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León

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Como el amor, la piedra pierde el peso

a los pies de un abeto, un roble, un pino.

Como la flor, la noche siente el beso

del sendero, del surco o del camino.

Es de ansiedad la piedra leonesa,

con alas de Comarcas y destino.

Y es gozo en la montaña, que no pesa

en los Picos de Europa ni en el monte

del corazón, que sube y no regresa.

¡Ay, peña levantada, sierra, ponte

cerca del árbol y alta la cabeza

sobre el rumor del híbrido horizonte!

Oye en concierto a la Naturaleza

que da en la frente vocación al día

de eternidad prendida en la belleza.

Yo digo que lo oigas, cuando es mía

la canción que me das. Los matorrales

son madrigueras en melodía.

Sol de esperanzas, danzas espirituales,

siente dentro León. Y, de sus manos,

Dios se levanta envuelto en vegetales.

Unas lluvias de inviernos y veranos

están retando al sol. Y el sol las reta

donde esperan los pastos y los granos.

Donde, para brotar, Dios se sujeta

con los pies del pastor. Y, trashumante,

el ganado traspasa su alma quieta.

Ondula la montaña. Y, ondulante,

cae al valle su peso y su mirada

como ramos de lluvia alboreante.

Está el alba del cielo descolgada,

rozando a la provincia con su cola,

y sobre la montaña levantada.

Está el alba en la yerba. Y está sola,

mezclando el agua dulce de los ríos,

como una luminosa caracola.

Sé que sus mil colores están fríos

en los Picos de Europa leoneses,

limpios, nevados, claros y sombríos;

bellos, iluminados, con monteses

luminarias de sueños encendidos

en los hogares de los montañeses.

Desde el valle se sienten los latidos

de cada peñascosa luz de hoguera

y de los horizontes desprendidos.

Mirad gozosos cada primavera

de León paseando por la calle

con su equipo de amante montañera.

Tocad el río que pasea en el valle

y levantad la idea y la cabeza

hasta que la belleza se desmaye.

Hasta que el sueño y la Naturaleza

cambien el corazón de la montaña

por el desmayo aquel de la belleza.

Y por el matorral que nos araña

la pisada y la carne y la alegría

del altar orográfico de España.

Yo estudio paz y aprendo geografía

mientras reposa Dios y yo reposo

en la Naturaleza cada día.

Y en este texto mágico y rocoso

de los Picos de Europa, como un ara,

contemplo a Dios amargo y oloroso.

Pienso. Y pensando solo Dios me aclara,

sonriendo en el monte, cada duda

de las que se me notan en la cara.

Y en el descenso tiemblo y Dios me ayuda

a contemplar su amor en el paisaje

que me pone delante su alma muda.

Soy peña descolgada, Dios, follaje

de esta floresta humana repartida

en las altas montañas del lenguaje.

Y cuento en la grafía de la vida

con los Picos de Europa, donde labra

León su realidad, tan repetida

en mi emoción, Señor, y en mi palabra.

(De Voz en los Picos de Europa ,Juan A. Villacañas.

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En «Tierras de León»,número 6, 1965)