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ALFONSO GARCÍA
León

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as esculturas tienen, a mi juicio, una indudable proyección y repercusión social. Bajo diferentes ópticas, sin excluir, claro, aquellas que, por diversos motivos, sirven para que algunos las destruyan o las embadurnen, simplemente porque no están de acuerdo con su propio simbolismo o por puro y simple gamberrismo. Ocurre, en este último caso, con las breas con que alguien ha embadurnado las rodillas de esta pareja (

La parella

es el título de la obra de Lantaro Díaz) que está a la consideración pública en el Puerto de Barcelona. Pero son precisamente los pezones de la fémina los más desgastados: me cuentan que por el hecho de que también en este caso tiene cierto sentido el rito de la fertilidad y su raíz mítica de petición y deseo. Vaya usted a saber, que las actitudes colectivas casi siempre responden a comportamientos de difícil explicación. El asunto, bajo el mismo sentido interpretativo, tiene un valor paradigmático en Cartagena de Indias (Colombia): a la famosa

Gertrudis

de Botero han debido reponerle tales

apéndices

femeninos en no pocas ocasiones. Cuentan que la escultura del reconocido artista es una especie de

meca

a la que peregrinan cientos y cientos de personas convencidas de que el gesto los haré felizmente fértiles. Lo que significa, y es conveniente subrayarlo, que bajo las apariencias, y no pocas acusaciones, de erotismo escultórico se esconden también esperanzas humanas que trascienden ese sentido inicial y primario.

No hace falta salir de nuestros límites geográficos.

La Negrilla

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de Amancio González, que ocupaba hasta hace poco un céntrica plaza leonesa -“parece próxima su nueva presencia- superaba los límites de lo estético para convertirse en ritual del mismo signo. Parece una paradoja de nuestros tiempos, tan aparentemente racionales y científicos, en los que, sin embargo, el recurso a la irracionalidad -“la esperanza nunca pone trabas a los métodos- es un valor en alza. Las cosas son como son.