Delicias de la Selva Negra
Baden Baden abre las puertas a una de las regiones más bellas de Europa
De buena mañana salimos hacia la Selva Negra. En otros viajes elegíamos Strasburgo como campamento base, porque en Friburgo aún no habían establecido hoteles de franquicia. A partir de allí visitábamos también Baden-Baden, al norte de la Selva Negra. En esta ciudad, desde la época de Antonino Caracala hasta hoy, han pasado todos los millonarios y diletantes que en el mundo han sido o creyeron serlo. Se huele el dinero. Dicen que uno de cada siete habitantes es millonario. El francés, colaborador nazi, Louis-Ferdinan Céline, cuando llega aquí en 1944 después del desembarco de Normandía, con su mujer Lucette y su gato Bebert escribe: «Habituados todos a un grandísimo lujo, a la supercategoría, dos o tres doncellas por apartamento, balcón de cura soleado sobre la Lichtenthalerallee-¦ las orillas del Oos, ese arroyo de tan distinguidos chapoteos, bordeado por todas las especies de árboles raros-¦ sauces llorones de cabellera de plata, al filo del agua-¦ esmerada jardinería (-¦) allá de donde hablo, un julio del 44, aún muy bien y puntualmente abastecidos de mantequilla, huevos, caviar, mermelada, salmón, coñac -¦».
En el siglo pasado Francisco de Silvela decía: «Madrid en verano y sin familia, Baden-Baden».
Tomamos la A5 hasta Carlsruhe y allí la A8 hasta Pforzhein, donde cogemos la 463, una estrecha carretera de montaña bordeada de árboles y praderas, que el Coro Griego y yo denominamos «pitoresque» para no rompernos más la cabeza buscando adjetivos trillados durante todo el viaje. Aunque a mí me parece que el verde es más intenso. Llegamos a Calw, la patria chica de Herman Hesse. Es una bella localidad de la Selva Negra con dos fuentes chispeantes en la plaza del mercado, rodeado de casas enmaderadas del siglo XVIII. Sus puntiagudos aguilones apuntan al cielo. El río pasa por el medio del pueblo y es típico que los curtidores locales tiendan sus pieles a lo largo del muro. Tomamos unos refrescos en una terraza mientras miramos a la gente que va y viene, haciendo compras al tiempo que echa ojeadas a las pieles o tientan su grado de maduración. Compramos pan de barra para los bocadillos y fruta, y en una pradera a la salida del pueblo, le metemos diente a la sardinilla gallega. Lo que menos se esperaban estos pescaditos es que iban a terminar su recorrido en estos bosques.
En Nagold buscamos la Alte Post (vieja posta), en la calle principal, donde según dicen, han refrescado su garganta reyes y reinas en sus viajes a través de la Selva Negra. Es un edificio enmaderado parcialmente, pintado con colores ocres que ahora también acoge un coqueto hotelito. Pedimos pastel y ahumados de la Selva Negra. En cuanto al pastel, sólo lo sirven en el desayuno y los ahumados, el salmón tiene el mismo sabor que en cualquier otra parte del mundo y el jamón, cualquier parecido con el jamón, pura coincidencia. ¡Ay estos nativos! Seguimos hasta Freudenstadt y paseamos por su plaza cuadrada de estilo italiano y desde allí directamente a Triberg.
Triberg es un pueblo de la Selva Negra realmente bello. En el centro finaliza una cascada que desciende desde ciento cincuenta metros de altura y se desliza sobre enormes peldaños de granito. Hay un puente peatonal y a ambos lados bares y restaurantes al aire libre; casas con entramados de madera por doquier. Buscamos el museo de historia local, pero lo han cerrado o transformado; en él tenían un museo sencillo del reloj de cuco que pretendíamos visitar de nuevo, pero lo han trasladado a un pueblo cercano y lo han convertido en un Museo del Reloj en general, que es bastante aburrido.
