LA hora del adIós
Madiba invictus universal
Ana G. Merayo, leonesa, abogado y jurista internacional, autora del libro ‘El club Kandinsky’, que refleja la Sudáfrica de 1985.
Varias velas lucen junto a un retrato de Mandela, durante una marcha celebrada con motivo del Día Internacional de los Derechos Humanos.
El odio enturbia la mente, impide ejecutar una estrategia. Los líderes no pueden permitirse el lujo de odiar»
Así se pronunciaba Mandela en una entrevista concedida en el 2007 en pleno mandato presidencial, con la condición de que su contenido no se publicara hasta su muerte.
Mucho se ha dicho y escrito sobre Mandela, pero tal vez, su historia no haya hecho más que empezar, porque la talla del personaje sobrepasa largamente las fronteras de su país, incluso las del continente africano, para dar sentido por sí mismo a lo mejor que se aloja en el ser humano.
Pero para entender su legado -la herencia de un negro perteneciente a la estirpe real de la etnia Koksa, de ahí su apelativo de Madiba, de ahí su privilegio de haber estudiado derecho en su Transkei natal- parece prudente conocer su trayectoria.
Junto con Oliver Tambo y otros jóvenes intelectuales negros, creó a finales de los 50 el movimiento de liberación ANC, prohibido en la Sudáfrica racista. Pocos años después fue condenado a la prisión de Robben Island de por vida, tras lanzar una defensa al tribunal de cuatro horas que apuntalaría su mito en la comunidad negra: «He albergado el ideal de una sociedad libre y democrática en la que todas las personas vivan libres y con igualdad de oportunidades. Es un ideal por el que espero vivir y verlo hecho realidad. Pero, su señoría, es un ideal por el que estaría dispuesto a morir».
Veintisiete años pasó en la prisión de Robben Island, una isla a catorce kilómetros de Ciudad del Cabo. Veintisiete años que aprovechó para estudiar afrikaans de oído y para intentar comprender las razones de sus carceleros. Veintisiete años, que lejos de quemarle las neuronas, sirvieron para convertirle en el estadista que nos testimonió Clint Eastwood en su biografía filmada.
Por su parte, Sudáfrica llegó a un punto de no retorno en 1985. Tuve la oportunidad de conocer su realidad desde dentro, en el marco de una beca de Comercio Internacional, financiada por la Cámara de Comercio de Madrid que duró todo el año. Escribo, pues, desde la cercanía que mantiene el recuerdo y desde el profundo respeto que me produce la valentía de Frederik De Klerk co-galardonado del premio Nobel de la Paz en 1993 con Nelson Mandela. A Madiba, Tata Mandela, reconozco haberlo comprendido mejor, desde su liberación en 1990.
SUDÁFRICA EN 1985
Inmensamente rico en su suelo y su subsuelo, en posesión de un avanzado desarrollo tecnológico, Sudáfrica era en 1985 un cuerpo amenazado de septicemia.
El presidente Reagan consideraba Sudáfrica una pieza fundamental para el control de la expansión comunista en África, más aun cuando la presencia masiva de tropas cubanas en Angola amenazaban los objetivos prioritarios de un deshielo calculado con la U.R.S.S de Gorbachov. Ello explica porqué las repetidas condenas formales del Consejo de Seguridad de la ONU contra el ominoso régimen racista de Pretoria, nunca tuvieron verdadera repercusión.
Si el gigante americano consintió en abandonar la doctrina de la no-injerencia y apuntar su amenazador dedo de tío Sam, contra un estado de ilegalidad impune y permanente en el país, lo hizo forzado por el pulso de acero que ganó en el Senado, el entonces senador Ted Kennedy, y que consistió en la aprobación por el Congreso de un embargo selectivo contra Sudáfrica. El embargo internacional prendió con la fuerza de una onda expansiva que se dejó sentir a pie de calle en Europa, apadrinado por los líderes de masas juveniles del momento: Bob Geldoff, The Police, Paul Simon.
Desde dentro, las tensiones de la maquinaria gubernamental abandonaron su estado de latencia, para acusarse de forma patente y temiblemente obsesiva. Casi al mismo tiempo tuvieron lugar: la declaración del estado de excepción por el presidente Botha y un macro-concierto de 100.000 personas en el Ellis Park de Johannesburgo/Joburg, en su mayoría jóvenes blancos, que aplaudimos a la libertad con Miriam Makeba, Sipho Mabuse y con el Graceland de Paul Simon.
