buenaventura durruti santos

Ferroviario ilustrado

Traía en la Mikado a unos Reyes Magos que no venían de Oriente sino de Quintana Raneros hasta que el ilustre consistorio decidió acabar con esa guapa tradición. Por su sangre corren chispas y carbonilla, y cuenta que el maquinista del accidente de Torre sobrevivió... pero murió atropellado por un 600

jesús f. salvadores

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emilio gancedo
León

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Gasta dos nombres, cosa usual en la familia, aparte de útil para enfrentarse a una u otra mitad del mundo; son identidades especializadas a la hora de encarar las querencias del alma o de afrontar los desafíos del cuerpo. Con uno, José, figura en los archivos eclesiásticos; con el otro, Buenaventura, está presente en los civiles, y gracias al sonoro e inconfundible apellido que va detrás como imantado participa de esa larga y animosa saga de heterodoxos leoneses, familia ferroviaria, anarquista y libérrima, luchadora, colaboradora, sorprendente, jamás rendida, siempre entusiasmada, que destella aquí y allá en la historia grande y menuda. De hecho, es apenas relevante que este paisano tenga dos nombres porque todos sus convecinos lo han venido conociendo por el heroico patronímico: Durruti.

José Buenaventura Durruti Santos, el santón leonés de los caminos de hierro, enciclopedia del vapor, el diésel y la electricidad aplicados al acarreo de vagones, nació en el barrio de la Vega en diciembre de 1937, hijo de Santiago y sobrino, por tanto, del más monumental e inflexible anarquista que los tiempos hayan conocido. Bautizado igual que su tío de enorme mandíbula, a quien no conoció («por cierto que aquí en León todo el mundo lo llamaba Pepe», dice sobre los comienzos locales del héroe del pueblo ), Durruti vivió en un apretado mundo enseñoreado por tertulias sobre nuevas locomotoras y viejas batallas («poned la radio baja», chistaban los mayores, y al tío nunca lo ponderaron de más, «otro miembro de la familia que se vio envuelto en cosas de guerra», decían). El padre era montador, o sea, el que montaba y reparaba las máquinas, oficial de primera, pero los dos abuelos también habían participado del gremio, y casi el barrio entero se dedicaba, de una u otra forma, al negocio de los raíles. «De seis vecinos que había en la casa, cinco eran ferroviarios», recuerda nuestro protagonista.

Originarios del Lapurdi, el País Vasco francés («mi padre decía que su abuelo hablaba fatal el castellano»), los Durruti eran gente hecha al trabajo, con un punto indómito y algo impredecible. «Si es que aparte de Pepe perdí a otros dos tíos», repasa. Manuel murió en la revolución de Asturias de 1934 y Pedro, falangista de los hedillistas, fue fusilado por sus propios correligionarios en agosto de 1937 en el monte del Ferral». Y es que un Durruti es un Durruti y siempre pertenecerá al grupo que reflexiona y discrepa. Aunque sea de derechas.

En esos años, todos aquellos con pasado o tendencia izquierdista «teníamos rabo», dice guiñando un ojo, en referencia al halo familiar, y aunque hambre física no pasó nunca, «necesidades, todas las del mundo». Pero esas carencias las suplió el chavalín con alegrías como la primera vez que montó en tren (gran trayecto, «de León a Villadangos») a los ocho años, en una de aquellas Santa Fe escupidoras de humo, parejas a las del Viejo Oeste, o la llegada a los talleres de la máquina número 16 de esa partida de poderosas locomotoras construidas para afrontar la rampa de Brañuelas. «Ni tiempo me dieron a querer ser algo de mayor». Tras su paso por el Colegio Leonés de don José Belinchón, a los 15 años entró de aprendiz iniciando una larga y fecunda trayectoria que ha hecho de Durruti el google leonés del ferrocarril: cuenta, tuerca por tuerca y sin saltarse un pistón, cómo fue la tragedia de Torre del Bierzo («el maquinista, Julio Fernández, El Navero , sobrevivió pero murió atropellado, años después, por un seiscientos») y repasa cuando traía la Mikado a León con los Reyes Magos en el convoy («la estación nunca estuvo tan llena»), acto hermoso y concurrido que desde hace tres años no se repite... «y por cierto que el glorioso Ayuntamiento sigue sin pagarnos aquellos viajes...», incide, rápido.

Conoce bien esa máquina, entrañablemente leonesa —la ha reparado casi por entero— y también los caprichos del vapor, ese arte antiguo y delicado. «La presión, chaval, la hace el maquinista», y recuerda cómo su tío Perico, al encarar Pajares, arrebataba la pala al fogonero al grito de: «¡El carbón hay que echarlo así, floreao !». Esto es, no amontonado y que casi se quemase en el aire...

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Presidente de la Asociación Leonesa de Amigos del Ferrocarril desde su creación en 1992, lidia contra políticos y ocupantes de despachos por conservar un patrimonio que se pudre bajo lluvias y grafitis. Y mientras tanto, canturrea: «El año 45 será el Año de la Paz,/ volverán las vacas gordas/ los pollos a tres pesetas/ y los pisos pa alquilar...».