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León

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El título de la obra es un buen anticipo de su contenido: incluye «lugares comunes» (con el doble sentido de tópicos repetidos y de espacios propios del ser humano, y por tanto, distintos en cada vida) y «asuntos propios», semillas de una trayectoria personal. Partiendo de un epígrafe próximo al evocador documental del salmantino Basilio Martín Patino, Canciones para después de una guerra , en ese primer poema Julio Pérez Celada hace una crítica feroz de aquella condición burguesa y rancia de ciertos tipos de la posguerra. Quizá algún lector pueda entender que el poema es un autoexamen de conciencia, disimulado por la función apelativa.

A partir de ahí arranca el cuerpo temático, formado por sucesivas escenas que evocan el pasado. Hay ecos de tipos humildes, abocados a la muerte, como en «La avenida», y cierta nostalgia estética de la «Belle Epoque». De esos recuerdos lejanos parten cuadros psicológicos de experiencias personales, con el primer recuerdo de la maldad personal, alcanzando la condición de estar «serenamente ajeno / a la grey inclemente de los puros». No falta un poema en el que la fijación política parece profanar y despreciar el atractivo erótico de una bella adolescente, en «Tarde lluviosa de otoño». A partir de estos versos alterna el presente con el pasado. «Aula» es una desangelada crónica del fracaso didáctico, como es una visión esencialmente negativa la glosa del Gaudeamus igitur, cuerpo del largo poema « Officium defunctorum» , con la presencia de ese «buque fantasma», título de una novela autobiográfica de Andrés Trapiello. El pasado reaparece con una noticia de la prensa de Burgos, que le servirá al poeta de espoleta, más que de inspiración, del poema «La furia de los elementos». Se trata de una visión acre y despiadada de un internado religioso de la posguerra. Una visión que, a buen seguro, no compartirán muchos lectores que vivieron aquellas experiencias.

Esta serie de vivencias del pasado y del presente confluyen en «El enigma», un poema que ofrece un balance vital más sereno y agradable. A pesar del pesimismo que supone el verso «Ahora ya es mañana», con eco de los versos de Quevedo: «Ayer se fue, mañana no ha llegado; / hoy se está yendo sin parar un punto».

Con todo, Lugares comunes, asuntos propios , es, en su brevedad, un buen documento de una educación sentimental, tema tan frecuente en la poesía de la experiencia, que Julio Pérez Celada trata con originalidad y fuerza expresivas. «Con mordiente», como escribe Francisco Quintana, su prologuista.

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