El gobierno blanco quiso atrincherarse y lanzó unas reformas que en cualquier otro momento hubieran sido bien recibidas, pero ya era tarde para poner fin a aberraciones tales como: la prohibición de matrimonios interraciales, la interdicción de acudir a lugares públicos, previstos sólo para blancos, o la desaparición del transporte urbano separado por razas, la prohibición del acceso a la propiedad fuera de los guettos.
UN BABEL
Esta población blanca nunca fue un bloque coherente. Los de ascendencia inglesa habían «tragado» la política de segregación impuesta por los afrikaans, como un mal menor, que les permitía vivir pasmosamente bien, en una tierra de promisión. Pero ya desde tiempo atrás, venían reclamando cambios y reformas. Las grandes familias Oppenheimer y De Beers, apellidos tallados en minas de oro y diamantes, eran los abanderados de la causa liberal y reformista que esgrimían los editoriales de los semanarios internacionales. Al lado de los ingleses y constituyendo un grupo con características propias, la población blanca contaba con una pléyade muy heterogénea de emigrantes. Este grupo estaba mayoritariamente compuesto por la comunidad griega instalada tras la Grecia de los Coroneles, pujante en la hostelería; una comunidad portuguesa asentada tras la revolución de los claveles y pérdida de Angola y Mozambique, así como una económicamente fuerte presencia israelí.
Pero el núcleo verdaderamente duro del aparato del estado, estaba compuesto por los afrikaans, elemento blanco que se sentía a sí mismo autóctono y que esgrimía con orgullo exclusivista su lengua propia derivada del holandés. Herederos legítimos de Von Riebeck y sus expedicionarios que llegaron a las costas de Ciudad del Cabo en 1652, como avanzadilla de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales y que recalaron en aquellas costas con intención de establecer un puesto de avituallamiento. Los afrikaans copaban la mayor parte de todos los resortes del poder político-administrativo y del sector económico agro-ganadero y vitivinícola.
Las líneas de separación entre la población blanca eran precisas pero fue en 1985 cuando todas aquellas tensiones quedaron a la intemperie, dejando al descubierto, la percepción de un régimen donde una minoría de raza blanca, tenía secuestrada a la mayoría de la población, constituída por más de veinte millones de africanos de distintas etnias y una pequeña proporción de indo-asiáticos, conocidos como coloureds que gozaban de mejor situación que los negros, pero con derechos también limitados.
Para los afrikaans, el sistema de apartheid, o segregación racial, más conocido en su versión oficial como de desarrollo separado, era la aplicación práctica de una supuesta maldición bíblica de la población negra o Camita, detestada por Yaveh, descartaba toda pretensión de nacionalidad sudafricana. El sistema se basaba sobre una invención de pequeños estados supuestamente independientes, extendidos sobre la geografía del país que respondían a los nombres de Ciskei, Traskei, Bophutaswuana y Venda. Eran estados-títere que carecían de una mínima estructura administrativa real pero a los que coercitivamente pertenecían el grueso íntegro de la población negra. De forma que todo aquel que se encontrara fuera de su patria asignada o homeland, lo hacía solamente en virtud de un permiso especial del gobierno sudafricano y por razones de trabajo. Por lo que, temporalmente, mientras el permiso de trabajo estaba en activo, se les daba techo en especie de guettos o townships, de los cuales el más conocido por sus continuos baños de violencia, era el de Soweto, en los márgenes de Johannesburgo. La pervivencia del entramado era tanto más factible, cuanto que desde siempre se intentó ahondar en las diferencias existentes entre las distintas etnias, de forma que koksas, mdebeles, zulúes, o matabeles, se expresaban en sus propias lenguas étnicas. El estudio del inglés estaba radicalmente descartado en las escuelas y sólo era prebenda de una minoría dentro de la élite del clan en cada una de las etnias.
