Por molestar un poco
Es difícil que en un debate economicista se admitan otras opiniones que las puramente técnicas y el debate sobre el final de la minería española que está teniendo lugar en el Parlamento de Europa en este momento es un debate económico, esto es, de simple cuenta de resultados. Pero, puesto que se me pregunta por mi opinión, la daré, por más que adivine ya la sonrisa de conmiseración de los expertos y «competentes» en la materia.
Desde que España entró en la Comunidad Económica Europea, la minería española, como muchos otros sectores de producción (la agricultura y la ganadería, por ejemplo) no ha hecho otra cosa que languidecer, condenada a la desaparición por la mayor competitividad de otras minerías y por criterios medioambientales que priman otras fuentes de energía más modernas y más limpias. Las discusiones sobre su viabilidad que desde entonces se han sostenido no han sido más que ganas de marear la perdiz, puesto que todo el mundo sabía, comenzando por los mineros, que el sector estaba ya sentenciado a muerte. Ahora bien, ¿qué actitud tomar ahora cuando la crisis económica mundial ha decidido, según parece, a nuestros políticos cerrar el grifo de las subvenciones?.
Conviene, en este punto, señalar (aunque me temo que no sirve de nada; el liberalismo manda) que la minería, además de una actividad económica, deficitaria como ya se ha señalado, es también otras muchas cosas. En provincias como León, de la que durante casi un siglo, fue su motor económico y la culpable de su modernización, la minería es también, por ejemplo, aún una cultura social y un pilar demográfico importante. Por más que se haya adelgazado y por más que los mineros sean cada vez menos, en amplias zonas de la provincia la minería continúa siendo la única fuente de trabajo y el pilar sobre el que se asienta la economía de la población; una población menguada, pero que, de desaparecer el carbón del todo, quedarán convertidas en desiertos demográficos perjudicando con ello a la provincia entera. Y en una época como ésta, en la que a los políticos se les llena la boca hablando del equilibrio territorial y la cohesión, de la demografía y la solidaridad, no parece que sea lo más aconsejable.
Dirán los economistas, como el pasiego, que la vaca que no da leche «p´al matadero», que no está la economía como para andar ayudando a nadie, y los políticos les secundarán. Pero yo les preguntaría, desde el amor a un mundo en el que viví de niño, pero también desde el pensamiento, si el bienestar se mide sólo con cifras, si no se deben considerar también otras circunstancias (sociales, culturales, de justicia) a la hora de tomar una decisión tan drástica, si la economía, en fin, ha de decidirlo todo como si el mundo fuera un parqué de Bolsa. Porque, si eso es así, y puestos a retirar las subvenciones que ayudan a mucha gente a seguir viviendo, o cuando menos a vivir mejor, ¿por qué no hacer lo mismo con el teatro, la agricultura, el cine, la educación, la sanidad o el cuidado del patrimonio, actividades que tampoco son rentables en puros términos económicos y que sobreviven gracias también a aquéllas?. Por no hablar de la política, cuyo desmesurado número de ejercientes nos cuesta más que la minería, o de la propia Iglesia Católica, que también vive de los impuestos de todos los españoles y, que yo sepa, económicamente no es muy rentable.