H. R. Romero Flores, entre hoces y espadones
omero Flores llegó en 1930 al Instituto «Padre Isla» de León. Provenía del de Lugo, con los títulos de doctor en letras y catedrático de Psicología, Lógica, Ética y Rudimentos de Derecho, para cubrir la vacante docente de José Gaos. Pronto se relacionará con lo más selecto de la intelectualidad capitalina: los González Chamorro, González de Lama, Vela Zanetti, Domínguez Berrueta, Manuel Santamaría, Joaquín Heredia, Eguiagaray Pallarés, Leopoldo Panero, Linacero, Marasa, Crémer, etc. Su inquietud cultural y preocupación social fuera de las aulas le condujo hacia el Ateneo Obrero Leonés, del que fue presidente y director de la revista del mismo nombre, teniendo como secretario a Victoriano Crémer. En León permaneció seis años que fueron la mayor parte de ellos de convivencia feliz. La urbe entre el Bernesga y el Torío, que apenas llegaba entonces a las treinta y cinco mil almas, «tenía ese curso lento y apacible de las cosas que permitía enterarse de todo lo que sucede en el resto del país y poder practicar a diario la lectura, el paseo y la conversación». Si a esto se añade que el ciudadano puede disfrutar de una catedral, «que sonríe constantemente sobre la ciudad con su talle gentil de mocita mañanera», se llegará a la conclusión de que, para el ciudadano reflexivo, España estaba más cerca que otros lugares de mayor concurrencia, donde la falta de perspectiva y el torbellino de los acontecimientos no permiten enterarse de lo que ocurre alrededor. Romero Flores disponía, pues, del ambiente y marco propicio para la meditación, ello explica que escribiese en León lo más florido de su producción ensayística (
Reflexiones sobre el alma y el cuerpo de la España actual
, 1933;
Perfil moral de nuestra hora
, 1935; y
Estudio psicológico sobre Lope de Vega
(1936), obras hoy absoluta e injustamente olvidadas en las que, a través de un verbo ágil y brillante, late un conocimiento profundo de la realidad española, en especial del instante previo al más amargo de su historia reciente.
Pese a que, como su maestro Ortega y Gasset, no compartía algunas de las medidas emprendidas por la Segunda República, Romero Flores estaba convencido que el nuevo régimen político surgido del hundimiento de la monarquía, era la fórmula ideal para sacar a España de su ancestral injusticia social y atraso económico. De las tres vías del socialismo anterior a la Guerra Civil: la de carácter templado, representado por un Julián Besteiro con aire de lord inglés; la más avanzada, pero sin revolución violenta del orondo Indalecio Prieto; y la revolucionaria más próxima al comunismo del perspicaz Largo Caballero; Romero Flores se va decantando con la madurez hacia el tono sereno, justo, equilibrado y generoso del primero. No en vano Besteiro será el orientador de su tesis doctoral. Ya sabemos el triste sino de Besteiro. ¿Y el de Romero Flores?
Pronosticó la catástrofe
El sosiego reflexivo orientado hacia un sincretismo entre ética y estética, tan del gusto de Romero Flores, se verá truncado el 18 de julio de 1936. A partir de esa fecha crucial de nuestra historia, millones de españoles enloquecidos y llenos de entusiasmo patriótico no tendrán mayor quehacer que el de matarse unos a otros. En su segundo libro, con intuición y clarividencia Romero Flores había pronosticado la catástrofe, evidenciando unos meses antes de que se produjese la imposible neutralidad del ser, esto es, su propia imposibilidad personal entre dos extremos llenos de odio y dispuestos a recíproca aniquilación: «La pugna está planteada entre dos antagonismos de tipo extremista, que son los que, según todos los síntomas, han de reñir la batalla decisiva tarde o temprano (...). Los partidos políticos y las personas que caigan en el medio de la línea cuyos límites cromáticos son el blanco y el negro, quedarán desplazados, porque una vez más nuestro sino histórico parece que se complace en imprimir al hombre hispano una forma de actuación violenta, extremosa y convulsiva, enemiga del matiz y la gradación.¿Desembocaremos en Rusia o en Italia? ¿Opresión bolchevique o tiranía fascista? Quizá no tardemos en verlo. Entretanto, preparémonos a seguir estando tan mal gobernados como siempre, sea blanca o negra la solución que el próximo futuro nos depare».
La persona de Romero Flores pronto se verá envuelta en la vorágine, de la que sólo se hubiera librado por exilio voluntario. La primera medida represiva y arbitraria de los insurgentes contra él será apartarle de la práctica docente, con suspensión de empleo y sueldo. Luego será detenido, encarcelado y obligado a responder a «graves delitos» que figuran como cargos en los expedientes de depuración de la enseñanza y de incautación de bienes por «responsabilidades políticas», a saber

