Publicado por
Ruth de andrés
León

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enóloga

Hace unos años, el último grito eran los vinos ecológicos; agotada la vía, saltamos al extremo de los vinos biodinámicos; aún no nos habíamos recuperado del susto de la biodinámica y ahora resulta que eso es poco menos que kitsch y lo que se lleva es la naturalidad. Vinos naturales, desnudos, como Dios los trajo al mundo.

Y os preguntaréis qué es un vino natural. En los pueblos dirían sin polvos, pero no sólo eso. Un vino natural es aquel en el que se interviene lo mínimo posible en la bodega y en la viña. Dejamos la responsabilidad a la madre naturaleza, que a veces es más bien madrastra. Así que no se usan levaduras, no se bombea, no se remonta, no se oxigena y por supuesto nada de clarificación, filtración o estabilización, operaciones que hacemos de carrerilla en la bodega. Nada de maquillaje, ni estética, ni si quiera un arreglillo de botox. Pero ya sabemos que cuando uno es guapo, no hace falta nada de eso, sin embargo cuando la dichosa madre naturaleza no ha hecho más que desaguisados, una mano amiga ayuda.

Curiosamente, esta especie de vuelta a los orígenes se ha puesto de moda en dos ciudades poco naturales: Nueva York y Londres. Dos ciudades donde las tendencias fluyen sin cesar y donde uno tiene la impresión de no estar nunca suficientemente a la moda. Aunque en honor a la verdad debemos decir que fueron los japoneses, en los noventa, los primeros consumidores de estos vinos. Sin duda, la influencia de su cultura ayudó; pero también hay quien dice que su fisiología, poco adaptada al consumo de alcohol y tremendamente intolerante con el azufre les empujó a ello.

Pero sin duda, el gran problema de estos vinos es su conservación. Deben transportarse siempre en contendores refrigerados, no pueden sufrir cambios bruscos de presión y el consumo una vez embotellado debe ser rápido. Aún así, es habitual encontrarse con una refermentación imprevista, un enturbiamiento aquí, un precipitado allá, unos aromas extraños o un paladar sospechoso. Además, está la falta de uniformidad. Un mismo vino puede variar enormemente de una botella a otra y ya no digamos de un año a otro.

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Ahora bien, no piensen que a estos elaboradores les mueve un amor desmesurado por lo verde; según ellos, su prosaico ideal no es otro que hacer vinos fáciles de beber y que se puedan consumir en cantidades elevadas sin sufrir efectos secundarios, léase: resaca. Enfants terribles en busca de la simplicidad y franqueza en aras de la diversión.