Escena de ‘La invención de Hugo’, que se recrea demasiado en florituras técnicas, sobre todo en la primera parte.

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León

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Crítica de cine gonzalo gonzález laiz

Reconozco que iba absolutamente predispuesto a que me fascinara La invención de Hugo . Tras haber quedado hipnotizado por el libro de Brian Selznick (que sigo recomendando) y tras sus cinco premios de la Academia (aunque menores), todo parecía indicar que estábamos ante una joya que nos reconciliara con Scorsese, tras las muy desiguales El Aviador o Infiltrados . Con expectativas tan altas suele llegar la decepción... y así ha ocurrido. La película es un espectáculo visual que abusa, paradójicamente por cierto, de las nuevas tecnologías desde el primer momento. Por brillante que parezca el primer plano secuencia, no solo es demasiado artificial sino que resulta más propio de Star Wars que del intimismo que debiera transmitir esta historia. Y es que ese es el principal problema.

Lo que en el libro era sentimiento y cercanía, en la película se convierte en frialdad digital y exceso pirotécnico. Los dos jóvenes protagonistas resultan distantes y demasiado trágicos (¿se ríe Hugo?). Algo desubicadas parecen también las historias de la estación, que evocan Amelie , por no hablar del excesivo papel del guarda que es cargante de principio a fin y solo funciona como caricatura escasamente cómica.

Menos mal que la media hora final nos reconcilia con todo lo demás. Es entonces cuando viajamos con Scorsese a los orígenes del cine, cuando por fin Hugo se convierte en su razón de ser: un homenaje didáctico a los pioneros que convirtieron el cine en fábrica de sueños, cuando la imaginación era el mayor avance.

En los flashback , en la magia, en los guiños cinéfilos… nos reencontramos con Hugo y, por fin, sonreímos con él, aunque la emoción final debiera haber sido mucho más emotiva.

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Sin duda, los cinco Oscar ‘técnicos’ de las vanguardistas 3-D de Scorsese, a quien habrán hecho sonreír es al propio Georges Méliès.