Diario de León

viejas tradiciones

Tres de las cinco viejas iglesias de extramuros que tenía la ciudad han sucumbido y sólo quedan San Pedro y Santa Ana

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León

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De las cinco iglesias que escoltaban la ciudad, para la atención espiritual de los arrabales que surgieron al amparo de la antigua muralla, tan sólo quedan dos para dar testimonio de una época, de una construcción y de una Fe. Son la de San Pedro de los Huertos y la de Santa Ana. Las otras tres sucumbieron ante el empuje de la ciudad, los achaques de sus viejos muros y la desidia conservadora del patrimonio popular.

Así hemos visto desaparecer del paisaje urbano de nuestros entrañables barrios leoneses tres iglesinas típicamente arrabaleras que ponían una nota pueblerina con la sencillez de sus fábricas, y un apunte histórico para mejor conocimiento de los enclaves que abrieron el cinturón romano. La iglesia de San Salvador del Nido de la Cigüeña, la de San Lorenzo Extramuros y la de San Juan de Renueva, son ya historia. El seguimiento de sus quehaceres, y el de las instituciones adscritas a la actividad parroquial, está limitado a la consulta de archivos y documentos. Nosotros, los que fuimos testigos de sus últimos avatares, todavía podemos evocar «en directo» alguna de las secuencias que más las caracterizaron.

Por eso hoy, día de la festividad de San Isidro, acuden a nuestra memoria los festejos que patrocinaban los labrantines leoneses en honor del santo madrileño, cuya imagen tenían depositada en la iglesia titular de la Rúa Nueva -”así llamada para diferenciarla de la vieja Rúa de los Francos-” y que más tarde se llamó de Renueva.

Allá por los años cuarenta, cuando León tenía más prados que solares, cuando lo rústico primaba aún sobre lo urbano, el número de labradores estaba en proporción a las hectáreas de cultivo, y su poderosa y respetada Hermandad celebraba, con el rumbo propio de las grandes solemnidades a su Patrono, Isidro el Labrador.

Por aquello de que «las fiestas se conocen por las vísperas», la de San Isidro hacía honor al dicho popular. La mocedad del barrio, motor indiscutible de los festejos, presentaba ya la plazoleta y aledaños de la iglesia, con los adornos típicos de la época: cadenetas, guirnaldas y artísticos enramados. Y ya ese día comenzaba la primera de las tres verbenas populares, que curiosamente, tenían su punto álgido en el crucero que formaban -”y forman-” las calles de Renueva y Suero de Quiñónez con el Padre Isla. Lo estratégico del lugar costaba el tributo de tener que hacerse a un lado, de tarde en tarde, para dejar paso a los intrépidos camioneros que dirigían hacia las Asturias sus pesados vehículos a golpe de gasógeno, o algún desesperado taxista que veía frenada la «carrera» y llenaba el ambiente con las estridencias de su bocina.

El -˜Isidrín-™ de los Labradores

Al día siguiente, la iglesia lucía sus mejores galas. Durante la Misa, la pequeña, pero expresiva imagen del Santo -”llamada cariñosamente «el Isidrín»-” presidía la ceremonia, y una vez terminada, los recios labradores se disputaban el honor de llevarla sobre sus hombros en la procesión de ida y vuelta hasta la iglesia de San Marcelo. El volteo y repiqueteo de las campanas, anunciaba a los cuatro vientos el anual paseo del santo, que a lo largo del recorrido iba acompañado, con revestimiento litúrgico, por el bueno de don Eladio Tejedor, párroco titular y alma máterde la actual iglesia de San Juan y San Pedro de Renueva, en la cual reposan sus restos.

Labradores de nombradía, como Tomasón el de la Corredera, Gaspar Vega, el de Las Eras, Tomás el de los Pitos, de Suero de Quiñones, Manolo de Celis, y tantos otros que formarían legión en esta lista, compartían después una comida de hermandad, cuyo tema central, después de honrado el santo, suponemos que giraría en torno a la poca o mucha agua que les traía mayo, y la estrategia a seguir para el aprovechamiento de las viejas presas capitalinas.

Los chicos del barrio volvíamos a honrar al buen Santo Isidro en la segunda monumental verbena. Los altavoces y demás artilugios megafónicos, sabiamente manejados por Isidro Aller, difundían los ritmos de la época a 78 revoluciones por minuto en marchosos pasodobles, espectaculares tangos o dulzones boleros animados por la voz y las maracas de Antonio Machín. Allí estrenamos nuestros primeros y vacilantes pasos de baile, y conocimos la emocionante y turbadora sensación de rodear el talle de una niña, sintiendo no sé qué mensaje en el apretón de su mano derecha bajo la presión de nuestra izquierda. Y gira que te gira, volvíamos a casa rotos de cansancio, pero con la idea puesta en la última y definitiva verbena, donde, a buen seguro esperábamos tener la suerte de no ser aventajados por nuestros amigos más que... en el número de calabazas. Los más mozos, que tenían licencia para rebasar nuestras horas tempranas, y alguna peseta más en el bolsillo, alternaban los giros del baile con una visita al bar Picú o al Águila, donde el señor Eulogio se multiplicaba para atender la ocasional clientela que abarrotaba el local. Mientras, los fieles de la «garrafina» y el «subastao», renegaban durante tres días el asalto a su pacífica y cotidiana partida.

Hoy, apagados los ecos de aquella verbena -”que para nosotros tuvo más resonancia que la de «La Paloma»-” y desaparecida la iglesia de nuestras Primeras Comuniones y bautizos familiares, revivimos de alguna manera la emoción de estas estampas que la fiesta de San Isidro sugiere a los leoneses de entonces.

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