Me he fijado que en algunos pueblos trabajan la madera, realizando todo tipo de utensilios y adornos, pero lo que más me ha llamado la atención son unas fuentes típicas, de madera, que a veces colocan en el campo. Consisten en un tronco hueco con una rama de cinco centímetros y más delgada en uno de los extremos. Esta rama también va horadada y hará de boquilla o grifo. Las he visto, a veces, colocadas en fincas particulares o en almacenes de artesanía.
Casi de noche llegamos a Friburgo. La primera vez que vine a esta ciudad fue en el año 1993, con Teo y Ana, en el Mitshubisi. Entré a unos baños públicos y era tal la suciedad, basura, roña y tal la pestilencia, que si no me sacan de allí inmediatamente, habría que agregar a lo dicho un cadáver, el mío. Tuvimos que ir a unos aseos habilitados para minusválidos en un edificio de La Markplaz donde era preciso pedir la llave en la casa aneja. Hoy hay unos servicios con los elementos de acero inoxidable, con toda la limpieza del mundo.
Friburgo fue fuertemente bombardeada en La Segunda Guerra Mundial, pero su centro ha sido restaurado con verdadero primor, que recrea su atmósfera medieval, aunque ciertamente la ciudad medieval había sido destruida por las tropas suecas protestantes en la guerra de los Treinta Años. Un tranvía la recorre periódicamente, afeando su cableado la torre del reloj.
En medio de la Markplaz se levanta La Catedral, de una sola torre, el Münster, de ciento diez metros de altura. Es impresionante este gigante oscuro, sobrio elevándose hacia el cielo. Alrededor, como hace mil años, juglares vendiendo sus canciones y comerciantes en sus puestos bajo toldos coloridos, ofreciendo todos los productos del campo, junto a quesos, conservas y embutidos. Aprovecho para comprar moras de moral. En la catedral hay pinturas de Cranach el Viejo. Al otro lado de la plaza se levantan dos de los edificios más bellos de la ciudad: la Kaufhaus, casa barroca pintada de color vino y tejado de gran pendiente, con pequeños ventanucos abuhardillados y al lado, el Museo de Historia Local, un edificio también barroco, pintado de amarillo. Un poco más lejos la bella Torre del Reloj (Martinstor). Es una puerta de entrada además de torre, pintada en colores alegres blancos y ocres; en una de las caras tiene un fresco bajo un minúsculo tejadillo; el reloj, con la esfera verde y las agujas y los números en metal dorado; coronándola una caperuza aplastada verde y flanqueada por dos torrecillas puntiagudas. A los lados casa con entramados de madera. Es una típica torre del reloj de algunas partes de Alemania y especialmente de la Selva Negra.
Al otro extremo, desviándonos hacia la Universidad hay otra torre de entrada muy interesante, la Schwabentor, que contiene la Tin Figuee Collection.
Caminamos por una zona reconstruida que va de la catedral al Viejo Ayuntamiento. En la restauración han mantenido los arroyuelos originales que, anteriormente circulaban por las ciudades y ahora el agua corre alegremente por las acequias de piedra. Es una zona de tiendas que llega hasta la plaza del Ayuntamiento. El Rathaus es el resultado de la unión de dos casas patricias. Son notables la armonía de sus huecos y ventanas renacentistas y un mirador, o ventana salediza, colgado de una de las esquinas y mostrando en un bajo relieve la leyenda medieval de la Doncella y el Unicornio. Por la noche iluminado es uno de los conjuntos más bellos de Friburgo.
En la universidad de Friburgo, desde 1921 dio clases y fue decano el filósofo alemán Martín Heidegger. Reconocido nazi, puso en práctica el ideario racista, expulsando de la universidad a todo el profesorado judío, al tiempo que mantenía una relación amorosa con la filósofa Hannah Arant, de raza judía.
