CANTO RODADO

como tú

La cuenca, los mineros, las familias prefieron despedir a roberto, toño, orlando, luis, carlos y manuel con su propio dolor y sin pantomimas

León

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Quería ir al norte y me tocó ir al sur. Quería hablar y me tragó un agujero de silencio. Asomé la cabeza por la ventanilla del coche y contemplé el atardecer; dorado y violeta sobre la inmensa llanura de Campos. Ellos, Roberto, Manuel, Luis, Carlos, Toño y Orlando, quedaron petrificados en el agujero negro. Sin más amaneceres. Apagados en el último crepúsculo.

Como el carbón, quedaron quietos en el vientre de la tierra. En la planta séptima. La maldita planta séptima del pozo Emilio del Valle. Devastada la plenitud de la vida y el equilibrio de seis familias. El amor. Los desvelos. Los proyectos. El trabajo bien hecho. El último grito. La ráfaga mortal secó sus últimas gotas de sudor en un segundo.

La muerte de seis mineros en el accidente laboral del lunes 28 de octubre de 2013 en la Hullera Vasco Leonesa, empresa casi centenaria y ejemplar, nos cuentan, congeló nuestas almas, una por una, y el alma colectiva. Y nos dijo, como escribió León Felipe, que somos piedras, piedras pequeñas, humildes guijarros, si acaso piedras aventureras. Como tú. Como el carbón. Condenado. Estigmatizado. Un estorbo para el Gobierno. Un inconveniente para el ministro. Una sombra borrosa para el presidente Rajoy. Una lágrima negra en el protocolo de la monarquía. Un latido imprescindible en el corazón de la lucha obrera, del pueblo. Que ya casi no late.

Cuando quiere y puede

La mina mata cuando quiere, dicen algunos mineros, y cuando puede, creo yo. Veremos hasta dónde llegan las investigaciones técnicas y las judiciales. No deben quedar ni un cabo suelto para esas familias. Para la cuenca. Para los mineros. El grisú es el elemento más controlado en las minas de la Vasco y, sin embargo, salió en estampida y apagó seis vidas. Seis hombres son multitud. Tantas vidas, al mismo tiempo, en el mismo pozo, eran un recuerdo lejano. Pero la tragedia se repetía dieciocho, veintinueve, cincuenta años después. Y era León. España. No era China. Ni Ucrania. En España murieron 293 personas en accidentes laborales entre enero y agosto. Se cuentan, pues, más de 300 muertes en el tajo. Una nanopartícula para el estómago voraz del sistema. Una estadística.

La vida es un precio demasiado alto para cualquier oficio. Pero, de la noche a la mañana, los mineros dejaron de ser privilegiados. Y el dolor se expandió como el grisú en la mina. En el pozo del alma ensombrecida. Sin nuestros picadores de luz. En León y allí donde decidieron recortar un 63% y más las ayudas al carbón.

Enterrador

El ministro Soria vino a León, como las ratas de alcantarilla, por los desagües institucionales. Se sentó en una mesa con un montón de gente, que parecía petrificada, como si llevara años o incluso siglos esperando su presencia. No hizo nada. Si acaso hurgar en la herida de los mineros, de los heridos y sus familias. Un viaje relámpago como el del grisú. Las cuencas llevan años agonizando en una muerte anunciada. Soria es su enterrador. Es E l compromiso del poder , le consuela Aznar con su propia medicina de rencor e hipocresía. Su libro coartada del delirio del 11-M. Herrera fue el único represenante político institucional, de las cuencas para allá, que estuvo en su sitio. En Santa Lucía, a la puerta de la iglesia. Como mandaron los mineros.

La vida de los nadies

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Por eso la cuenca, los mineros y las familias prefirieron despedir a Orlando, Manuel, Luis, Carlos, Roberto y Toño con su dolor y sin pantomimas. Porque para ellos, los vendidos al poder, somos menos que piedras, somos, como escribió Eduardo Galeano, Los nadies . «Cantos que rodamos por las calzadas» y «nos hundimos en el cieno de la tierra». Pero muchos nadies son alguien. Y muchas piedras forman el lecho del río sobre el que fluye la vida.