sor serafines

Por la noche vela un ángel

Todos los días, laborables o festivos, llueva o nieve, sale sor serafines del convento rumbo a cuidar enfermos. ¿y no se cansa, a sus 84 años? «pero no ves, hijo, que es dios quien actúa por mí?»

secundino pérez

Publicado por
Emilio Gancedo
León

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La ciudad se entrega al sueño y al olvido, y aunque ladre un perro o pase un coche, el silencio y la quietud lo inundan todo. Ni siquiera entonces, en mitad de la noche, cuando las gentes duermen y los gatos se escabullen, se toma un descanso la enfermedad o se amodorra el dolor; tan sólo, y esto con mucha suerte, conceden al doliente algunos breves episodios de inconsciencia. Apagados quejidos emergen del lecho esperando una palabra de consuelo, una mano amiga, un susurro animoso… y si los encuentran, no es difícil que procedan de Sor Serafines.

Sor Serafines, sierva de Jesús, ángel nocturno, se dedica a cuidar enfermos cuando las luces de León se apagan. Son las suyas horas de compañía y de desvelo, infinidad de horas transcurridas junto a pacientes, personas mayores, impedidos: si buscan a Sor Serafines la hallarán al lado de los dolientes y los débiles. Ya pueden la avaricia, el egoísmo, el odio y el afán de poder recorrer el mundo con las fauces abiertas que ella seguirá saliendo por la puerta del convento, siempre a las nueve y media, llueva o nieve, haga frío o esté en calma la noche, sin importar el día que sea —aquí no hay sábados ni domingos—, rumbo al hospital o a la casa particular. Objetivo: el enfermo.

Los ángeles, descubrimos, no nacen en el cielo entre nubes algodonosas sino en pueblos como Valbonilla, provincia de Burgos, al lado de Castrojeriz. Seis en casa, y ella —nacida Encarnación— la mayor, primera hija, primera nieta, la más querida, algunas temporadas en Astudillo con los abuelos y una familia que no aprobaba, para nada, su pretensión de entrar monja. «Me quitas la vida», decía el abuelo. Hasta le pintaban las uñas para ver si así lograban espantarle la idea. A una hermana suya bien que le gustaba ir de baile y de romería, pero a nuestra paisana le iban más «la vida espiritual y la piedad». «No me tiraba a mí la vida del mundo», comenta. Así que, prestando oídos únicamente «a la llamada de Dios, que estaba muy dentro de mí», entró en las Hijas de la Caridad de Astudillo, pero como lo que quería de veras era ayudar a los enfermos, se preparó para convertirse en sierva de Jesús. El postulantado lo hizo en Bilbao y en seis meses ya estaba cursando el noviciado. En 1948 pronunció sus votos y la mandaron a Vitoria, dos años, luego de nuevo a Bilbao y en 1966 a León («desde el primer momento aquí he vivido integrada y feliz»), de donde ya no se movería.

Sor Serafines es muy humilde y no quiere ser protagonista de nada, por eso pide que se haga extensivo este Paisanos a la congregación entera («todas somos de la misma línea»), que lleva en la ciudad un siglo y cuatro décadas, llegando a ser sus componentes cincuenta aunque hoy no sumen veinte. Serafines cuenta que estuvo 23 años en el Sanatorio Miranda y en el del Doctor Sáenz para pasar luego al Hospital San Juan de Dios, siguiendo a sus 84 años a pie de obra. ¿Y no se cansa, sor Serafines? «Qué va, yo me siento muy feliz de poder estar al lado de los enfermos, de sufrir o de alegrarme con ellos, según el caso, de animarles lo más posible. Además, Dios me da la fuerza». A esta monja-enfermera la quieren mucho los leoneses. «Ponme La Noria », le decía una señora. «Bueno, yo se la pongo, pero luego me voy a otra habitación porque eso es telebasura», le respondía, resuelta. Y otra: «¿Usted sabe coger el gato ?» (por el programa de Intereconomía) «Hombre, si el gato no corre mucho...». Nuestra amiga estuvo muy enferma («la pelota ha estado sobre el tejado, y sigue estando», le dijo el médico) pero en ningún momento sintió miedo, más bien «una gran paz y mucho amor». La única preocupación que tenía ante su posible muerte era «qué diría la madre superiora». Recibe muchas felicitaciones Serafines, pero también se ha topado con egoísmos. «Sí, hijo, alguna judiada me han hecho, ¡pero tanto lo hacen, tanto lo perdono!». Y ríe como ríen los ángeles de Valbonilla.

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