Diario de León

«El Hernán Migoya de la historia es un bastardo absoluto"

Hernán Migoya ya prepara la secuela de ‘Nadie nuevo cerca de tí’. Se titulará 'El unito', un reconocimiento a Perú, el país que le ha devuelto las ganas de vivir tras la noche oscura que siguió a la muerte de sus padres

Cristina Fanjul
LEÓN

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Tras anunciar que abandonaba la ficción, Hernán Migoya reedita en Perú, cuatro años después de su publicación en España, Nadie nuevo cerca de ti, un thriller de amor nacido entre Barcelona y Lima. Ahora prepara una novela de fantasía y una secuela ambientada íntegramente en Perú.

— Hernán, habías anunciado en redes que no volverías a publicar narrativa de ficción. Se sentía casi como un portazo definitivo. ¿Qué te hizo cambiar de opinión y dar vida a Nadie nuevo cerca de tí?

— En realidad, esta fue mi última novela en España, publicada hace cuatro años por el sello gijonés Pez de Plata. Es una novela que me dejó muy satisfecho, pero que la prensa ignoró olímpicamente. La muerte de mis padres en este lustro me llevó a decidir abandonar la literatura y siguió un largo período de duelo. Sin embargo, hace unos meses la editorial Fondo de Cultura Económica Perú se interesó por esa novela y la ha lanzado en una edición maravillosa que se ha distribuido por Perú, México, Chile y Colombia. Esa buena andadura de un libro que ya creía muerto es el que sí me ha hecho plantearme regresar a la ficción. Ahora mismo me encuentro escribiendo, también para Pez de Plata, una novela de fantasía, tras lo cual abordaré la secuela de Nadie nuevo cerca de ti.

— Esta novela marca una fuerte conexión con Perú, país en el que resides desde hace más de diez años, aunque fue concebida inicialmente pensando en el mercado español. ¿Cómo conviven esas dos almas en el libro?

— Conviven desde mi propia perspectiva desdoblada: llevo viviendo en Perú desde el año 2013, excepto dos años y medio que pasé cuidando a mis padres en Barcelona a raíz de la pandemia y sus enfermedades. En verdad, Nadie nuevo cerca de ti es una radiografía de Barcelona a través de una mirada con un pie fuera, por lo que el contraste para el lector resulta mucho mayor. Quiero pensar que con la perspectiva geográfica y cultural veo cosas que no comprendía cuando residí diecisiete años allí. El alma peruana está en algunos personajes, inmigrantes andinos en la Ciudad Condal que aportan su espontaneidad y la naturalidad con que saben vivir día a día, frente a la angustia del barcelonés que no puede escapar de su tendencia a planificarlo todo, tendencia típica de una sociedad sobreprotegida. Dicho esto, el existencialismo de la novela se plantea en pinceladas ligeras dentro de un tono que es predominantemente lúdico y tragicómico: el propio título, que podría interpretarse como un aserto de tintes filosóficos, procede de la frase que aparece en Tinder cuando ya no quedan candidatos que usan la app en el radio elegido: “Ya no hay nadie nuevo cerca de ti”. Me parece una declaración absolutamente demoledora y vigente sobre la mismísima realidad de la vida y de hacerse mayor.

— En la novela el detonante es un crimen violento contra una víctima peruana, pero la trama está salpicada de elementos muy particulares, como ese mosso d’esquadra independentista o el trasfondo de un padre enfermo de alzhéimer. ¿Por qué decidiste meter estos elementos tan específicos y locales dentro de un thriller que aspira a ser universal?

— Lo local es lo que insufla de credibilidad a lo universal, lo que permite que todo un planeta se identifique. Hasta en una ensoñación tan ligera como La guerra de las galaxias, hay una princesa de cuento europeo y un vaquero yanqui del espacio. En mi caso, más allá de pretender la universalidad, lo que quise es llevar el juego de la autoficción a su extremo máximo: a una fantasía fastuosa de género negro de la que Charles Williams, Dashiell Hammett o Mickey Spillane pudieran estar orgullosos, pero protagonizada por mí, por mi padre y por mi entorno social. Eso, además de proporcionar una humanidad tangible, palpable, me permitía establecer unos peones familiares que me resultaba muy divertido manipular. Así, el Hernán Migoya de la historia es un bastardo absoluto, al contrario de la tradición autobiográfica, donde los escritores siempre se retratan como personas intachables, preocupadísimas por el destino del planeta. Yo me río de toda esa hipocresía.

— La novela juega constantemente con el equívoco y con la idea de que en los entornos que consideramos seguros se esconde la peor de las amenazas. ¿Es el título una advertencia real de que el peligro casi nunca es un extraño, sino alguien de nuestro círculo íntimo?

— No, es más bien una conclusión resignada de una persona que ha vivido mucho y muy rápido y está cansada de seguir viva. Es un poco mi caso o incluso el de la novia asesinada del protagonista, detonante de todo ese tiovivo que le tocará recorrer en busca del asesino. 

