Rosy Moreno
una muje r entre las cuerdas
Nació en el seno de una familia mexicana con amor a la lucha libre, Un mundo que le dio de comer y en el que continúa tras 36 años de trabajo
Rosy Moreno posa en el gimnasio que regenta junto a su familia, el Arena Azteca Budokan, situado en la avenida Chimalhuacán, en Nezahualcoyotl.
Mantiene un gimnasio, una taquería y cinco hijos. Es Rosy Moreno, una mujer de armas tomar y llaves que evitar si te bates con ella en duelo. Vive en el municipio mexicano de Nezahualcóyotl, que significa en náhuatl ‘Coyote en ayuno’ o ‘Coyote hambriento’. Al ingresar por su avenida principal una estatua modernista de color naranja muestra a este animal, símbolo de uno de las urbes más violentas del Estado de México.
Según la Procuraduría General de Justicia de ese estado, de enero a septiembre del 2012 se registraron allí 119 homicidios con arma de fuego. Un municipio con más de un millón de habitantes que vio cómo ingresaba el Ejército ante el incremento del índice de violencia y el mal funcionamiento de las instituciones encargadas de brindar seguridad.
«YA NO BUSCO LA FAMA»
En este contexto, no es de extrañar que Rosy Moreno se muestre ruda, como el papel que representa cuando lucha. Como ruda es la comisura de sus labios. Tiene una sonrisa que le cuesta mostrar, pero cuando la enseña, hasta los ‘técnicos’ romperían las reglas para seguir admirándola. Y es que nació entre cuerdas y entre las cuerdas. Lo primero porque llegó al mundo en la Arena Azteca Budokan (que hoy regenta junto a su familia); lo segundo porque las oportunidades en su ciudad siempre fueron pocas. Muy pocas.
Le vino bien para sobrevivir aprender desde pequeña a hacer llaves y acrobacias por el aire. La curtió por dentro y por fuera. Rosy Moreno sigue la modalidad conocida como ‘Ruda’. La lucha libre mexicana es un hito en este país. Acompaña a la escenificación, valga la contradicción, mucha realidad. En la lucha libre se incluyen reglas, deporte, teatro y folklore propio de México.
Los luchadores pueden poner en juego su antifaz al enfrentar un combate máscara contra máscara o bien con uno no enmascarado (máscara contra cabellera). Al perderla ya no la pueden volver a usar nunca más. El 25 de abril de 2008 Rosy Moreno perdió la suya contra otra mítica luchadora, Estrellita.
Nos recibe en su «empresa», la Arena Azteca Budokan, situada en la avenida Chimalhuacán, en Nezahualcoyotl. Está vestida de calle con el cabello teñido de rubio, el ring en medio, los vestuarios a derecha e izquierda, un gato remolón, carteles con faltas de ortografía de los eventos pasados y futuros y fotos de la dinastía en acción.
Rosy Moreno, maquillada y sencilla, no busca más fama. La que tiene es superlativa. Quiere dinero. Así lo explica: «Soy muy famosa, me han hecho mil reportajes, no busco la fama, ya no…», dice mientras enumera lo que quiere hacer en cuanto gane algo: inscribir a sus nietos en clases de inglés.
Rosy se pone el traje de luchadora y se dispone a hablar de su trabajo y de su vida. Tiene 47 años y una autoestima que se eleva más allá del techo de su Arena.
LA MAYOR DE LA SAGA
Cuenta que comenzó su carrera en Japón, rodeada de una cultura opuesta a la suya. Entonces, la acompañaba su hermana menor, Cinthia. Se situaron en la cima y después les imitó su hermano, El Oriental. El éxito de los Moreno se disparó vertiginosamente.
Rosy fue hacia arriba en la Asociación Mexicana de la Lucha Libre bajo el padrinazgo de su padre. Es la mayor de la saga. Los otros miembros son: Esther, Cynthia, El Oriental y la más pequeña, Alda.
Su padre, ‘El Acorazado Moreno’, los preparó, los entrenó, los formó. Indica que solo tenía 12 años cuando empezó a tomarse el camino del cuadrilátero muy en serio.
En la fonda que regenta en un costado del gimnasio, las fotografías atestiguan la estirpe luchadora de esta familia. Instantáneas con máscaras, títulos, cientos de victorias en cientos de campeonatos.
MADRE Y EMPRESARIA
Hoy en día Rosy no para ni un segundo. Es la representante de luchadores que viajan a Estados Unidos, a quienes les tramita las visas. Lleva el puesto de tacos al lado del Budokan, ejerce de madre de cinco hijos, los dos mayores, fruto de su matrimonio con el Doctor Wagner, otra eminencia de la lucha libre, y tres más nacidos de su relación con su actual pareja. Ocupa parte de su tiempo en estar con sus nietos. Le encantan los niños. Con una manicura perfecta y el pelo sujetado por una goma, Rosy enfatiza lo que ha supuesto nacer, crecer y desarrollarse en un mundo casi en su totalidad masculino.
«Nací dentro de un mundo de hombres, de lucha libre, donde me he desenvuelto toda mi vida desde que tengo uso de razón. Es parte de la esencia de mi familia, de una dinastía de luchadores realmente fuerte, con un prestigio dentro de este mundo, un mundo de hombres», comenta al tiempo que se suelta el cabello.
Y añade que es un deporte muy duro. «Pero las verdaderamente fuertes somos las mujeres. Con mucho esfuerzo, al final los hombres han aprendido a respetarnos…».
EL MACHISMO
A la pregunta de «¿con quién ha tenido que luchar más fuera del ring?», esta mexicana experta en llaves, proyecciones y patadas voladoras, responde que contra los hombres luchadores.
«Son muy machistas, no están acostumbrados a que una mujer llegue y las mande. La fortuna que tengo es que soy promotora y luchadora… y tengo esa enorme suerte de haber nacido en el mundo de la lucha», comenta Rosy.
En su opinión es más poderoso pelear con la palabra, porque con la fuerza física no puedes competir con un hombre. «Un hombre de un puñetazo te tumba. A lo mejor te levantas…Eso sí, nosotras somos más inteligentes», comenta.
QUERÍA SER BOXEADORA
En el plano sentimental, su primer matrimonio fue con el Doctor Wagner. Moreno tenía 19 años cuando pasó por la vicaría. Tiene dos hijos con él. «Estoy divorciada hace muchos años. Afortunadamente, por el bien de nuestros hijos, llegamos a una separación cordial».
Rosy recuerda que cuando era pequeña quería ser boxeadora. Tenía 14 años. No existía ni una sola luchadora. «En mi infancia jugaba con mis hermanas, a pegarnos, entrenaba cinco o seis horas diarias y manejaba el ring…». «Mi niñez fue trabajar y trabajar, no teníamos tiempo para jugar con muñecas, crecimos luchando», añade la mayor de la saga.
La luchadora cree que el machismo nace en la propia casa y hay que aprender a defenderse en la vida. «Aunque creo que las nuevas generaciones son diferentes. A mis hijos les educo en la igualdad».
Y es que en su caso, como dice ella entre risas: «Mi papá tuvo cinco hombres, no tuvo hijas. Sabemos defendernos perfectamente gracias a esa educación». Hoy, esta mujer que ya no busca fama porque le sobra por todos lados, solo aspira a tener una vejez digna. «Me quiero retirar con la frente bien alta».