Buenaventura, el Indiano
A lgunos parroquianos de la cantina del Cabreirés juegan al dominó, otros a las cartas y unos pocos charlan. Están a gusto porque es sábado y porque la estufa mantiene una buena temperatura en el local. En la calle, un halo grisáceo rodea la luna. Hiela.
- El Indiano sí que hizo las américas. ¡Ahí lo tienes viviendo de las rentas! No como algunos que estuvieron cuatro años en La Argentina y no ganaron ni para los viajes -“dijo Leoncio, mirando de reojo a Ramiro.
- Tuvo más suerte que yo -“dijo éste.
- ¡Suerte! -“saltó Buenaventura-. ¡Mi trabajo y mis sufrimientos me costaron!
Leoncio sabía que e l Indiano era de pocas palabras, así que para tirarle de la lengua y con el objeto de que les contara sus andanzas en Cuba y Venezuela, nunca lo había hecho y llevaba dos años ya en Bembibre, le dijo al cantinero que le llenara la copa. Esperó a que echara un trago y lanzó el anzuelo.
- ¿Tú fuiste de la misma quinta que mi tío Pascual? ¿No? -“le preguntó lo que él ya tenía olvidado.
- Sí. La de 1896.
- ¿Sabías que murió luchando contra los separatistas filipinos, seis meses después de que España firmara la paz con los yanquis?
- Sí. Lo mataron los tagalos en la iglesia de Baler, en la isla de Luzón.
- ¡A propósito! ¿A que Florencio, el Meruéndano de Viñales, estuvo contigo en Cuba?
- Sí. Y el Tuérgano de La Ribera, Miguelón de Mojasacos, el Raposo y Tiralejos de Socuello y uno de Matachana de cuyo nombre no me acuerdo.
Ya picó -pensó Leoncio, guiñándole a hurtadillas el ojo al Maestro.
- En Cuba, los soldados españoles, cayeron como mosques -“dijo Pajares , inclinando la petaca de picadura sobre la palma de la mano. El aire que se escapaba por los huecos que habían dejado algunos dientes perdidos, agitaba el papel de fumar que tenía pegado por una esquina en su labio inferior.
- No le quepa la menor duda -“don Vitalino que captó la seña, le apoyó. Hizo una pausa y, con un tono magistral, añadió-“: Es más, creo que el señor Buenaventura tuvo mucha suerte al salir de aquel avispero vivo.
- A veces pienso que hubiera sido mejor haber muerto antes que pasar por lo que pasé - el Indiano cogió la copita, bebió otro sorbo de orujo, lo paladeó, chascó la lengua, carraspeó y ya lanzado continuó diciendo-“. Después de un corto período de instrucción en Astorga, nos llevaron en tren a La Coruña y allí embarcamos. Cruzamos el charco en cuatro transportes de la Armada. A Miguelón y a mí nos tocó «El Catalá»-¦ Venían en él unos cuantos catalanes, algunos debieron espantar la melopea cuando desembarcamos en La Habana. Qué paliza nos dieron. Todo el viaje cantando la misma canción. Cuando la dejaban unos la cogían otros. Aún resuena en mi cabeza-¦ es el Catalá, el millor barco de guerre de la flota de ultramar, visca el Catalá, visca el Catalá-¦ canturreó. A los demás les tocó Santiago. Se habían producido revueltas independentistas en la Isla y nos mandaron a reforzar las guarniciones de la colonia. Llevábamos un mes allí, cuando los Cambises, unos cuantos negros zumbones y otros tantos mulatos y campesinos llamados guajiros, se levantaron en armas en un pueblecito al norte de Santiago. Estaban dirigidos por Martí, Maceo, Máximo Gómez, Félix García y otros. Pocos días después recibimos una carta del Tuérgano . Venía abierta y con párrafos tachados... censurados. Nos decía que en mayo, su compañía se había enfrentado a los separatistas en Dos Ríos, que el combate había sido una carnicería, que en ambos bandos hubo muchos muertos y entre ellos el Meruéndano . Lo habían acribillado a balazos después de que éste atravesara con su bayoneta el pecho de Martí -tomó otro sorbito de aguardiente y continuó-. Tras la muerte del poeta asumió el mando Maceo. Un sanguinario hijo de mala madre que siguió con la revuelta con más empeño aún. Pasamos dos años persiguiendo a los insurrectos por toda la isla, hasta que un día los sorprendimos cerca de Viñales, en Pinar del Río. Hacía un calor insoportable. Soplaba el bochorno y los mambises venían galbanosos, confiados-¦ Les esperábamos agazapados tras la pared de una plantación de tabaco. Cuando ya estaban a tiro sonó el cornetín y se abrieron las puertas del infierno. Los cañonazos, el tableteo de las ametralladoras y los disparos de los fusiles, atronaron el aire.
