toca el alma» tiene un camino fácil, agradable, que no quiere decir que no exija implicación y esfuerzo, sino que se hace difícil cuando no escuchamos e intentamos imponerte nuestro vano criterio mortal. ¿Qué papel ocupa el dolor en tu poesía? Ninguno. Me sigue sorprendiendo cuando, sobre todo después de la publicación del primer poemario, las personas se acercaban a mi madre preguntándole preocupadas que cómo estaba, que qué me pasaba. El dolor está en la vida, no en las letras. 

- ¿Cree que la poesía tiene que incomodar al lector? 

- Tampoco. La poesía, para mí, también tiene que ser un diálogo. Y la finalidad de un diálogo es la comprensión, el llegar a un entendimiento. No veo necesario esas creaciones, literarias o de otro tipo, que necesitan ampararse en esa incomodidad para generar interés o llamar la atención. Otra cuestión es que, en al recoger el ofrecimiento de esa vulnerabilidad, la persona lectora sienta incomodidad. La incomodidad es un sentimiento también, y es tan lícito sentirlo como cualquier otro. ¿Qué relación existe entre tu poesía y León? En mi caso, está muy presente la imagen en la escritura. Quizás también porque tengo la mirada acostumbrada al formato audiovisual. Bueno, y que también tengo sinestesia grafema-color. Entonces están el paisaje, la arquitectura… ¡la luz! León tiene una luz muy particular. Y están mucho más, precisamente, en este último poemario. ¿Hasta qué punto los lugares en los que hemos vivido terminan formando parte de nuestra manera de mirar? Más que los lugares, los contextos humanos. Y están en todo, es inevitable.

- Desde Sus primeros libros hasta Todo queda al otro lado, ¿qué crees que ha cambiado fundamentalmente en tu manera de escribir? 

- En prosa no creo que haya cambiado tanto. Quizá que incorporo más lenguaje poético. En poesía sí. Noto un gran salto. Todo queda al otro lado es, en realidad, mi tercer poemario. El segundo está en proceso de publicación desde hace unos años. Y estoy finalizando un cuarto. Y claro, me siento a una distancia de esas formas de escribir, no en contenido, pero sí en forma. 

- ¿La madurez literaria consiste también en aprender qué cosas no es necesario escribir? 

- Para mí se encontraría más en la madurez vital, que se refleja, inevitablemente, en como escribimos. De joven adquieres cosas, acumulas, y de adulto parece que todo sobra, que para vivir no es necesario apenas nada. Lo mismo en la escritura, donde he tenido un gran maestro «jibarizador» (como él se denomina) en Jesús Aguado. 

- ¿Qué escritores o poetas siente que siguen dialogando con usted mientras escribe? 

- Todos. Desde pequeña la lectura fue un mundo en el que refugiarme. Es inevitable que todos estén presentes. 

- ¿Qué significa para usted publicar un libro de poemas en un momento en el que la poesía parece ocupar un lugar cada vez más visible?

- Hoy en día hay tanta producción que conseguir que te publiquen ya es un subidón. Pero lo que verdaderamente me hace feliz es que las personas elijan leerme y luego ya, cuando me escriben por redes o por mail y me cuentan qué les ha hecho sentir o lo que piensan, entonces ya es como cerrar el círculo de lo perfecto. La persona que lee es la que le da sentido a todo. 

- ¿Qué le gustaría que le sucediera a un lector después de terminar Todo queda al otro lado? 

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- Yo soy una viciosa de sentir. Ojalá pudiese conseguir hacer sentir al lector. ¿Qué esperas encontrar tú al otro lado? No espero, encuentro hallazgos en el día a día, pero no lo trazo de antemano. Como te decía, me gusta que la vida me sorprenda. Y la tremenda acogida que está teniendo este poemario es realmente un regalo precioso que no esperaba para nada.