Ramón Díez: nueva novela titulada 'Quince'

Ramón Díez, en una imagen de archivo en León.
Llevó la música, y con ella a él mismo, a la sensibilidad extrema de un intérprete y compositor para el que un acorde era la vida. Y encontró en la guitarra el gran instrumento para contarse. Escribir sería parte de ese todo como forma de dar a las canciones un relato. Lo de estar ante un escritor es posterior. Pero tiene en forma y contenido algo que conecta a Ramón Díez desde un punto de vista de creador total. De Café Wha o Los Parsones a su paso por Los Flechazos, bajo, guitarrista, cantante, solista... Si hace cuentas le sale un artista versátil. Publica ahora un libro titulado Quince. Ramón Díez, León (España) 1972, se presenta como músico, escritor y fotógrafo. El cine como toma de contacto. A partir de un guion, cuando las máquinas hacían ruido. Juntar palabras, imaginar imágenes, añadir música, crear diálogos. Para después separar. Compositor, guitarrista y cantante de distintos grupos y estilos. Profesor de música. Escritor de guiones, relatos, canciones, cuentos y una novela corta, listas de la compra, listas de cosas por hacer y de cosas hechas. Buscador de ideas y de detalles visuales. Fijos y en movimiento.
—¿Qué es ‘Quince’?
—Quince es, básicamente, una historia de amistad entre un adolescente y un psiquiatra. El tiempo enorme, casi detenido, que sufre la adolescencia, y que altera la vida rápida, monótona, supuesta y encasillada del amigo psiquiatra. Un libro a dos voces. Dos narradores que van encontrando una sola voz.
—¿Cómo se aventura en este libro? Después de lo que ha escrito ya, ¿andaba indagando otros temas o territorios o era seguir por donde no había llegado?
—Al principio fue una idea, esas chispas que todos tenemos cuando la cabeza da vueltas, que se deja aparcada pero que no se olvida. Al final, uno sabe que los aparcamientos se van vaciando, pero que lo que no se ha sacado de allí puede o debe ser algo en lo que fijarse con más atención. Este es el caso de Quince.
—Igual esta pregunta explica las dos cosas... ¿Tiene alguna dinámica o rutina para escribir?
—Creo en la disciplina, en el trabajo, en la constancia. Hay días buenos y hay días malos, pero tienes que estar ahí, escribiendo. Y escribir no es solo sentarse delante del ordenador o del papel; es caminar, escuchar, levantar la vista, bajarla, acercarse diagonalmente al sitio recto, o ir recto al lugar al que debes llegar aunque esté minado, o aunque exista un acantilado en el medio.
—¿En sus relatos qué es más importante: la verdad, o sea la experiencia, o la ficción?
—Es curioso. Últimamente pienso en que no existe una gran diferencia entre realidad y ficción. Todos sabemos lo que es una puerta, pero alguien inventó esa palabra para que todos sepamos que lo es. Desde lo que sabemos, desde la supuesta realidad, ¿inventamos?, o le ponemos nombre para no volvernos locos… ¿Quién decide si un loco está loco o no lo está?, ¿un supuesto cuerdo?
—Cuando un músico escribe, ¿se siente cierta liberación? O son cosas diferentes…
—Para mí, escribir tiene cierta musicalidad, cierto ritmo; pero esto no lo digo yo, todos los escritores que he leído y me gustan —y los que no, imagino que también— lo tienen. La literatura y la música se diferencian, claro, sobre todo en la calma que te da la primera. Si estás tocando en directo y te equivocas, no puedes parar y decirle al público que era solo un borrador.
—Escribir libros en octubre del 26, ¿es una cosa anacrónica o necesaria?
—Necesaria, sin duda. Escribir me atrapa, ya no soy yo el que elige. Es cierto que se dice que ahora ya no se lee tanto como antes y que las nuevas generaciones tienen menos poder de concentración, pero siempre habrá alguien que escriba y alguien que lea.
—¿Es de los que escribe sin pensar que haya público o lector? ¿Es así o hay cierto gusanillo por gustar?
—Claro que quiero gustar. Si no, no publicaría. Otra cosa es escribir para «alguien». Cuando escribo lo hago para mí; me tiene que gustar a mí.
—¿Hay un libro total para usted? ¿Uno que recomendaría sí o sí?
—Es muy difícil contestar… hay tantos… Por salirme un poco de los tópicos, voy a decir La tentación del fracaso de Julio Ramón Ribeyro.
—Un buen día escribiendo, cómo es? ¿A qué hora? Música de fondo? ¿Un café? ¿Cuánto tiempo?
—Siempre intento mantener una rutina: levantarme pronto, un café, dos, tres… nada de música. Pero, realmente, en un buen día escribiendo (desgraciadamente no ocurre muy a menudo) pierdo la noción del tiempo.