Ahora no, por evidentes razones biológicas, pero hace unas décadas no era necesario raspar mucho entre alemanes de cierta edad, para encontrar un colaboracionista nazi por acción o cuando menos por silencio cómplice. Finalizada la contienda todos se replegaron a sus nuevos trabajos como si no hubiera pasado nada. Un silencio cómplice se extendió por todo Alemania; quien más quien menos, todos tenían algo que callar. Se silenciaron las violaciones nazis, y las violaciones bolcheviques e incluso se silenció el silencio. A la única dignidad que podían acogerse, era a la dignidad de las víctimas. Y a ella se entregaron en un pacto no escrito de desmemoria y olvido.
Karl Jaspers, filósofo de Heidelberg y casado con una judía escribió: «Hay una solidaridad entre hombres como tales que hace a cada uno responsable de todo agravio y de toda la injusticia del mundo, especialmente de los crímenes que suceden en su presencia o con su conocimiento. Si no hago lo que puedo para impedirlo, soy también culpable». Pero personajes como Heidegger siguieron campando por sus respetos porque nunca se consideraron culpables y cuando llega el desideratum de la Guerra Fría, se le hacen los homenajes oportunos, mientras los supervivientes de Auswich veían cada día, a sus verdugos como antes, dirigiendo el mundo.
La filosofía de Heidegger es oscura, expuesta con una oratoria apocalíptica se fue haciendo más diáfana cuando Hitler tomó el poder. Con su histrionismo habitual y su traje de pantalón corto de cuero explicaba cómo el avance del ejército alemán era un «acto metafísico» y como la integración del pueblo se lograba con actos heroicos y la sumisión al caudillo (Fuhrer). En el héroe, la existencia individual y la colectiva se unían para vivir una «existencia auténtica». La «existencia inauténtica» se encarnaba en el individuo aislado de su pueblo.
Realmente Heidegger es un nacionalsocialista más radical que los nazis del gobierno.
Friburgo es la capital de la Selva Negra y para mí una de las ciudades más bonitas y mejor cuidadas de Alemania.
Nos queda solamente un día más en la Selva Negra y sólo tres o cuatro días de viaje en su totalidad, de modo que a buena mañana, por la B31, nos desplazamos al sur, hasta Staufen, donde dicen que el Doctor Fausto firmó el pacto con el diablo. Visitamos la antigua hostería, la Gasthaus Löwen, donde Fausto vivió y murió. Los frescos de sus paredes cuentan la historia.
La leyenda narra que un antiguo alquimista llamado Fausto, firma un pacto con un barón local que estaba convencido de que podría transmutar los metales plomo y hierro en metales preciosos. Una de las mezclas que realizaba explosionó, mató al doctor y produjo tal ruido y mal olor sulfuroso, que los vecinos terminaron convencidos de que había sido el diablo quien se lo había llevado.
Seguimos hasta Mullheim, para desviarnos a la izquierda y llegar a Badenwailer, una pequeña ciudad termal. Aquí llegó a primeros de siglo, 1904, Antón Chejov. El calor que se abatió sobre la localidad terminó destrozándole los pulmones. En el vasto hotel Sommer, hoy restaurado, poblado de desconocidos, su mujer Olga estaba aterrada por tener que dejarlo solo. Cuando llegó el doctor y lo auscultó le puso una inyección de alcanfor, a la que no respondió y mandó a buscar oxígeno. Chejov, que era médico, se opuso: «Ahora ya todo es inútil. Antes de que vuelva seré cadáver». Su mujer trajo champan. Chejov tomó una copa y dijo: «Hace tiempo que no bebía champan tan rico». Se dio la vuelta en la cama y cuentan, que murió dulcemente.
