Intrahistoria de un pueblo a la luz de su iglesia
Cualquiera puede hacerse una idea de la dificultad que entraña escribir un libro sobre el primer siglo de una iglesia moderna. Vida breve respecto a la mayoría de los templos de nuestros pueblos. En el caso de la Iglesia de Otero de las Dueñas, se da además una circunstancia especial: Antonio Viñayo, abad emérito de San Isidoro, es hijo del pueblo. De ahí que el afecto por su lugar de nacimiento y el homenaje a su padre, primer informante de la magna empresa que suponía erigir un templo en un pueblo a comienzos del siglo pasado. Tal complejidad se acentúa si tenemos en cuenta que el responsable de tal empeño fue Julián Fernández Díez, hijo del pueblo y a la sazón diácono, a la espera de su ordenación sacerdotal. No es arriesgado pensar lo limitado de sus conocimientos arquitectónicos, circunstancia que no impidió que tomara «las obligaciones de empresario y arquitecto».
El libro se centra en la construcción de la iglesia nueva. Aparte de unas pinceladas históricas de la zona en la que se asienta Otero de las Dueñas y un recuerdo de lo que fue el gran monasterio de Otero (fundado en 1240 y destruido definitivamente en tiempos de la Desamortización), el grueso de la obra es la construcción del templo, completada con una visión muy precisa de «La religiosidad popular». Las referencias del padre, la consulta del archivo parroquial y «las anécdotas y tradiciones que corren entre el vecindario» son la fuente que maneja Antonio Viñayo. Todo ello y, por supuesto, su sabiduría humana y erudita, forjada en tantas empresas de investigación.
La narración de las peripecias vividas por don Julián (con su ayudante Manolico de los Pedros y todos los vecinos) resultan de un sorprendente atractivo para el lector, que comprueba cómo en 1914 la iglesia, empezada en 1907, estaba terminada. Algo inaudito si se tiene en cuenta el resultado arquitectónico y la precariedad de los medios utilizados. Un verdadero milagro del entusiasmo y de la fe de todo un pueblo. Se alzaba así un templo idóneo para la celebración de esa «Religiosidad popular» que don Antonio describe en otro de los apartados de la obra, recuperando costumbres y tradiciones, tristemente en buena parte desaparecidas. Pero ahí queda el sabroso documento en el que se refleja el entusiasmo de un pueblo que, en este cambio de milenio, sufre los inevitables embates de la nueva civilización.