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León

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Cuando en el año 1753, nuestro ilustre paisano, el Padre Isla, traducía del francés los doce tomos que integran la colección Año Cristiano, escrito por su hermano de la Compañía de Jesús, Juan Croisset, sentiría un regusto especial al llegar a los santos que recoge el día 5 de octubre, pues allí se describe con todo lujo de detalles la vida del patrón legionense, san Froilán. Y entre esos detalles, de manera especial, viene valorada la estancia de nuestro santo en las montañas del Curueño, conocido entonces como «Curcurrino», donde habitó con San Atilano en las escarpaduras de Valdorria hasta ser reclamado por el rey Alfonso III el Magno en su palacio de Oviedo para recibir el encargo de iniciar su vida pública con la fundación del gran monasterio de Moreruela en Tábara.

No habrá habido vida más embrollada en el santoral leonés, que la del bueno de San Froilán. Durante muchos años, hasta finales del siglo XVIII, la figura de Froilán I, nuestro patrono, se vio mezclada y llena de anacronismos por el hecho de que un siglo después de su muerte, un nuevo Froilán II accedió al episcopado legionense. El padre Lobera, con muy poca fortuna, inició el arranque de este error creando escuela equivocada entre otros muchos autores que confiaron en su autoridad, llegando a confundir nada menos que al Padre Flórez, tan riguroso y sistemático en su extensa obra. Pero el sabio agustino, Padre Risco, deshace cumplidamente el error en su monumental obra «España Sagrada», en la que dedicó los tomos 34.º, 35.º y 36.º a la Iglesia de León como continuador del anterior.

La vida de san Froilán y san Atilano aparecía esquemáticamente reflejada en el folio 101 de la Biblia Gótica de nuestra catedral, encajada allí por el copista y discípulo de San Froilán Juan Diácono, que quince años después de la muerte de su maestro quiso dejar constancia de su vida. El relato de este testigo directo de la peripecia vital del santo, cobra un especial relieve por ser de tan primera mano, y termina de una vez para siempre con las especulaciones surgidas en la controversia de los distintos biógrafos de Froilán. La fiabilidad y autenticidad del documento -”no valorado y estudiado hasta los tiempos de Risco-” zanjaron definitivamente esta cuestión.

San Froilán en Valdorria

El nomadismo de los primeros tiempos de san Froilán, secundado por su compañero Atilano, que sería más tarde obispo de Zamora, es recogido por su biógrafo del siglo X de la manera siguiente: «Recorría las ciudades, predicando la palabra de Dios; tenía siempre el alma elevada al Señor, se apartaba de las plazas públicas; se retiraba a lugares inaccesibles, a los desiertos; huía de los favores y alabanzas humanas, por las colladas y rocas bravas, buscando lugares solitarios, para hacer vida retirada, lejos del bullicio».

Parece ser, y encaja con el esbozo que nos dejó Juan Diácono, que Froilán y Atilano, en sus primeros tiempos, habitaron la cima del monte aledaño al escondido pueblecito de Vozmediano, que aún hoy recibe el nombre de Montefrades -”monte de los frailes-”, cuyo topónimo se encuentra reflejado ya en documentos alto medievales de compra-venta y cesiones de heredades.

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Más tarde, según el propio Diácono, contrastado por la autoridad del Padre Risco, nuestros dos anacoretas se trasladan al monte Curcurrino -”actual Peña de Valdorria-” donde inician una nueva vida eremítica salpicada de abundantes visitas de fieles de toda clase y condición, hasta que movido por el fervor popular y su sentido de apostolado, edificó su primer monasterio no lejos del lugar de retiro, en el valle de Valdecésar, cerca del actual pueblo de La Mata de la Bérbula.