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Patricia Biosca
León

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Hace unas semanas una limpieza del fondo marino reveló un hallazgo macabro: urnas funerarias de decenas de personas reposaban en el fondo del mar en Malvarrosa, en Valencia.Pero este no es un hecho aislado. Muchos más puntos de las costas españolas, incluso en zonas del interior, se han hecho descubrimientos parecidos. El Ayuntamiento de Almonte, en Huelva, tuvo que reglamentar esta práctica tras encontrar urnas, flores y adornos funerarios en las marismas de El Rocío. El Ayuntamiento de Uxue, en Navarra, se vio obligado a pedir que no se esparcieran cenizas junto a la Cruz del Saludo, cerca de su ermita.

En Europa, la cremación forma parte de las costumbres funerarias desde hace siglos. En España, sin embargo, esta práctica no fue aprobada por la Iglesia hasta 1964. En la actualidad, la legislación al respecto es algo ambigua: en España no hay una ley que obligue a depositar en los cementerios las cenizas de los cadáveres, y las administraciones son las que pueden regular esto. En cuanto a arrojar las cenizas al mar, la única normativa que dice algo al respecto es el Convenio Internacional para Prevenir la Contaminación de Buques o Convenio Marpol, por el que se regula «el vertido de sustancias contaminantes para el mar», entre ellas, las cenizas de cualquier tipo. En ningún caso, la ley admite que las urnas metálicas que contienen los restos se arrojen al mar.

Las cenizas humanas no son contaminantes en sí, ya que las altas temperaturas eliminan cualquier resto de sustancia química que pueda dañar la naturaleza. Muchos de sus defensores opinan que el enterramiento común conlleva mucha más contaminación por los productos químicos que puede contener el cuerpo de la víctima, como tratamientos de quimioterapia, radioterapia o la laca con la que se trata el exterior de los ataúdes. Ante el auge de este tipo de prácticas funerarias, algunas empresas españolas ya comercializan urnas biodegradables que respetan el medio ambiente. Para los funerales en alta mar se han creado urnas de sal o arena de mar, que se disuelven al poco tiempo por el efecto de las corrientes, dejando reposar el contenido en el fondo marino.

Otra de las alternativas que gana adeptos es la creación de diamantes a partir de cenizas humanas. La empresa suiza Algordanza, presente en España, extrae de las restos humanos el carbono presente para crear la base para «cultivar» un diamante.

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