ponga el lector las admiraciones que quisiere

: «afiliado a Izquierda Republicana»; «amistad con Azaña»; «seguir las orientaciones racionalistas de la filosofía de Kant»; «presidente y colaborador del Ateneo Obrero Leonés, entidad marxista»; «difusión en clase, por radio y en charlas en el Ateneo, de ideas blasfemas contra la doctrina católica»; «afiliado a la Asociación de Trabajadores de la Enseñanza»; «asiduo visitante del «Taller Simbólico» que la masonería tenía establecido en la Biblioteca Azcárate»; «defensa de la escuela única»; «acudir a visitar con frecuencia al comandante Sr. Puente [Baamonde, primo de Franco, pero sin «h» intercalada], retenido en el Aeródromo de La Virgen del Camino y condenado a muerte por su intervención en los sucesos de octubre de 1934»; «haber ostentado el cargo de Gobernador Civil interino de Huelva (1934) y de León (1936)».
«-¦ y es violenta y feroz su
borrachera»
Fue inútil q
ue Romero Flores justificara su proceder, o desmintiera con contundencia y elegancia las acusaciones producto de delaciones anónimas o informes tendenciosos. El párroco de la iglesia de San Marcelo dirá en su informe del 9/1/1937: «no cumple ninguno de sus deberes religiosos; del frente popular; de ideas extremistas». Muy otro será el dictamen del padre Cipriano Asensio Barroso, director y profesor de filosofía del Colegio de los PP. Agustinos de León, escrito y enviado dos semanas más tarde [obligado es decir que el padre Cipriano era hermano del obispo de Barbastro, al que cuatro meses antes habían asesinado bárbaramente milicianos incontrolados]: «...he podido observar que, en su actuación en las aulas del Instituto, se concretó a explicar las asignaturas sin mezclarse en asuntos políticos, ni aun en el tiempo que estuvo al frente del Gobierno Civil de la Provincia». Hipólito continuó en prisión como detenido gubernativo, sin estar sujeto a proceso alguno, y en esa situación podía haber seguido varios años. Por fortuna, la estancia de Romero Flores en San Marcos será breve. De su paso sabe bastante Crémer, que fue compañero de celda y así lo consigna en sus libros. Una orden de traslado a la cárcel de Valladolid, emanada del Ministerio de Orden Público que regentaba el ya septuagenario general Severiano Martínez Anido

hombre sobre el que pesaba una dura leyenda represiva, pero que en honor a la verdad se comportó en esa hora trágica como el hombre más humano y sensible de cuantos integraron el primer Gobierno de Franco

le librará de una posible ejecución, de la que no podrá zafarse, entre otros muchos, su amigo y compañero de celda Joaquín Heredia, como tampoco el colega de instituto Manuel Santamaría. Hipólito dedicará al primero los siguientes versos inéditos bajo el título «
Noviembre, 1936»
: «21 de noviembre: fecha artera. / San Marcos de León. Otoño fino. / Mi patria está borracha de mal de vino / y es violenta y feroz su borrachera. / Sala 5. Una reja a la ribera / y dentro, forcejeando con su sino / cien hombres en montón, cuyo destino / es burlar los zarpazos de la fiera. / Son las 6 de la tarde: la hora incierta / de augurios y terror. Se abre la puerta. /

¿Joaquín Heredia?

grita un pobre ser. / Heredia calla, duda, palidece... / (En San Marcos y en mi ánima anochece / y en España comienza a amanecer».
El 18 de mayo de 1937 se decreta contra Hipólito el embargo preventivo de bienes, pues «el mencionado señor es de ideas francamente izquierdistas». Todo el mobiliario es tasado en 2.400 pesetas, y se le intervienen también cuantos ahorros posee en sendas cartillas de ahorro. Para el desembargo se fija una responsabilidad civil de 3.000 pesetas, autorizando el pago aplazado, siempre y cuando la amortización no exceda de cuatro años. Gracias a la fianza personal del industrial textil leonés Andrés Edo Porcar, Romero Flores volverá a disponer libremente de sus bienes.
Hasta finales de l937 Hipólito no recobrará la libertad, si bien continúa expedientado como presunto afiliado a la masonería, del que a la postre resultará sobreseído. Entre unas cosas y otras, no podrá retornar a su cátedra de Filosofía hasta 1947, y lo será a la del Instituto «Jorge Manrique» de Palencia, por negársele la vacante correspondiente del Instituto femenino de Valladolid. Mientras tanto, domiciliado en Fuente Dorada nº 2 de la capital vallisoletana, ha de ganarse la vida dando clases en el Centro de Estudios Minerva y como empleado en la Oficina de la 5ª Inspección Principal de la Compañía de Ferrocarriles del Norte, de la que había sido destituido cuando fue detenido el 16 de septiembre de 1936. Colabora en diversas revistas, especialmente en la
Revista de Ideas Estéticas
, fundada por su amigo entrañable, el catedrático de Estética de la Universidad de Barcelona, Francisco Mirabent Vilaplana, con quien mantendrá una sustanciosa correspondencia. En una de las cartas, fechada en Valladolid el 12 de diciembre de 1951, cuenta a Mirabent que su amigo Leopoldo Panero le pidió para la revista
Correo Literario
de
ABC
un artículo sobre el existencialismo, en el que Hipólito establece con carácter informativo las vertientes e hijuelas de esa corriente filosófica de moda. Al poco tiempo, Panero le envió las galeradas de imprenta con el sello de «prohibido» y una sucinta explicación de la oficina censora. El firmante era un Padre que exponía sobre el existencialismo las vulgaridades al uso.
Los últimos libros
Antes de ese incidente, Hipólito había publicado su penúltimo libro,
Unamuno. Notas sobre la vida de un máximo español
(1941), muy recortado por la censura. Las revistas religiosas
Razón y Fe
,
Ciencia Tomista
,
Ecclesia
, entre otras, hicieron amplias reseñas respetuosas, aunque no completamente favorables. Lo único que consiguieron

