Gaza: Más Allás de las bombas
Hay una infrecuente unanimidad internacional entre los más avezados observadores para indicar o confirmar que lo de Gaza y su alto el fuego es algo nuevo, y que Washington ha hecho todo lo necesario para seguir siendo la referencia clave en la crisis de Oriente Medio.
Aunque muertos y destrucciones parecen dominar la crisis vía TV, lo que quedará es un surtido de innovaciones, entre las que se subraya una central: la relación privilegiada que Washington anuda con Mohamed Morsi, presidente de la República de Egipto e islamista. Es un distinguido líder de los Hermanos Musulmanes y es algo más que no todo el mundo sabe: ingeniero de formación, completada en la Universidad del sur de California. Allí nacieron sus hijos, que tienen, por tanto, la nacionalidad norteamericana y hablan todos un excelente inglés.
Morsi es presidente solo porque el candidato inicial de la Hermandad, el multimillonario Jairat al-Shater, fue inhabilitado por razones técnicas. Él era presidente del Partido de la Libertad y la Justicia, el brazo político de los Hermanos e hizo una gran campaña apoyado por la organización. Venció y dio la sorpresa: en cuanto pudo, disolvió de un plumazo la Junta Militar.
Los norteamericanos vieron todo esto con una mezcla de estupefacción y gusto, aunque sin sorpresa para lectores de los informes de la embajadora en El Cairo, Anne Patterson, que supo desde el principio donde estaba el porvenir. Hillary Clinton ha ido en la misma dirección y el miércoles en El Cairo presentó a Morsi como el hacedor del acuerdo, el nuevo líder de Egipto, y la piedra angular de la paz en la región.
Israel asume la nueva situación por realismo y porque su primer ministro, Benjamín Netanyahu, ha cumplido la expectativa social y salvaguarda sus intereses electorales: hay legislativas el 22 de enero y él y sus socios entienden ganarlas con cierta holgura. Sabe mejor que nadie que el cambio político en la región ha llegado: Washington tiene su nuevo Mubarak… pero elegido e islamista. Deberá trabajar con él, guste más o menos, y eso inducirá cambios en el corazón del problema: la púdicamente llamada cuestión palestina.