«Ayer se fue, mañana no ha llegado; hoy se está yendo sin parar un punto»
emos llegado a diciembre, y, con él, al último mes del año. Acaba, pues, la serie
Los años y los meses
que Nicolás Miñambres ha ofrecido a nuestros lectores a lo largo de este año que acaba. Acaso estas páginas no sean más que
Recuerdos del tiempo viejo.
Son, si acaso, una forma ilusoria de recuperar no viejos demonios sino ángeles sutiles de una infancia rural. Dura en tiempos de posguerra, el paso del tiempo ha suavizado sus perfiles y perfilado sus aristas. Erizada de abrojos entonces, el recuerdo la ha transformado en una suerte de íntimo
locus amoenus.
Quizá porque «dondequiera que haya niños, existe una edad de oro».
Tal vez, para algún lector, estas páginas hayan sido un mínimo pretexto para revivir ciertos momentos con honda nostalgia. O, acaso, para rescatar vivencias cubiertas por el polvo del olvido.
«El trabajo sobre los meses ha seguido un camino a veces tortuoso, pero siempre feliz -“afirma Nicolás Miñambres-. En su recorrido el autor ha contado con ayudas inestimables, que nunca podrá agradecer en su justa medida: los libros y los hombres. Nada son los apoyos bibliográficos sin las aportaciones de los amigos. Son múltiples los nombres, pero el autor quiere señalar con admiración y gratitud uno en especial: Vicente Martínez Encinas, hombre sabio de las tierras de Grajal. A sus aportaciones vitales y paremiológicas, deben mucho estos textos».
El inexorable paso del tiempo pone a todos en su sitio. En lontananza, se percibe el relevo que el destino presenta al mes de diciembre: «En pos de éste estava uno de dos cabeças». El eterno desfile de los meses hace de ese tiempo una realidad cruel en ocasiones. Es la condición inaprehensible del
tempus fugit.
Poco más que la crónica de esa impotencia esconden estas páginas.