Por una carretera estrecha pero muy cuidada atravesamos una zona de grandes bosques y colosales montañas, hasta llegar a Titisee, la región de los lagos. Llegamos un poco tarde, con un hambre de mil demonios y comimos las salchichas más ricas de toda Alemania. Turistas de todos los pelajes, vestimenta y condición deambulan por aquí o salen de senderismo o navegan por el lago en barcas que lo recorren continuamente. A lo largo de un paseo paralelo al lago se abren tiendas y tenderetes que ofertan lo de siempre con gran abundancia de trabajos en madera y sobretodo relojes de cuco; pero también cervezas de marcas locales y pantalones cortos de cuero-¦
Cogemos la carretera inter local para ir a St. Märgen; queremos visitar la iglesia y la biblioteca de St. Peter. Es un complejo construido en una colina y rodeado de una cerca de piedra. Entre la iglesia y la entrada hay un austero jardín con dos fuentes.
La iglesia es barroca, con columnas revestidas de estucos blancos y paredes también blancas. En las columnas, sobre peanas, grandes imágenes de ángeles y santos en tonos oscuros.
La biblioteca está cerrada, se visita exclusivamente durante la mañana.
Por la mañana, después del desayuno preparamos los cds y las cintas; tenerlas a mano es importante para afrontar la distancia hasta Paris durante el día y sin largas paradas. En realidad, no exactamente Paris, si no un municipio cercano, Asnieres, que no arrabal. De lo contrario Luis Bonafoux nos hubiera corregido: «No se puede decir arrabal porque no es arrabal, tampoco de Paris, porque no es de Paris.
Asnieres, junto a Potois, Auvers-sur-Oise, Argenteuil,-¦, son pueblos cercanos a Paris donde a finales del siglo XIX Zola, Bonafoux y otros escritores siguieron el camino abierto por los impresionistas instalándose aquí, buscando la tranquilidad que exigía su oficio.
Hemos venido a conocer Asnieres, el pueblo donde se vino a vivir Luis Bonafoux en 1894 cuando el ambiente en Madrid se hizo irrespirable para él y a punto estuvo de dar con sus huesos en la cárcel. Metió a su mujer, Ricarda Valenciaga y a sus hijos en el tren y puso distancias con el juez Manuel Valle que lo andaba persiguiendo y al que dedicó una cuarteta:
A don Manuel Valle y Llano
juez de la más ruin calaña
no hay habitante en España
que no le dé por el ano.
A Bonafoux sus enemigos le llamaron la Víbora de Asnieres .
Este escritor era un puertorriqueño de ascendencia hispano-francesa, que estudia derecho en Salamanca y que hacia 1878 se pone a escribir en periódicos madrileños, con una forma directa y desaforada, contra las injusticias, los malos escritores, los políticos corruptos y a favor de los menesterosos y los idealistas. Vivió la bohemia finisecular de Paris y de España.
En Paris conoció a Alejandro Sawa, que inspiraría el Max Estrella de Luces de Bohemia, de Valle Inclán. Allí Sawa hacía tertulia con Daudet, Verlain, Víctor Hugo, etc. y según Rubén Darío vivía con una marquesa auténtica. Escribió un artículo titulado « Sawa, su perro y su pipa» que dice: «Sawa hizo un viaje a Paris con el único objeto de conocer a Víctor Hugo; el anciano emperador de la poesía le dio un beso en la frente y desde entonces Sawa no ha vuelto a lavarse la cara».
En cierta ocasión dedicó un suelto a Gómez Carrillo donde llamaba al escritor guatemalteco: «escarramán y perdona vidas, con alma de apache y sin criadillas para serlo». En menos tiempo del que tardó en secarse la tinta del escrito, Gómez Carrillo le mandó a los padrinos para desafiarlo a duelo y a los que Bonafoux contestó: «Digan a ése que no me bato. Pero si me molesta mucho le buscaré y le meteré una bala en el recipiente de las tonterías, lugar donde otros llevan la cabeza».
Este natural desparpajo, estos latigazos directos, esta crítica acerba, son las señas de identidad de Luis Bonafoux.
Cuando la pérdida de Cuba escribió: «Franceses y alemanes combatieron y murieron por algo grande. La juventud española combate y muere por el pillaje colonial de sus gobiernos-¦ La intervención americana «es un brutal atropello» según Bismarck. ¡Imaginen ustedes lo que me parecerá a mí esa intervención, pareciéndome Bismarck un bandolero!».
