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enrique vázquez
León

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El hoy presidente Obama se opuso firmemente a la guerra en Irak cuando era solo senador en el Senado de Illinois, donde encontró su vocación política y cimentó su carrera, pero nunca sabremos qué habría hecho de ser miembro del Senado federal cuando, poco meses antes del ataque, George Bush pidió la preceptiva luz verde para recurrir eventualmente a los medios militares.

La duda no puede ser ni especulativa, pero si se recuerda que el partido demócrata se unió masivamente al coro afirmativo, incluyendo nombres ilustres, como Joe Biden (hoy vicepresidente), Hillary Clinton (Secretaria de Estado) o John Kerry (jefe de la poderosa comisión de Asuntos Exteriores del Senado) podría pensarse en lo difícil que le habría resultado al joven senador demócrata disentir de sus mayores. Tuvo suerte con el calendario. Y la ha tenido también ahora, cuando toca, sencillamente, cancelar una guerra siempre percibida como un grave error: arruinó al país, dejó casi 4.600 soldados muertos y varios miles de heridos y lisiados de por vida, fracturó a la OTAN, dañó gravemente la reputación de los Estados Unidos, sobre todo en el mundo árabe, y causó la muerte de, como mínimo, 116.000 civiles según el cálculo más bajo disponible, el de la acreditada asociación dedicada a contar los muertos, la Iraq Body Count. La suerte de Obama es que ha podido terminarla. después de que pusiera el acuerdo su antecesor Bush

En efecto, el gobierno republicano precedente supo relativamente pronto que el conflicto se complicaba y duraría porque una cosa era el ejército regular y un Saddam Hussein oculto y otra la resistencia sunní-al-Qaeda. De modo que a la vista de las deserciones en el Senado y de la elección del 2008, el gobierno Bush buscó y obtuvo un acuerdo con el gobierno provisional y estableció el calendario de retirada de fuerzas. Obama se ha limitado a cumplirlo sin cambiar una coma. Fue a arriar la bandera el Secretario de Defensa, Leon Panetta, y el presidente recibió a los soldados en la base de Fort Braga y les felicitó. Eso fue todo. Y así, entre la relativa indiferencia general, pasó jurídicamente a la trágica historia medio-oriental otra guerra. La más cruenta y, con toda probabilidad, la más inútil.

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