Historia sobre raíles
Alemania reúne a más de cien mil personas de todo el mundo para celebrar el 175 aniversario de la primera línea de ferrocarril
Una vaporosa de vía estrecha es cuidada tras finalizar un servicio en Brohl.
Alemania iluminó las vías de sus ferrocarriles y compartió con el resto del mundo su red de trenes de alta velocidad, intercity, regionales, cercanías y mercancías, la mejor del mundo. Un derroche de medios que también puso en primera línea de actualidad la mejor recopilación de museos y material histórico de todo el Globo.
Sólo los alemanes eran capaces de convocar un evento de tanto calado social. El patrimonio ferroviario que acumulan es único y permite, por tanto, realizar una conmemoración de primer orden. Reunió a turistas de toda Europa, entre ellos una delegación española, con representación leonesa, pero también de Estados Unidos, Canadá, Japón y hasta Nueva Zelanda. Era la festividad de los trenes históricos, mantenidos por las manos de los aficionados, con trabajo individual como se hace en León, pero con una diferencia más que sustancial: allí sí son respaldados por las instituciones nacionales, regionales, locales y por las propias compañías ferroviarias, lideradas por la todopoderosa Deutsche Bahn (ferrocarriles alemanes con 240.000 empleados. Es la empresa más grande de Europa y una de las mayores del mundo. En España las cifras son mucho más peregrinas: Renfe con 14.000 y ADIF, 15.000). Además, la liberalización en el país germano ha logrado crear cerca de 120 empresas del sector que también apoyan estas iniciativas, mientras que en España duermen en un envite sin resultados.
Efeméride. Todo comenzó a gestarse dos años antes de la fecha señalada, el mes de abril del 2010. Celebraban los 20 años de los planes del vapor impulsados desde el Gobierno y los ferrocarriles alemanes (DB), así como el 175 aniversario de la inauguración de la primera línea de tren en Alemania, que enlazó Nürenberg y Fürth desde el 7 de diciembre de 1835
La inauguración arrancó en Tréveris, ciudad de la «Porta Nigra», con sus restos romanos ensombrecidos por el paso del tiempo. Era muy temprano. Hacía frío. Pero los andenes desbordaban aficionados. Salió la locomotora 78.468 y después el tren rápido correo, traccionado por la máquina 01 118, con ruedas de dos metros de alto. La Deutsche Post entraba en la fiesta. Un furgón postal cargaba la correspondencia del día, como antaño, y el personal oficial la clasificaba con mimo, mientras explicaba con tono didáctico a los viajeros los entresijos de un proceso minucioso. Las autoridades diseñaron matasellos especiales con alegorías ferroviarias que inundaban los buzones alemanes.
La defensa de este patrimonio quedaba constatada ya en la primera jornada. Locomotoras fabricadas en las míticas y potentes industrias de Krupp, Henschel, Borsig y Kraus Maffei ruedan con fiabilidad y sin restricciones por parte de las autoridades. Consenso, unidad, trabajo individual y colectivo garantizan el éxito. La región de Renania-Palatinado (Rheinland-Pfalz) adivinó la atracción que podía despertar en todo el mundo si encendía estas máquinas y permitía el rugir de sus locomotoras. Lo hizo y lo consiguió.
Así, la segunda etapa presentaba un desfile de eléctricas en la playa de vías del depósito de Coblenza-Lützel. Dos veteranas del vapor abrían una retahíla incesante de locomotoras en un perfecto estado de servicio y conservación. La Adler, la primera que circuló en Alemania, lució su traqueteo por las vías. De fabricación inglesa, fue el prototipo que sirvió para introducir el ferrocarril en este país, aunque los alemanes, en muy poco tiempo, prefirieron fabricar las suyas y dejar de importarlas. Apareció la Sajonia. Dos réplicas de las originales también pasearon por el tendido germano.
Miles de curiosos fotografiaban la procesión en el Museo de Coblenza, junto a la clasificación. El ambiente suspiraba respeto y admiración, acentuado por una organización impecable -"según cuenta Eduardo Tocino, leonés privilegiado que asistió al evento-". La megafonía enuncia los datos más relevantes de las locomotoras que paran, posan y silban. Son las mismas máquinas que horas después cubrían servicios regulares con viajeros. No es una exhibición frívola, es una muestra de que las restauraciones son afortunadas y funcionan, sin trampa ni cartón.
En España, durante la conmemoración de los 150 años del ferrocarril, el mayor logro fue pintar algunas piezas históricas para llevarlas a rastras. Una efeméride institucional que resalta aún más los contrastes entre los dos países. Como del blanco al negro.
Éxito rotundo. No quedaba ni una sola plaza de hotel desde hacía meses. Casi todos los turistas compraron el billete Event Karte, que, por sólo 150 euros, permitía subir a todos los trenes especiales, de vapor o regulares de la DB. El impacto fue tremendo. Los restaurantes daban cuenta de él y los medios de comunicación de gran parte de Europa amplificaban la noticia
Anunciaban cinco días de espectáculo ferroviario con doscientos trenes en circulación. Más de 100.000 personas acudieron a la llamada. Diseñaron nueve rutas: la línea del Eifel, la del valle del Brohl y sus zonas volcánicas, paralelas a los fabulosos ríos del Mosela y Sarre-"Saar-; las de los castillos y un largo etcétera de motivos turísticos de primer orden, que sorprendieron a todos los que piensan que Alemania es «sólo» una nación industrial. También lo es turística, con gran calidad de sus servicios y precios competitivos.
Uno de los trenes más aplaudidos y esperados fue, sin duda, el TEE (Trans Europe Express), ferrocarril con su particular estilo de los años sesenta que cohesionó una Europa fracturada por la guerra. Volvió a construir puentes entre Dortmund y Tréveris como tren regular grafiado.
La región de Gerolstein también fue epicentro. Llegaban por centenares los turistas para que un tren lanzadera, arrastrado por dos locomotoras de vapor, los transportara. El depósito de locomotoras -"Bahnbetriebswerk en alemán-" rugía con el funcionamiento de nuevas vaporosas, retratadas por miles de visitantes. Eran presentadas como modelos de pasarela mientras el sol descansaba en su cuna de cielo. La noche, alumbrada por potentes faros artificiales de luz, dibujaba infinitas tonalidades sobre las piezas ferroviarias, cubiertas con sus mejores galas. Un festín de sensaciones para los amantes del patrimonio ferroviario.
La prusiana T-11 fue la locomotora más vetusta que realizó un servicio convencional, empujando una larga hilera de coches de los años 30, abarrotados de gentes que asomaban las cabezas para ver los juegos de bielas bailar al ritmo de las pistonadas del vapor.
En estos 20 años, Alemania ha cosechado éxitos inigualables. Algunas de estas locomotoras empujaron trenes de mercancías grafiados en ruta, que en teoría debían perseguir a potentes y modernas máquinas eléctricas o diesel. Las veteranas tomaron de nuevo los mandos de las líneas y cumplieron a raja tabla los horarios y las expectativas. Regalaron a los turistas imágenes en blanco y negro, sobre todo, a los más pequeños. La mirada de los niños reflejaba ese impacto. Era su primer contacto con el carbón, el acero y el tren; algo que en España es casi imposible de encontrar.
Las piezas más pequeñas de cada museo local (en Alemania hay más de 100 asociaciones de amigos del ferrocarril, casi todas con material histórico), consiguieron una magna unificación digna del orgullo nacional.