— Has definido este libro como un thriller de amor, pero un amor real y con aristas oscuras. ¿Dónde trazas la línea entre la pasión romántica y la obsesión criminal a la hora de perfilar la psicología de tus personajes?

— La obsesión criminal tiene más que ver con una psicología perturbada que con un desarrollo natural de cualquier relación. Sí, me interesaba plantear la paradoja entre el amor pasional y la estabilidad amorosa o amor de pareja. Mi protagonista se siente cómodo peleándose y desgañitándose por investigar y averiguar quién mató a su novia, a la que amaba locamente. Eso sabe hacerlo y en nombre de ese amor pasional truncado puede llegar hasta el final del asunto. Sin embargo, tener que soportar una relación estable durante años, que implica la conversión de ese amor pasional en uno sereno y duradero, le habría resultado imposible. Habría naufragado irremisiblemente.

— Llevas ya más de una década afincado en Lima. Muchos escritores hispanoamericanos viajaban históricamente a Europa para consagrarse, pero tú hiciste el camino inverso. ¿Qué encontraste en la realidad peruana, a nivel de caos, mística o vitalidad, que la España actual ya no te ofrecía como narrador?

— Llegó un día en que me aburrí de vivir en España. Me aburría levantarme cada día para ver a mis amigos peleándose entre sí por abstracciones, por lo que ellos consideran ser de derechas o de izquierdas, o españolistas frente a independentistas. Esa rutina absurda, y para mí absolutamente irrelevante, me llevó al hartazgo. No quería contribuir a esa espiral infinita, que tiene que ver con el atavismo nacional, arraigado profundamente en el odio a sí mismo. En Perú no hay nada garantizado, no te puedes jubilar nunca, la sanidad es un desastre y el Estado casi inexistente. Tienes que tomarte la vida día a día y tus sentidos están mucho más despiertos, no están aletargados como en Europa. La vida está en Perú. Además, resido en un barrio popular de Lima que estética y vivencialmente es como volver a mi pueblo español de los años 70. Hay afilador, cantantes y vendedores ambulantes, solares vacíos, bodegas, quioscos y tiendas pequeñas, coches oxidados aún circulando que parecen salidos de Mad Max... El tiempo está detenido aquí y me hace volver a sentir que soy un niño. Y por tanto, feliz.

— Publicar este último libro con el Fondo de Cultura Económica del Perú es una declaración de intenciones. ¿Cómo se gestiona el choque cultural y lingüístico al escribir pensando a la vez en el lector que te sigue desde Barcelona o Madrid y en el público peruano que te lee desde Barranco o Miraflores?

— A veces pienso que el público hispanoamericano va a entender mejor mi análisis de la vida española. Creo que para un lector español, el humor negro que recorre la novela puede resultar hoy día chocante y hasta indignante, porque va contra todo lo aconsejable en términos de respetabilidad cultural: el narrador se burla de todo, incluido la policía, las minorías (y mayorías) sexuales o los reductos de la cultura friqui. Yo me dejé de sentir friqui cuando los friquis declararon que ya no podíamos reírnos de nosotros mismos. Creo que hace tiempo que en la literatura española no se publica un libro tan salvajemente libre en su manera de reír. Pero en Perú y en gran parte de Latinoamérica, la gente todavía sabe reír sin miedo. Así que mi novela les va a resultar completamente natural y familiar.

— Has adelantado que la secuela de esta novela se desarrollará íntegramente en Perú. ¿Se ha convertido ya Latinoamérica en tu escenario literario definitivo o sigues guardando deudas pendientes con la geografía de tu Ponferrada natal o de la Cataluña de tu juventud? 

— Creo que, en efecto, mi propio recorrido vital está cada vez más circunscrito al Perú y a la vida sudamericana, mucho más relajada y sensual que la norteamericana o la europea. Pero uno nunca sabe qué tema o motivo musical le va a llamar la atención para vertebrar un nuevo proyecto literario. Lo que queda de mi origen es el humor: el humor tan cruel y brutal es mi herencia de El Bierzo. Pero sí, la secuela de Nadie nuevo cerca de ti se desarrollará en Lima. Tengo tantas vivencias relacionadas con la corrupción cotidiana o la violencia en la calle que esta vez el lector español quedará asombrado y pensará que eso descrito es imposible que haya sucedido. Titularé esta secuela El unito. Fue lo que me llamó una señora de la limpieza en mi casa cuando le conté que (en ese entonces) era un maduro soltero y sin hijos: "Ah, es usted un unito”, me dijo. Esa capacidad peruana de aplicar el diminutivo a todo y convertir una palabra tan aséptica como uno en una ternura verbal me derritió el corazón. 

— Desde el mítico y polémico ‘Todas putas’ hasta hoy, tu nombre ha arrastrado etiquetas de todo tipo. ¿Sientes que el lector actual se acerca a tus libros libre de prejuicios, o todavía tienes que pelear contra tu propio mito?

— No tengo que pelear contra nada porque, sencillamente, en España nadie me lee.

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