como la censura de las películas «con reparos» y todo lo que se prohíbe

fue investir al libro de mayor interés y, consecuentemente, agotar su edición en seis meses.
Ecclesia
decía que «libros como el del Sr. Romero Flores no pueden recomendarse más que a lectores formados y poco sugestionables, pues la belleza de su estilo cubre ciertas opiniones sobre Unamuno que no es conveniente recomendar a nuestra juventud sin la correspondiente contrapartida».
Biografía de Sancho Panza, filósofo de la sensatez
(1951) será el último libro de Romero Flores, con aspiraciones a un premio del Consejo de Investigaciones Científicas, pero rechazado por no ser un «puro trabajo de investigación». Posteriormente lo presentará al premio Aedos de biografía; esta vez el éxito le vendrá acompañado de 15.000 pesetas. En principio iba a ser prologado por el maestro Ortega y Gasset, pero los múltiples compromisos y achaques de salud del eminente filósofo se lo impidieron, siendo Julián Marías el que a la postre lo prologará.
Posiblemente, en cualquier otro país más progresista y moderno que retrógrado y visceral, Hipólito Rafael Romero Flores habría sido un verdadero patriarca de la rectitud y del ejemplo, siempre escuchado y respetado por todos, amigos y adversarios. En eso coinciden los testimonios que he recogido de quienes le trataron o fueron sus alumnos. Pero la España de 1936 daba un salto mortal hacia las tinieblas del medioevo sin opción a medias tintas, ensimismada en el trágico dilema entre populares o nacionales, rojos o azules, izquierdas o derechas, hoces o espadones. Vencieron los cruzados de la espada y obligatoriedad de los deberes religiosos, que apenas tuvieron piedad con los vencidos. En el caso de que el triunfo hubiera sido al revés, tal vez hubiese acontecido lo mismo, pero a los que blandían las hoces les asiste, al menos, el beneficio de la duda. Romero Flores fue arbitraria, injusta y cruelmente castigado, sin comulgar con unos ni pastar con los otros. Sus razones y argumentos fueron sistemáticamente desoídos. José María Pemán, uno de los más preclaros portavoces de los triunfadores, decía que «el catecismo o el refranero son más creídos que los profesores de Filosofía, que hablan por argumentos». Pero la tempestad depuradora que se llevó por delante a Romero Flores sí tenía argumento: «limpiar» el país de aquellos que representaban corrientes sociales avanzadas o simples movimientos de opinión democrática y liberal. Además de «glorioso», el «movimiento» era inflexible, pues no daba ninguna otra opción fuera del «estar conmigo o estar contra mí». La neutralidad, o tercera España, fue imposible. «¡A la cárcel con los neutrales!», exclamaba el director del periódico catalán
, un tal Luis de Galinsoga, enchufado de Serrano Súñer y autor de una biografía de Franco titulada
.
Retornemos a la calle Galileo de Madrid. Dentro del sarcófago descansan inéditos un diario, varias obras literarias y un amplio tratado filosófico sobre dos filosofías ante la guerra, la inglesa y la alemana; todo ello dispuesto para la imprenta. La España de los espadones heló el corazón de Romero Flores y colaboró a que contrajese la enfermedad de Charcot. Por su causa, se fueron al traste los proyectos y la propia vida. Su nuera, fallecida este mismo año, me contó que Hipólito estuvo asistido en los últimos momentos por otro de sus buenos e ilustres amigos, Gregorio Marañón, ejemplo también descollante como persona, profesional y humanista, pero de más renombre y completamente reconocido. El riesgo para los muertos no honrados ni reconocidos, como Romero Flores, está en morir una segunda vez.