‘juanín’ arias rodríguez

Emperador de la charanga

miembro de una raza a prueba de bomba —los músicos de calle, era y escenario sobre remolques—, juanín fundó grupos y orquestas en una vida rica en ritmo y en anécdotas

secundino pérez

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emilio gAncedo
León

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Pónganse en situación: un pequeño pueblo en fiestas, un escenario, la gente arremolinada en torno a los músicos. Se hace el silencio y el míster anuncia, micrófono en mano: «Y ahora, con todos ustedes, ¡el niño de Antequera!». Entonces Juanín, que de aquella no era más que un crío, le tira de la manga y le pregunta, en voz baja: «Señor Rodri, ¿quién es ese?». Y el jefe de la troupe le apremia: «¡Pues tú, hombre, tú!»

Por esos años Juanín —nacido en 1949 en Montejos del Camino— tocaba las percusiones y pegaba algún cantarido que otro, y andaba por esos caminos de Dios en una orquesta, tan pequeño que se agazapaba detrás de la batería y apenas se le veía. El caso es que al tal señor Rodri —un tipo que regentaba en el Húmedo un minúsculo negocio de rellenar mecheros— le dio por usurpar la personalidad del famoso ‘niño de Antequera’, que por cierto nada de andaluz tenía, era de una barriada de León, y endosársela a Juanín. Pero aquel día había entre el público un paisano que empezó a decir, mientras observaba a aquel pequeñajo que cantaba a la vez que tocaba la batería, que ese no era el niño de Antequera, que el niño «era más alto y tenía un ojo torcido». Como la cosa se empezó a poner fea, el señor Rodri decidió jugársela y poner delante a Juanín para que lo viera todo el mundo. «Ah, pues sí, sí que es el niño de Antequera», rectificó el vecino liante, y todos suspiraron aliviados.

A este podenco que se las sabe todas le viene la casta por parte de padre, que tocaba la caja en el dúo de dulzaina y tambor ‘Chimorondo y Sebastián’ (eran los mismos que se preguntaban uno a otro aquello de: «¿Cuál tocamos ahora? ¡Pues la misma, que hay gente nueva!». A los cinco años ya aporreaba botes de chicharro —con ellos y unas latas se fabricó una batería artesanal— y aprendía los secretos del saxofón con don Pablo el maestro y el señor Ramón que tenía un taller de bicis en Trobajo. Con ocho tocaba la caja y cantaba por los pueblos —el día de su comunión tuvo que actuar para otros, ¡ahí es nada!— y el señor Bernardo le enseñó el arte del acordeón con solfeo y todo. Era sólo un guaje de 15 años cuando montó su propio grupo, la Orquesta Arias (ahí andaba con Amabilio y con Gavela), tocando pasodobles, tangos, boleros, jotas, la Raspa , la muñeira («jodó, sacabas Los pajaritos y ya eras capitán, meabas y hacías pozo», dice). Por entonces también empezó a aprender a soldar con un cuñado suyo, pero el primer día de trabajo le pilló un camión y estuvo dos años de baja, algo que le valió, no obstante, para entender que definitivamente lo suyo era la música. Fueron los años locos del León nocturno y cabaretero, del River (llamado ‘el rompetetas’), del Club Radio, del Pussy Cat, de días enteros (dos, tres) sin pasar por casa, un chaval con dinero rugiendo en los bolsillos y la vida entera por delante. Fundó o formó parte de muchas orquestas, como Los Eskoski, los Condes, Zafiro, Jamaica, Melodías del Brasil... recorriendo todo el Noroeste peninsular. «Se dormía y comía en los pajares y las casas, pero a mí al principio me solía tocar la casa del tonto del pueblo, con gente medio loca o lisiada; me miraban mucho y me preguntaban, como si fuera un bicho raro: «Y tú, ¿qué comes?».

Llegaba a hacer hasta 80 y 90 fechas por temporada, un trasiego que daba pie a equivocaciones con los días («a veces nos encontrábamos con otra orquesta, o llegábamos y la fiesta era dos semanas después»). Bailarinas que le disparan un zapato a un paisano dejándolo k.o. , otras que retozan con un lugareño debajo del escenario, amagos de peleas con la mocedad que quería más canciones de las previstas, caídas al pilón... las anécdotas son miles en 55 años ‘desvirgando’ músicos y danzantes. Después, todo bajó mucho «por culpa de las discotecas móviles», pero aún tira con garbo Juanín de la activa charanga Los Marinos y de la orquesta Enlace. ¿Y por qué ese nombre? «Es que habíamos comprado en Madrid el camión de una empresa que se llamaba así... me pareció un buen nombre, así que le borré lo de ‘transporte urgente’ y tal cual quedó, con su logotipo y todo».

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