Son célebres sus artículos de apoyo a Zola encausado, perseguido e insultado por la canalla, tras la publicación de la carta abierta J´Acuse , donde acusaba de corrupción a los poderes públicos en el caso Dreyffus, y la diatriba con «Clarín», pero a mí me gustan especialmente sus artículos sobre algunas redacciones de periódicos de la época y sobre sus amigos.
«Redacción del Resúmen : El hambre era general en aquella casa-¦Allí ví a Eduardo del Palacio furioso, frenético, porque le habían comido -“nunca se supo quién- parte de unos riñones que le mandaron del Fornos.
¡Es una vergüenza!-¦ gritaba. ¡Hay que emigrar de un país donde pasan estas cosas!
El Resúmen se moría de hambre. Una tarde, al salir de la redacción me encontré con un amigo indiano que me propuso que comiéramos juntos. Después de defenderme como pude, porque tenía una invitación anterior, le dije: «No comeré hoy contigo, pero comerá un amigo y compañero si me permite la sustitución». Y le llevé al poeta Celedonio Arpe que hacía mucho tiempo que no comía. Se enfermó por falta de costumbre aquella misma noche.
Asnieres es una ciudad de cincuenta mil habitantes, típica francesa, con edificios neoclásicos del Segundo Imperio, de tonos pajizos, tejados de pizarra y cuidados parterres en plazas y jardines. Aunque esta ciudad tiene poco que ver con el pueblo que acogió a Bonafoux, evidentemente, algunos de estos edificios ya existirían a finales del siglo XIX, así como su plan urbano y cierta limpieza, que todo ello crearía una atmósfera, un color, tan alejado de aquél tono pardo del Madrid de los Austrias. Sólo cuando acompañaban de madrugada a Valle Inclán a la plaza de Oriente para desafiar al rey, el ambiente se hacía más francés. Buscamos el restaurante La Sirène que pintó Van Gohg a su paso por esta población, pero ya no existe, aunque sí el edificio que asoma al fondo del cuadro.
De todos modos hay que decir que los escritos de Bonafoux no tienen paisaje; como mucho, paisaje humano. Y además desde su primera estancia en Paris, no podía soportar la suciedad y la miseria de Madrid. Todo en él le parecía infecto y miserable. En Madrid, dice: «todo es pequeño y pobre».
Yo siempre me lo imagino como lo describe Dicenta: «Un hombre cenceño, de mediana estatura que llevaba un gabán azul con cuello de terciopelo y un sombrero de copa y ala plana y aladares negrísimos y largos; siempre apoyado en la esquina del Fornos».
Se alojó aquí para poder trabajar y poder despistar a los conocidos que venían a pedirle ayuda económica. Cogía el tren por la mañana, que dejaba en la estación de San Lázaro y en el café Criterium, como cualquier boulevardier , o en la Biblioteca trabajaba todo el día. Por la noche en tren volvía a Asnieres con su «campesina» de Avila, doña Ricarda Valenciaga.
También de Francia tuvo que huir. La Gran Guerra de 1915 era mal momento para explicar a los franceses que los invasores alemanes eran más complejos de lo que creían y no todos eran simples brutos sin cabeza. Había científicos, filósofos, literatos, ingenieros, etc.
Murió en Londres un mes después que su mujer.
Por la noche, aquí sentados en este café d´Asnieres, hablando de estas cosas, se ha hecho un silencio meditativo; parece que esperáramos que de un momento a otro entrara Bonafoux con el gabán azul de boulevardier y el cuello de terciopelo y en el bolsillo, las diez últimas cuartillas escritas en defensa de los nuevos Zolas.
Al día siguiente, por el oeste francés, volvemos a España. Queremos pasar unos días en la playa cogiendo sol para el invierno. Pero esa ya es otra historia.