debate energético
chequia, eslovaquia, hungría y bulgaria son las más firmes defensoras del uso del átomo en esta región europea
La catástrofe nuclear en Japón ha disparado la alarma en Europa del Este, porque este amplio territorio está sembrado de plantas atómicas construidas en la época comunista y con sistemas de seguridad que no son precisamente de última generación. La catástrofe nuclear de Chernóbil, ocurrida en Ucrania el 26 de abril del 1986, que obligó a la evacuación de 200.000 personas y provocó -”según estimaciones oficiales-” unos 4.000 muertos, ha dejado una profunda huella en la población de la antigua URSS y sus Estados satélites, pero la ausencia de un debate sereno y racional sobre la energía nuclear distorsiona la percepción de dicha problemática.
La inmensa mayoría de los gobiernos de los Estados poscomunistas europeos, donde los movimientos ecologistas suelen ser débiles, apuestan claramente por el átomo frente a otras fuentes de energía. Rusia cuenta con 32 centrales nucleares y está construyendo otras 11, mientras que Ucrania dispondrá de 17 cuando entren en funcionamiento las dos plantas ahora en obras. Países pequeños como Chequia, Eslovaquia y Bulgaria disponen de seis, cuatro y dos reactores, respectivamente, mientras Bratislava y Sofía preparan otros dos.
A su vez, en Hungría hay cuatro, Rumanía tiene dos y Eslovenia uno. Es más, según datos de la Agencia Internacional de la Energía (IEA), una cuarta parte de las nuevas instalaciones en construcción están en territorio de la antigua URSS.
Rusia ha heredado la industria nuclear de la época soviética. En la actualidad, este país es el cuarto productor nuclear del mundo y una parte importante de su ciencia está directamente relacionada con la industria atómica, cuyo origen es militar. Algunos expertos denuncian que Rusia se ha convertido en el basurero nuclear del mundo desde que países como Japón, Corea del Sur, Taiwán, o algunos Estados de Europa del Este almacenan sus residuos allí. Las autoridades lo consienten porque logran enormes beneficios económicos a cambio y, según el Nobel de física Jaurès Alferov, «también tienen el apoyo de la mayoría de la opinión pública».
Mientras, las fuerzas de seguridad controlan y mantienen a raya a los grupos ecologistas y antinucleares, y la justicia golpea a las voces discrepantes, civiles o militares. El primer ministro y hombre fuerte de Rusia, Vladimir Putin, pidió una investigación sobre el estado de las nucleares rusas después de la catástrofe japonesa, pero dejó claro que su país apuesta claramente por esta energía dentro y fuera de sus fronteras.
Seguridad «oficial»
La energía nuclear es también el objetivo estratégico del Gobierno de centroderecha de Petr Necas en Chequia, a pesar de la oposición de un movimiento ecologista más potente que en otros países poscomunistas y que ha hecho del rechazo a la planta de Temelin, inaugurada en el 2002 cerca de la frontera con Austria, uno de sus principales caballos de batalla. Según el Ejecutivo de Praga, «el accidente de Fukushima, en Japón, no puede tener impacto alguno en nuestro país», porque «tenemos centrales seguras y preparadas para todo tipo de desastres naturales».
La posición oficial de la vecina Eslovaquia es similar a la de Chequia. «Nuestras centrales nucleares, como las de Mochovce y Bohunice, no corren peligro», afirma el vicepresidente de su Oficina de Control Nuclear.
El Gobierno conservador de Hungría es un firme defensor de la energía atómica y también sostiene que sus centrales son seguras. Budapest tiene a su favor una ciudadanía mayoritariamente pro-nuclear. Bulgaria, que antes de ingresar en la UE en el 2007 hizo una apuesta muy favorable al átomo, tiene una opinión pública dividida, pero con más apoyo que rechazo.
Y en Eslovenia pretenden reabrir la central de Krski, cuya paralización forzó la UE tras un gran incidente en junio del 2008.