«La historia desprovista de subjetivismo es una historia incompleta»
La historia de ‘Una familia ejemplar’ expone la intimidad de la familia Araoz Serrador, cuyo tránsito a lo largo del último cuarto del siglo XX, revelará las disputas, miedos, y las verdades comprometedoras que todos tratamos de esconder

Nidia Beltramo en su residencia de El Bierzo
Su novela Una familia ejemplar se alzó el año pasado con el premio al Libro del Año en la gala de literatura bercana Enrique Gil y Carrasco. La obra traza la historia de de cuatro etapas en la vida de una fmailia, cada una de ellas enmarcada por sucesos definitorios en la historia reciente de Argentina. Un año antes presentaba Ciento ochenta días, una novela que profundiza en las relaciones sociales entre personas de distintos ámbitos culturales, en las formas de enfrentarse al día a día de cada uno de ellos y en la necesidad de mantener la propia personalidad aún a sabiendas de las posibles consecuencias. Ambas reflejan la calidad literaria de una contadora argentina que ha hecho del Bierzo su crisol para la creación artística.
— El título, Una familia ejemplar, parece contener una cierta ironía. ¿Qué significa para ti esa palabra, «ejemplar», cuando se aplica a una familia?
— Ejemplar me suena como palabra algo vieja, de los tiempos en que era importante dar «un buen ejemplo». Quizás no es el adjetivo el que cayó en desuso, sino la necesidad y preocupación de proyectar al mundo una imagen intachable. Sí que era importante en los años (no tan lejanos) en que se desarrolla la novela. El título Una familia ejemplar está cargado de ironía: la familia retratada en la novela está lejos de ser ejemplar.
— ¿Qué había detrás de esa primera intuición: una historia familiar, un recuerdo, un personaje o quizá una época de Argentina que necesitaba volver a mirar?
— La intención inicial era contar una historia familiar compleja. Creí que podía desarrollarse en cualquier lugar ya que la mayoría de los seres humanos, exceptuando diferencias por el entorno y las culturas, nos parecemos en lo más importante: querer vivir en paz, amar, ser amados... Elegí Argentina como marco porque es una realidad que conozco y puedo transmitir con la perspectiva de quien la ha vivido.
— La novela transcurre en cuatro momentos decisivos de la historia argentina. ¿Querías contar la historia de un país a través de una familia o contar una familia condicionada por la historia de su país?
— Quería contar la historia de una familia ficticia y el marco histórico y ambiental lo concebí como los telones del teatro, que aportan al escenario en donde se desarrolla la acción. Me sorprendió que algunos lectores otorgan a la historia del país un protagonismo que no anticipé. Quienes escribimos lo hacemos desde un lugar y una realidad muy personales, y los lectores leen desde su espacio, a través de su propio filtro. Mil ojos, mil lecturas. Quizás ese interés no me hubiera sorprendido tanto si hubiesen sido lectores argentinos, pero son lectores españoles, conocedores de esos hechos históricos pero que, en su mayoría, no los sufrieron en carne propia.
— 1974, 1978, 1982 y 1986 son años muy diferentes entre sí. ¿Qué buscabas al colocar a sus personajes frente a esos cuatro momentos históricos?
— Los cuatro años elegidos para desarrollar las cuatro partes de la novela trajeron eventos, o dieron comienzo a épocas, muy dispares. La atención de la familia se centra en sus problemas internos, pero no es ajena a la realidad «mayor», nadie puede ignorar hechos relevantes que ocurren fuera de los confines de su casa y afectan a todos.
— En 1978 Argentina vive la euforia del Mundial; cuatro años después llega la guerra de las Malvinas. ¿Cómo cambia la intimidad de una sociedad cuando pasa de la celebración colectiva al desconcierto y al dolor?
— Durante mi adolescencia se había puesto de moda el adjetivo ciclotímico, que si bien su uso en psiquiatría y psicología se remonta a fechas anteriores, a nivel coloquial se comenzó a utilizar en Argentina para describir los cambios abruptos de ánimo. Esa euforia de sentirse en la gloria para luego descender a los valles de la tristeza y el desasosiego. De ser los mejores a ser un desastre, una variación de ánimo que creía argentina al no haber vivido en otros países.
— ¿Hasta qué punto la historia política puede entrar en una casa y modificar la vida de quienes viven dentro?
— Es imposible abstraerse de la realidad circundante. Quizás es posible, pero no recomendable, necesitamos saber qué sucede a nuestro alrededor, a menos que se quiera renunciar a la vida en sociedad y alejarse para vivir, y morir, en la cima de una montaña o la profundidad del bosque. Aunque la atención de la familia está centrada en los problemas internos, lo de afuera se mete adentro. Al encender el televisor, al salir a la calle y encontrar una manifestación, al ir de compras y comprobar los estragos de la inflación... Son temas que se cuelan en las conversaciones familiares, adquieren protagonismo y polarizan a sus miembros.
