evasio sánchez
Madera de héroe y santo
Afanoso y humilde, gran tallador de madera, dedicó una obra «a las víctimas de las torres gemelas» y visitó enfermos que no salían de casa desde hacía décadas
jesús f. salvadores
Un Nacimiento de aire medieval da la bienvenida al visitante; y una ventana románica con escenas de la vida de Jesucristo y el Calendario Agrícola Isidoriano tallado por ambos lados; también hay otra pieza donde aparecen, grabados, entre otros motivos comarcales, la Ti Morena y el Tamboritero Aquilino. Son decenas de obras entre arcas, hórreos, imágenes, báculos y miniaturas con todo detalle, las que se agolpan en casa del padre Evasio Sánchez, un veterano de la labor pastoral y caritativa en la diócesis de Astorga que recientemente recibía el homenaje de todo el ayuntamiento de Valderrey por haber pastoreado las almas del pueblo de Barrientos de la Vega desde hace más de treinta años.
El padre Evasio, tranquilo, afanoso, humilde, nació en Torre del Bierzo en 1937, pero la familia entera procedía de Aleje, en la Montaña de Riaño. Al padre le habían ofrecido un puesto en las minas de Almagarinos y allí crecieron los siete hermanos «con ilusión y estrechez de medios», «estudiando en aquella escuelica». Un día le preguntó su progenitor si quería irse a estudiar al seminario («¿y eso pa qué es?», preguntó él en su inocencia; «¡pues para ser cura, hombre!»). «Pues sí, sí me gustaría», decidió, y en Astorga quedó «prendado» de la Palabra de Dios en los doce años que pasó allí. Cantó misa en Torre en 1964 («¡fue hasta la Tuna de Bembibre!») y en La Virgen del Camino, «la pena, que mi madre no llegara a verme ordenado», lamenta. Su primer cargo: coadjutor de Toreno y párroco de Librán y Pardamaza, sitios a los que iba a caballo (una vez, ya en moto, se despeñó y le tuvo que remolcar una vecina con el burro). En aquel valle estuvo tres años, otro en Tremor de Arriba, y otros tres en Villagatón con Valbuena, Corús, Requejo y Culebros. Allí se dedicó un poco a la caza y también comenzó a disecar pájaros —los dejaba muy guapos, rellenos de serrín y con vivarachos ojos de cristal— y algunos bichos más, lagarto y culebra incluidos.
Recuerda con ilusión el curso de espiritualidad que siguió en Roma durante seis meses, cómo a la vuelta le tocó el destino de San Andrés en Astorga y, cuando ya transitaba los caminos diocesanos a lomos de un Dyane 6, Barrientos, donde permanecería 31 años y acabaría conociendo, tal y como dice, «a vivos y muertos».
Entregado a la Fraternidad de Enfermos, recorrió media provincia proporcionando alivio espiritual y cariño humano a personas que vivían situaciones tan terribles como Vicente el de Curillas, que no podía moverse de la cama y desde allí, como era Bachiller, daba clase a los rapaces. O aquel paisano de Zacos que llevaba 60 años postrado y para quien fue un logro dar una vuelta por la casa. O dos hermanos de San Esteban de Nogales, a uno de los cuales le enseñó cómo hacer un curso de dibujo por correspondencia «y pintaba lo que veía desde su ventanica...». Ahora ya jubilado, Evasio sigue tallando. Dedica una gran cruz «a las víctimas de las torres gemelas» y añora su ‘rebaño’ de fieles. «En esto, hijo, no se mete uno para ganar dinero...».