Publicado por
enrique vázquez
León

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Hay un deliberado propósito alemán de hegemonía en Europa? ¿Sigue su gobierno un diseño de germanización blanda de los resortes políticos y diplomáticos europeos desde su peso económico? ¿Hay un designio maquiavélico al respecto? El tono de esas preguntas podría parecer calumnioso si se recuerda la condición inequívocamente democrática del Gobierno alemán, hijo de la preferencia de sus ciudadanos y llamado a ser eventualmente sustituido, pero algunos observadores muy cualificados lo miran con lupa y lo mejor es que varios de ellos son. alemanes

Ulrich Beck, un profesor y politólogo de peso, publicó el lunes en Le Monde (y, supongo, que antes en alemán en algún medio de su país) un artículo de tono ensayístico y consideraciones llamadas a durar titulado gráficamente «Merkiavel». El lector supondrá en seguida que se trata de un nombre hecho de propósito con los de Merkel y Maquiavelo y que sugiere la intención del autor: una crítica muy severa, aunque formalmente cortés, de la gestión política que Angela Merkel hace de la crisis financiera en Europa.

Su acusación principal es de tres órdenes: a) una deliberada inconcreción, un sí/no/veremos según el calendario y siempre ganando tiempo; b) un tácito apoyo en una imprecisa virtud alemana, hecha de laboriosidad y sobriedad (que los hechos desmienten, por cierto); c) todo al servicio de la conservación del poder y del calendario electoral, es decir teniendo siempre presente las elecciones legislativas del año próximo.

El otro testimonio de peso disponible es el del economista Albrecht Ritschl, también distinguido profesor y, como Beck, a caballo de universidades alemanas y británicas. Ritschl es una autoridad en la recuperación alemana tras sus completas derrotas en 1918 y 1945 y ha hecho saber al respetable público alemánque por el Tratado de Londres (1953) los aliados vencedores dieron a Alemania facilidades incomparables para propiciar su recuperación. Berlín está bajo atento escrutinio político y diplomático y lo estará muchísimo más cuando el desastre llegue a París. Un pronóstico que, lamentándolo mucho, se extiende y podría ser, curiosamente, el principio del cambio. Veremos.

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