— La novela permite acercarse a acontecimientos históricos desde las emociones de quienes los vivieron. ¿Qué puede aportar la literatura a la memoria que no aporta un libro de historia?
— Exigimos imparcialidad a los historiadores, pero la historia desprovista de subjetivismo es incompleta. Por ejemplo, de la guerra de las Malvinas se suelen comentar los pormenores bélicos en el archipiélago y el mar austral, pero en Buenos Aires, en las ciudades, a miles de kilómetros de distancia, se libraba una batalla ideológica entre quienes apoyaban la invasión argentina para corregir una injusticia histórica, y quienes opinaban que nunca se debió abandonar la vía diplomática. Puntos de vista irreconciliables que produjeron grietas que no siempre es posible enmendar.
— ¿Existe una responsabilidad especial cuando se escribe sobre episodios tan dolorosos como la dictadura, la guerra de Malvinas o la violación de los derechos humanos?
— Muchos escritores parten de hechos históricos para novelarlos, y algunos lectores confunden esa ficción con realidad. Lo mismo sucede con películas o series de televisión. Creo que se debería aclarar cuando se ficciona la historia, aunque ello no impediría que esa ficción eche raíces en la cabeza del lector. En Una familia ejemplar me mantuve fiel a los datos históricos, son los personajes quienes opinan y discuten y, a través de esa dinámica, el lector tiene acceso a los distintos puntos de vista. Todos tenemos opiniones, a veces muy tajantes, pero la mayoría de las historias pueden ser contadas de varias maneras, y no todo es completamente blanco o negro.
— Naciste en Buenos Aires, viviste también en Estados Unidos y terminaste vinculada al Bierzo. ¿Cuánto de esa experiencia de desplazamiento, de vivir entre lugares, está presente en tu literatura? —Tomar distancia es indispensable para reacomodar tu pensamiento y contemplar la realidad en que estabas inmersa desde nuevas perspectivas. Estoy condicionada por mis experiencias, y sin duda mi escritura sería otra si no hubiera salido de Argentina, si no hubiera vivido en California y si no hubiera recalado en el Bierzo.
— Uno de los aspectos más interesantes de la novela es que el lector puede entrar en los pensamientos de los personajes. ¿Por qué necesitabas mostrar aquello que ellos no dicen?
— Esta es una historia familiar de secretos y ocultamientos. Era necesario que el lector tuviera acceso a los pensamientos de los personajes, porque no siempre se dice toda la verdad cuando hablas con alguien, pero lo que pensamos sí refleja lo que creemos es la verdad. De este modo es el lector, y solo el lector, quien al final de la novela puede componer la verdad de la historia familiar, mientras los personajes solo saben lo que ellos experimentaron y lo que los otros les contaron.
— ¿Hay algún personaje al que hayas querido especialmente y otro al que hayas tenido dificultades para comprender? — A los personajes los quieres con sus defectos y virtudes, como si fueran tus hijos. Una vez que los creaste, ellos toman vida y deciden ir por lugares que no habías planeado. Comprendo que esto pueda sonar algo extraño, pero es así como sucede.
— Después de 'Ciento ochenta días', ¿Qué necesitabas hacer de otra manera?
— A diferencia de Ciento ochenta días que está escrito en primera persona con una única protagonista, quería poner en juego muchos personajes, cada uno con distinta voz, y con un narrador externo que describiese sin juzgar ni opinar. Y mientras en mi primera novela me esforcé para que el lector español no tropezara con demasiados americanismos que lo distrajeran de la historia, en Una familia ejemplar utilicé el «español argentino» con el que hablan los personajes. Asumí que si el lector encontraba palabras nuevas las podría deducir a partir del contexto, o buscar en Internet.
— Hay algo aparentemente paradójico en tu trayectoria: una formación vinculada a la física y las matemáticas y una dedicación cada vez mayor a la literatura. ¿Qué tienen en común esos dos mundos?
— Me interesan varias disciplinas y muy dispares, pero se elige un camino y le dedicas toda tu energía. Hay quienes tienen la fortuna de concentrarse en varias cosas a la vez, yo no. La mirada minuciosa requerida en las ciencias exactas la aplico en algo tan distinto como la literatura, y me sirve a la hora de condensar y corregir, aunque no significa que siempre lo consiga.
— ¿Qué buscas cuando te sientas a escribir: respuestas, preguntas, memoria o simplemente una historia?
— Siempre hay historias rondando en mi cabeza, a veces se diluyen, otras se fortalecen y no me dejan hasta ser escritas. Es una necesidad que no puedo explicar y que me brinda momentos de felicidad, aun cuando relato hechos que no son felices. Escribir me ha permitido conocer gente maravillosa, como mis compañeros y amigos de la Asociación Martes Literarios de Bembibre, el Club Petronio de Ponferrada y tantos otros. Es el mejor regalo que me dado la escritura.