Mientras disparábamos Miguelón me dijo: «¿Ves aquel mulato del bigotazo que anda para acá y para allá a caballo, con el fusil en alto dando voces y enviscando a los demás? Pues le voy a cerrar la boca para que deje de dar berridos».
Me pareció que estaba muy lejos, pero no dijo nada. Con la manga de la chaquetilla de rayadillo se secó el sudor de la frente, sacó una bala de la cartuchera, la besó, la introdujo en la cámara del Máuser y replegó el cerrojo. «Para ya, castrón, para ya», murmuraba mientras apuntaba. Por fin disparó. El mulato soltó el fusil y las riendas, se llevó las manos al pecho: su sombrero blanco con la bandera insurgente de Cuba bordada en el ala vuelta, salió despedido de la cabeza, a continuación se dobló sobre sí mismo, cayó del caballo y quedó tendido entre las guacamayas. Recuerdo que un silencio sepulcral cubrió aquella pequeña llanura, pero por poco tiempo pues a continuación, el estruendoso batir de las marimbas, los insultos, juramentos y maldiciones que nos lanzaron los insurgentes y sus disparos nos atemorizaron y nos hicieron permanecer en cuclillas detrás del resguardo durante un buen rato. Cuando se cansaron de gritar y disparar, lentamente, con mucho cuidado decidimos mirar por encima de la pared. Muchos revolucionarios huían a la desbandada mientras unos pocos ayudaban a los heridos -hizo una pausa, cogió la copita y apuró el poco orujo que le quedaba.
- ¡Se acabó el carbón! -dijo.
T odos miraron hacia la estufa, pero Paulino entendiendo lo que insinuaba, le dijo al cantinero que se la llenara-.
- Y hablando de carbón, podías gastar un poco, que la cantina se está quedando congelada -“añadió frotándose las manos.
-Y échales aceite a los faroles, que no se ven ni las cartas -“añadió uno de los jugadores.
- ¡Yo no tengo la culpa de que la nieve nos haya dejado sin luz! -“le contestó el Cabreirés levantándose.
Y mientras cumplía los encargos, en el local sólo se oyeron el tableteo de las fichas de dominó sobre las mesas de mármol.
Cuando el cantinero por fin se sentó, Antonino para recuperar el hilo del relato, dijo:
- Miguelón tenía buena puntería. ¿No?
- Donde ponía el ojo ponía la bala -“confirmó el Indiano -. ¿Por dónde iba? ¡Ah sí! Lo que ocurrió el atardecer del 16 de febrero de 1898 fue espeluznante. Paseábamos los dos por el Malecón admirando los disfraces pues eran carnavales, cuando de repente una tremenda explosión nos sobresaltó, dejándonos boquiabiertos y sobrecogidos. Al instante, una especie de surtidor de fuegos artificiales se encendió en el medio de la bahía y una gran columna de humo espeso y negruzco se elevó al cielo. Un barco de guerra yanqui acababa de saltar por los aires. Trozos del armazón del buque y cuerpos destrozados como si de una lluvia macabra se tratase, caían al agua. Poco después lo que quedaba del barco se hundió.
- Era el Maine , un acorazado norteamericano y fue un accidente, por lo visto el carbón bituminoso almacenado en las bodegas se recalentó tanto con el calor de las calderas que empezó a arder -intervino el Maestro-, las llamas alcanzaron los pañoles de la Santa Bárbara y las municiones almacenadas en ellos explotaron.
- Efectivamente, y la casualidad les vino muy bien a los yanquis -“Buenaventura asintió con la cabeza -“, nos echaron la culpa de haberlo hundido y nos declararon la guerra.
