Diario de León

Visión literaria de una educación sentimental

Publicado por
NICOLÁS MIÑAMBRES
León

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Es sabido que la obra de Manuel Vicent se nutre en buena medida de la vida personal, más que de la propia autobiografía. Tanto el sustrato de sus cientos de artículos, como el de sus novelas, es el terreno de las vivencias del escritor, recuperadas de una forma selectiva; sublimando el machadiano «la carga bruta que el recuerdo lleva». Es por ello por lo que lo narrado se erige en símbolo universal y polisémico.

En León de ojos verdes no se rompe esta perspectiva vital. Manuel, protagonista y narrador de la novela, despierta a la vida pero, sobre todo, despierta a la creación literaria y al amor. Obligado a cumplir con un amargo deber (cuidar a su tío Benjamín, un enfermo exigente y maniático, residente en el hotel Voramar), Manuel tiene la oportunidad de adentrarse en el mundo de la creación: «ensayar mis propias armas de escritor en un cuaderno de tapas negras». Se convierte así en epicentro de un grupo humano adulto, sometido a la esclavitud de sus miserias y al consuelo de sus recuerdos. Todo ocurre en el verano de 1953, en el hotel Voramar, donde un director francés está rodando una película ambientada en la etapa de entreguerras. La belleza turbadora de una joven Brigitte Bardot revoluciona este clima decadente y nostálgico.

El tiempo de León de ojos verdes es tiempo convulso, germen de desasosiego, pero también de sorpresa para este adolescente que se afana por ser escritor. El magisterio del doctor Aymerich, un médico librepensador y humanista, colabora al milagro de la creación y al descubrimiento del mar. Su recomendación de que lea El extranjero de Albert Camus transforma la vida del protagonista: «y comencé a descubrir el Mediterráneo, que tenía a unos pasos ante los ojos desde niño y que yo ni siquiera sospechaba que existía» (p.121). El mar será para el joven escritor «una forma de libertad» o -“confiesa en otro momento- «una pulsión moral sin Dios», que se le hará patente en viaje con el coronel Alberto Morata, obsesionado con la actriz francesa. Manuel comparte, participa de ese gusto, pero advierte: «Le confesé que (-¦) estaba enamorado de una niña paralítica de la montaña mágica, que se llamaba Lydia» (p.146). De esta forma se integran los cuatro elementos esenciales de la obra: la creación literaria, la visión del paisaje marino, el amor y los recuerdos. Frente a la visión del romántico cosmopolitismo del pasado de Paula Jaramillo y Gabriel Casamediano, el amor presente de Manuel y Lydia, la niña enferma, es de una delicadeza sublime.

La novela se desarrolla simultáneamente con la filmación de la película francesa. Todo termina: el cine, el verano, la vida. Y, tal vez, el amor, pero aún hay tiempo para la esperanza, como se observa en la estremecedora dedicatoria escrita por Lydia en su foto. La obra finaliza en su condición de novela de aprendizaje: «Muchas cosas aprendí aquel verano de 1953», observa el narrador, mientras, sorprendido, confiesa al doctor Aymerich: «-Doctor, el león de escayola amaneció esta mañana con los ojos verdes». La respuesta del viejo republicano es la esperable. Se ha cumplido un nuevo ciclo vital. Ese espacio cronológico y humano del que se ha servido Manuel Vicent para elaborar otra sugestiva parábola de una educación sentimental.

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