Diario de León
Publicado por
GUILLERMO VÁZQUEZ
León

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El céfiro que, adentrado el otoño,

tornó a mostrarse hiriente, a provocar algún escalofrío,

se ha fundido en la tierra y el rocío,

que alentaba alboradas en verdes praderías,

quiso hacerse mayor, ser sólo helada.

Las farolas. Las farolas del puente

ensayando silencios, silencios imposibles a las seis de la tarde,

aventurando historias increíbles sólo dos horas antes,

las farolas, testigos imponentes de un futuro

que nunca, nunca, quiso acercarse al pasado.

Las lágrimas, las lágrimas de hielo,

los témpanos translúcidos, espejos de frecuentes caídas,

carámbanos colgantes de perfiles celestes subidos al alero,

recuerdos de mañanas en que el azul del cielo es infinito,

las lágrimas del frío que llora aquellos días del invierno.

El cuerpo impermeable de los pájaros,

el humo de los robles que acecina las carnes y cura las matanzas,

la ilusión de aquel día que se nos fue entre cárcavas,

las hoces recorridas en la asombrosa sombra de la umbría,

san Martín en los altos da paso a san Andrés por las esquinas.

Ya el manto del armiño reposa en el regazo de mi tierra,

ya, en lontananza, se me figura el campo nidio,

ya pronto cabalgan huracanes ansiosos sobre el aire,

ventiscas encendidas, noches de filandón

que nos descubren inesperados encuentros entre brumas.

Ingrávidos suspiros, sugerentes

llamadas a la razón y al desvarío, aquéllas

que suscriben en la margen del río espectáculos nuevos,

pasiones encendidas, manos gélidas que calientan tus muslos,

en mis sueños nocturnos, tiritando.

Noches de oscuridad, ramas sin hojas

que transmitan rumores por el aire, que envíen mensajes sin cifrar

por la angostura del Caño Viejo arriba;

noches de oscuridad, calma sin tempestad,

voces perdidas entre las aguas alborotadas del Bernesga

con el postrer latido del año que termina.

¿Se ha ido el espíritu? Rascando las crestas de los picos

juega el viento a ulular distrayendo los malos pensamientos.

Sobre el blanco satén los raíles simulan paralelas

que convergen en tierras más lejanas,

las tierras que nos llaman con su imán del futuro.

Al clarear el día, desde la carretera,

la soledad invade el paseo de Salinas; el puente

es dibujado por una silueta cautelosa que orienta su pasión

siguiendo el son de la sirena de la fábrica. El humo

de tantas chimeneas se eleva hasta fundir su afán de cielo.

¿Aún hay niños que esperen, inquietos,

entre el bullicio de la calle y el parpadeo de las antorchas,

a los magos de oriente? ¿Aún hay alegría?

¿Aún puede percibirse la agonía

de los días crecientes, cuando la juventud se ha ido a buscar el futuro,

tras las fiestas?

Y esas tardes que fueran decadentes,

esas tardes sin fondo, sin rosarios, sin luz apenas,

sin tiempo referente, que a lo largo de enero y de febrero

esperan el calor del sol naciente, para bien respirar la primavera,

¿han sido suficientes

para vivir, por fin, por vez primera?

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