- Cerca de dieciocho mil soldados, muchos de ellos negros, desembarcaron, a primeros de julio, en Daiquiri, Guantánamo, Siboney... y avanzaron hacia La Habana -“continuó el Indiano -. Cuando rebasaron Ciego de Ávila, nuestro batallón fue enviado a reforzar la guarnición de Santa Clara, el siguiente objetivo de los americanos. Su potente artillería, su superioridad numérica, su mejor dotación y sobre todo nuestras mermadas fuerzas, inclinaron la balanza a su favor. Ante la certeza de la derrota y el temor a los sanguinarios mambises que seguían a los yanquis, hizo que la mayoría huyéramos. Un zamorano y yo nos refugiamos en la manigua. Arras-trándonos bajo las palmas, las guaras y las ceibas, entre matas espinosas, bejucos, guajacas-¦ ocultándonos entre las guacamayas, chapaleando por zonas pantanosas, respirando sus miasmas, espantando enjambres de mosquitos a manotazos, la fiebre carcomiéndonos por dentro, permanecimos ocultos, hambrientos y sedientos, casi un mes hasta que terminó la guerra..
- ¿Y qué comíais? -“le preguntó Leoncio sonriendo.
- Lo que pillábamos: raíces, frutas, utías, ratas-¦
- ¿Y Miguelón ? -“preguntó Ramiro.
- Cogió el cólera en Santa Clara y fue evacuado antes de la ofensiva yanqui. Murió en el barco cuando era devuelto a España y fue enterrado en el mar. No pudieron con él los rebeldes pero sí pudo un miserable insecto.
- Los mejores generales que tenía el enemigo eran junio, julio y agosto: los meses en que más calor hace y cuando más proliferan los mosquitos transmisores del cólera, el paludismo y la fiebre amarilla -intervino de nuevo el Maestro.
- Cuando se firmó la paz a los supervivientes los repatriaron -“continuó Buenaventura-“, pero yo no quería volver a España con las manos vacías, así que merodeé por La Habana buscando un trabajo, una salida -“se quedó pensativo un instante como si recordara algo, pero enseguida añadió-: cierto día en un buchinche del puerto sin querer escuché que un marinero les decía a otros cinco que ya le habían concedido permiso para partir y que zarparían de madrugada. Era el capitán de una goleta de tres palos e iban a Maracaibo con un cargamento de tabaco. Tuve la osadía de preguntarle si podrían llevarme con ellos, se quedó pensativo y entonces aproveché para contarles mi deseo, les dije que trabajaría en lo que fuera, que haría lo que se me ordenara y aceptó. Baldeé y fregué la cubierta, limpié camarotes, ayudé en la cocina, serví la comida-¦ trabajé duro durante los quince días que duró la travesía. Al cabo de los cuales llegamos a la bahía de Maracaibo. Antes de desembarcar, el Capitán se acercó a mí, me dio diez bolívares y me dijo: «Para que te arregles hasta que encuentres trabajo. Cuando lleguemos a puerto bajas del barco sin que te vea nadie, luego te presentas a la policía y les dices lo que se te ocurra, menos que has venido en mi goleta».
A sí lo hice. No tuve ningún problema para legalizar mi situación y pocos días después encontré trabajo de pinche en el hotel Caroní. Allí estuve cuatro años, al cabo de los cuales entré de camarero en el hotel Escalante . Así estuve cinco años ganando un buen sueldo-¦ también trabajé en las torres petrolíferas que la Compañía del Tachira comenzaba a instalar en el lago, pero era un trabajo muy sucio: nunca andabas limpio, lo dejé y volví a la hostelería. Camarero de nuevo, después de cajero y finalmente llegué a ser el director del hotel Canaima y como tal seguí hasta que vine.
- ¿Estuviste casado? -“Ramiro ya lo sabía.
- Sí. Bueno-¦ Viví casi varios años con una de las cocineras del hotel. Una andaluza morena y bastante agraciada. No pudimos tener hijos y un mal día, tras una discusión, se fue y no la volví a ver más. Poco tiempo después conocí a Mariana. No era tan guapa pero tenía sus gracias. Buena ama de casa y muy religiosa: tan beata que sus creencias rayaban en la superstición, pero a mí me pareció la mujer perfecta para crear una familia y así lo hicimos. En mayo de 1915 nos casamos. Al año nació Diego que, como se suele decir, nos llenó de alegría. Sólo lo tuvimos a él. Cuando cumplió los diecisiete años, entró a trabajar en la Compañía de petróleos y al poco tiempo-¦ -su voz entrecortada denotaba el dolor que le producía el recuerdo-“ un torno le arrancó el brazo derecho de cuajo. No pudo soportar el verse manco y a los seis meses del accidente, se cortó el cuello con una navaja de afeitar. Aquel día, la fuente de mis sentimientos se secó y si hubiera tenido su valor hubiera hecho lo mismo. Tanto para su madre como para mí era la luz de nuestros ojos. Trabajador y amable con todos... -“la congoja le anudó la garganta y tuvo que callar. Con sus manos quiso ocultar las lágrimas que brotaban de sus ojos y a continuación limpiándoselas con la manga de su chaqueta de pana dijo: - Pensaba que se me había secado la fuente.