No es de extrañar que cuando en 1985 se desató la crisis del sistema, a excepción del omnipresente mito de Nelson Mandela como aglutinante de la opresión, las distintas comunidades negras conformaban una torre de Babel, donde todo era apatía y resentimiento, cuando no angustia auto-destructiva que les llevaba a ser campo de batalla de purgas inter-étnicas. La comunidad zulú era la más numerosa y de lejos la más organizada con seis millones de miembros y un líder tribal reconocido, de corte puramente tradicional, el jefe Gatsha Buthelezi que contaba con un movimiento bien organizado de seguidores en torno al Inkatha, especie de milicias que aseguraban la vigilancia en los townships. Las refriegas entre éstos y los koksas, estaban a la orden del día. La propia Winnie Mandela, esposa del líder negro, tuvo una actuación activista bien controvertida en los townships, al liderar un grupo de adolescentes ultras que bajo las siglas de equipo de futbol, ocultaba una banda callejera especializada en represaliar con métodos salvajes y brutales a los llamados sell out o vendidos que colaboraban legalmente con los blancos.
Así las cosas, la minoría blanca, de siempre obsesionada por la seguridad, ahora lo estaba por la crisis, una crisis generalizada, nada ambigua, espoleada por la desinversión del capital extranjero, la caída del valor de la propiedad inmobiliaria y de la moneda local, el rand; pero sobre todo por la claustrofobia que significaba esa ominosa etiqueta que el gobierno se había colgado de: «Sudáfrica contra el mundo» y que en la práctica se traducía por un sofocante aislamiento.
En estas circunstancias, difícil era suscitar una suerte de esperanza. Sin embargo, voces había que ensayaban vías posibilistas. Desde el gobierno, el ministro de Educación De Klerk, defendía la apertura, fomentando el Código Sullivan de la Acción Positiva, practicado por las multinacionales extranjeras, en beneficio del ascenso de la exigua clase media negra y la apertura de la Universidad de Johannesburgo a aquellos que esgrimieran suficientes méritos para entrar. Desde la comunidad negra, el arzobispo Desmond Tutú, proclamaba el advenimiento necesario de una nueva era.
Y eso fue precisamente lo que se hizo durante los cuatro años que siguieron hasta la caída del entonces presidente Pieter Botha: aplicar un plan de reformas que tuvieron el acierto escaso, pero real, de apuntalar la clase media de la población negra sobre una minoría ilustrada, angloparlante y universitaria y con ello la retirada de las leyes más particularmente odiosas del sistema del Apartheid.
A Pieter Botha le siguió el presidente De Klerk, verdadero artífice de la liberación de Nelson Mandela el 11 de febrero de 1990 y alma mater junto con el liberado líder, de la transición sudafricana hacia una democracia multirracial. Por su trabajo en conjunto recibieron el premio Nobel de la Paz en 1993.
Mandela asumió la Presidencia del país, el 10 de mayo de 1994 y terminó su mandato el 14 de junio de 1999, habiendo decidido no volver a presentarse. Desde el 2009 vivía recluido en su residencia del barrio de Houghton, emporio de la población blanca antes de la democracia multirracial. Sus conciudadanos, siguen llamándole Tata, padre sudafricano, padre africano, referente universal.
Cabe preguntarse, qué habría podido ocurrir si tras los 27 años en Robben Island, hubiéramos sido testigos de un Mandela vindicativo, o, por el contrario, del deterioro físico y anímico del recién liberado preso político. Cuando en diciembre del 1985 abandoné Sudáfrica por el aeropuerto Louis Bottha (hoy O. Tambo), hasta el aire era amenazante. No sería nada aventurado afirmar que, sin Mandela, Sudáfrica hubiera embarrancado en una deriva similar a la vivida por su vecino Zimbawe. Con la diferencia de que dada la extremada riqueza del país, tanto en metales preciosos, cuanto en recursos estratégicos, el mundo hubiera tenido que vislumbrar algún instrumento jurídico de intervención internacional para frenar la sangría sistémica del país. Nada de ello ocurrió, gracias a la inteligencia del estadista Mandela-Madiba. Gracias también a la valentía del entonces presidente afrikaans De Klerk Es por esto que la democracia sudafricana, joven y frágil, con sus limitaciones innombrables, debe ser interpretada a la luz de la expresión del canciller alemán Adenauer: «La política es el arte de hacer de lo posible lo necesario». Mandela fue un hombre de luz en un país siniestramente sombrío. Y así seguirá siendo para un mundo desesperadamente necesitado de luz genuina.