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León

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Por extraño que parezca, se puede defender la tesis de que Bin Laden fracasó en su día y eso, la falta de éxito, le obligó a internacionalizar su acción terrorista y le exigió un gran golpe, algo sin precedentes por su audacia y entrega al martirio de sus autores: el once de septiembre del 2001.

Al Qaeda tenía por entonces unos 15 años de actividad, pero no lo sabía, no conocía su propia existencia funcional y solo los especialistas le concedían importancia y el nombre de Ossama bin-Laden, exiliado en Sudán, era conocido apenas por unos cuantos analistas y los servicios de seguridad. Es el tiempo de las entrevistas que el insoslayable Robert Fisk le hizo en la clandestinidad para The Independent . Su record por entonces era el doble atentado a las embajadas norteamericanas en Tanzania y Kenya en 1998, con cerca de un centenar de muertos.

Al Qaeda no fue fundada un día a una hora, no tiene estatutos ni un programa de gobierno alternativo ni un espacio estatal o regional: fue un colectivo manipulado en Afganistán, después un intento de acabar con la casa de los Saud, la dinastía saudí, que terminó muy mal para la organización y, finalmente y todo a un tiempo, una constelación de guerrillas urbanas que comenzaron a llamar sheik o emir a Bin Laden y a darle, sin que nadie la solicitase, su pleitesía y aceptar su autoridad. Bin Laden no ha escrito nada y siempre cedió la responsabilidad de teorizar algo a su segundo, el médico egipcio Ayman al-Zahawiri.

Esta condición desestructurada y de trabajo en franquicias autodesignadas han hecho sumamente difícil la lucha secreta contra al-Qaeda que a falta de programa explotaba la desorientación de los militantes del islamismo radical en lo que, como explicó el arabista francés François Burgat, era «un proceso lento, profundo y natural de vuelta al mundo simbólico de la cultura precolonial». Pero Ossama no sabía nada de esto y su pecado fue que su salafismo tosco dio un anacronismo que no calaba entre la generación que seguía a la suya y tampoco servía para el islamismo moderado. Esta generación, con la admirable primavera árabe hizo irrelevante a Bin Laden.

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