Los parroquianos, intentando disimular su extrañeza se miraron unos a otros sorprendidos.
- Desde aquel día Mariana se fue hundiendo cada vez más en la tristeza -“continuó-, se quedaba ensimismada, perdida en el fondo de sus pensamientos, regodeándose en sus sufrimientos, en su propia lástima... dejó de hablar y de comer... lo poco que tragaba o bebía, lo devolvía. A los dos meses murió de inanición -“volvió a restregarse los ojos-“, y me quedé solo -“consiguió añadir a duras penas-, sentí tanta pesadumbre, tanta melancolía, me abrumó tanta zozobra que mi pensamiento quedó anulado. Perdí la ilusión de vivir y en muchas ocasiones llegué a pensar en quitarme la vida. Pero-¦ ¿Cómo? ¿Me cuelgo de una soga? ¿Me corto el cuello como hiciera mi hijo? ¿Me tiro al lago con una piedra atada a los pies? Ideas que pasaron por mi cabeza pero afortunadamente algo dentro de ella, me decía que no las tuviera en cuenta, que tuviera coraje y entonces mi pensamiento se refugiaba aquí y se enredaba en los brazos abiertos del Cristo de la Plaza Mayor. El tenue rescoldo de añoranza del pueblo que quedaba en mi corazón, me salvó. Unos años después, cuando consideré que ya tenía bastante para vivir el resto de mis días, lo vendí todo y-¦ aquí estoy. Ahora sólo deseo que la vieja dama de la guadaña no tarde en venir a buscarme.
H izo una pausa cargada de silencio, pues los de las partidas habían dejado de jugar y escuchaban.
- ¿Qué hora tenemos? -“se preguntó sacando su Roskoff de Cuervo y Sobrinos.
- ¡Las once ya! ¡Hay que ir a planchar la oreja! -“exclamó cerrando la tapa del reloj. Apuró el poco orujo que le quedaba en la copita y se dirigió al perchero. Anudó la bufanda al cuello, se puso el tabardo, la gorra de orejeras, los guantes de lana y tras calzarse las madreñas, abrió la puerta. Un ramalazo de aire gélido invadió la cantina y algunos parroquianos rezongando se removieron incómodos en sus sillas. Pero el Indiano no pareció enterarse y antes de salir dijo:
- Don Vitalino, ¿a que no se imagina usted quién era el del bigote?
El Maestro se encogió de hombros.
- ¡Sí, hombre! ¿El cabecilla aquel que mató Miguelón ? -Buenaventura se le quedó mirando pero viendo que no decía nada añadió: - Pues era el que nos había traído y llevado de un lado para otro de la isla; desde la guájara, lo más escabroso de Sierra Maestra en Oriente, hasta Pinar del Río en Occidente, el que burló nuestra vigilancia y rebasó las trochas en varias ocasiones, el que prohibió hacer la zafra, el que lo quemaba todo a su paso: los ingenios, los trenes, las plantaciones-¦, dejando tras de sí un rastro de olor a humo y sangre, -hizo una leve pausa para apretar el nudo de la bufanda y añadió -era-¦ ni más ni menos que Antonio Maceo, el Titán de Bronce .
Durante unos segundos en la mirada del Maestro brilló la incredulidad.
Buenaventura dijo hasta mañana, cerrando la puerta tras de sí; los parroquianos respiraron aliviados, se fue. El silencio glacial en que quedó sumida la cantina les permitió oír alejándose, el clac-clac que hacían los herrajes de sus madreñas sobre las piedras y las carambaneras de la Plazoleta de los Geráneos.
El Indiano murió dos años después en la Residencia del Santo. Había perdido la cabeza, hablaba solo y sus comentarios, la mayoría de las veces, se referían a la manigua, al Malecón, a Maracaibo.